Raza y racismo

Raza y racismo.

Raza y racismo.

Maria Ileana Faguaga Iglesias (*).- Más de 500 años del “encontronazo”… y seguimos a cuestas con la “raza”… El tema racial nos viene de lejos pero no es pretérito. Su fertilidad, robustez y capacidad para metamorfosearse le donan una lozanía que le ha permitido hacerse siempre vigente. No importa que la genética nos haya demostrado lo que tantos sospechaban y muchos dábamos por categórico. Eso no nos ha servido de mucho.

Con la certeza del análisis genético la ciencia ha revelado que las “razas” humanas no existen, que somos una especie con morfologías diferentes. Ya sabíamos que la variabilidad de la cultura deriva del espacio físico, de los patrones de formación y de las condiciones en las cuales nos desenvolvamos los humanos. Ya sabíamos que de la cultura emanan nuestras formas de hacer política y que, viceversa, esta puede influir en aquella.

Nuestras certezas eran el corolario de las observaciones y de las reflexiones. Nos faltaban las comprobaciones de laboratorio. Esas que nos permiten experimentar la grata sensación de la tranquilidad surgida de la infalibilidad en lo que se cree y en lo que se conceptúa.

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La concepción que de la idea de raza se tiene intelectualmente claro que fue una construcción subjetiva históricamente contextualizada en nuestra ya aneja Modernidad. Conocemos que su creación obedeció a parámetros occidentales de relacionamientos jerarquizados. Sin embargo la lógica dicotómica en la cual esta toma asiento ha continuado imponiéndonos a los humanos unos comportamientos que, las más de las veces, reproducimos acríticamente incluso si nos son perjudiciales.

De esa lógica occidental dicotómica que estimula y refuerza la polarización, en este caso atendiendo a las razas y culturas, emergen los conflictos etno-raciales. Su estructuración política es el racismo, es decir, la doctrina impositiva del tratamiento jerarquizador que desde el ejercicio del poder prioriza en los beneficios o margina y excluye según se pertenezca a uno u otro grupo etno-racial.

Como sistema de pensamiento y práctica de poder el racismo lo

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transversaliza todo, conteniendo a su vez, en sí, cada problemática social por menuda que sea o pueda parecer.

A fin de cuentas, el racismo surge como sistema de control y de dominación, transcendiendo como un muy bien estructurado mecanismo de sujeción que desde la impuesta Modernidad americana forzadamente correlaciona origen etno-racial y situación socioeconómica haciéndolos heredables.

El racismo como sistema se desenvuelve y expande su nociva presencia en un fluir y refluir de la objetividad a la subjetividad, estableciéndose en el tiempo como una realidad que casi adquiere credencial de naturalidad, de legitimidad. Sucedido esto va quedando malsanamente su origen en la imprecisión. Reafirmando así su ficticianaturalidad y, por esta vía, pretendiendo establecer su legitimidad.

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Las personas discriminadas quedan sujetas a unos patrones de relacionamiento que se les dan por inmemoriales y sempiternos. Impensadamente estas los interiorizan, aceptan y, acríticamente, los transmiten en terrible pedagogía a las nuevas generaciones de su entorno etno-racial.

Cuando eso ha sucedido puede decirse que el sistema de dominación racial ha tenido éxito. A partir de entonces su reproducción queda en manos de los perjudicados que, violentados y dominados psicológicamente, serán sus mejores agentes reproductores.

Mujeres que aseguran no sentirme sometidas al interior de una estructura eclesial cristiana absolutamente patriarcal que no les permite acceder al ejercicio del poder sino actuar como sirvientas.

Individuos sin la posibilidad de ejercer sus derechos ciudadanos y que aseveran preferir desentenderse de la política.

Afro-descendientes sin participación equitativa en el ejercicio del poder y por tanto tampoco en la distribución de las ganancias producidas fundamentalmente por su grupo etno-racial, que afirman estar en conformidad con la situación y responsabilizan a los suyos y hasta a sí mismos por la situación de precariedad material de sus vidas.

Apenas son tres ejemplos de los efectos del sistema de dominación interiorizado por el dominado y de su actuación como agente reproductor de la dominación contra sí y contra los suyos.

Cabría mencionar a los dominados que si identifican la dominación y se transforman conscientemente en sus agentes reproductores a cambio de personalmente obtener ventajas materiales. Habría que añadir a los dominados que identificada su situación no actúan para emanciparse por miedo y pesimismo, ambos inducidos por los agentes protagónicos del poder.

Afroamericanos nacimos… con fórceps europeos

Muchos autores se han dado a la tarea de historiarnos la esclavitud, sus

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motivaciones y sus desenlaces. Nos han demostrado que no fue hasta la Modernidad americana, con sus inseparables trata esclavista, sistema de esclavitud y economía de plantaciones, que la esclavitud se asoció con la morfología y la cantidad de melanina en la piel de los humanos.

Esas dilucidaciones y precisiones no han cambiado las maneras de percibirnos los humanos según la apariencia física. Una tradición que supera las cinco centurias correlaciona pertenencia etno-racial y origen social. Lo que comenzara en el lado americano del mundo por imposición de la deformada estructura social que nos establecieran, terminaría imponiéndose en el mapamundi.

El nuevo mapamundi, con dimensiones físicas hasta entonces desconocidas, seria concebido con percepciones intelectualmente atrofiadas a cerca de las poblaciones que lo habitaban. El completamiento cultural de su cartografía física seria la cartografía cultural, obra de nuevos productores de pensamiento, siempre desde el área metropolitana europea.

Religiosos y exploradores de los más variados tipos devendrían en cronistas, y estos serían el germen de etnólogos y antropólogos. En las notas de sus observaciones e interpretaciones sobre la población autóctona del continente al que llamaron “nuevo” y sobre la población africana a la que forzosamente se trajo después, estas aparecían descritas en unas diferencias que a sus observadores se les antojo “salvajes”.

Con fórceps europeos, frutos de más o menos de obligadas mezclas biológicas, fundamentalmente de aborígenes, africanos y europeos, nacimos como “pueblos nuevos” para beneficio de las arcas europeas y de los descendientes de los primeros colonizadores y evangelizadores.

Pueblos nuevos de malsano nacimiento estructural y super-estructural. Con una estructura piramidal en la cual su amplia base la representamos los productores de riquezas y la estrechísima cúspide es representada por quienes nos han forzado a ser los productores y que son, a su vez, quienes las disfrutan.

Desde entonces se impuso en este lado del mundo la sobrevivencia en una estructura ajena para la población oriunda y para la africana. Se impuso el desenvolvimiento según los códigos de las metrópolis europeas, diferentes a los de sus culturas originales. Se impuso la cultura letrada occidental como la valida, y a la ignorancia de esa cultura impuesta sobre los otros, que fue y acaso muchas veces sigue siendo la norma, los representantes del poder metropolitano le concedieron patente de corso de (irreal) naturalidad.

Así actuó, por la fuerza, el poder metropolitano primero. De igual manera lo haría el poder de sus descendientes criollos después. A los pobladores autóctonos y a los africanos y sus descendientes les seria impuesto el vasallaje, amparándose para ello en una insidiosa jerarquización etno-racial que naturalizo como inferior e incivilizado todo lo no europeo.

Los independentistas blancos-criollos heredaron de buen grado esa estructura. Nuestras republicas nacieron viciadas de racismo y de etnicismo. En las repúblicas nacidas de la descomposición del otrora mundo colonial hispano así se comporta hasta el presente.

Tomado de www.signum-nous.org

Maria Ileana Faguaga Iglesias
(*)Maria Ileana Faguaga Iglesias: Historiadora y Antropóloga; Investigadora independiente. Licenciatura en Historia, Universidad de La Habana. Diplomada en Etnología, Fundación Fernando Ortiz. Maestría en Antropología Sociocultural, Universidad de La Habana. Becada del Centro de Estudios Afro-orientales, San Salvador de Bahía, Brasil. Directora del programa de diálogo inter-cultural e inter-religioso de CEHILA (Comisión para el Estudio de la Historia de la Iglesia en Latinoamérica).
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