Caridad Hernández Carlos, pintora excepcional

Ángel Alberto Padrón Hernández.– He dejado pasar el tiempo desde que supe la triste noticia del fallecimiento de Caridad (Cachita como le decíamos los cercanos a ella ) porque quería encontrar un poco de consuelo dentro de mí mismo, primero porque en la costumbre de verla aparecer en mi casa me confíe que ella volvería, que la muerte no la alcanzaría todavía y segundo porque cuando supe que estaba enferma no tuve el coraje de ir a verla porque cuando envejecemos y sobre todo cuando hemos estado cerca de la muerte como lo estuve hace apenas dos años atrás, el miedo nos paraliza. Tal vez nunca me perdone no haber ido, el caso es que su muerte fue como un estropicio en mi corazón. Caridad fue una de las personas más buenas que conocí en la vida, aunque muchas veces se volvía obsesiva e intratable. Artista al fin no podíamos exigirle coherencia. Además tuvo una vida aleccionadora. Venía a mi casa siempre llena de una ilusión de un demiúrgico viaje a Italia que ya estaba previsto con visas incluidas donde su obra seria ponderada y donde al fin podría conocer el mundo fuera de esta Isla. Es una triste pena que eso nunca sucedió y que Caridad naciera en cuba, en Camagüey, nunca saliera de Cuba y muriera precisamente en Camagüey. Vivía y eso lo sabemos los que estábamos cerca de ella en la calle Cielo 228 en una casa triste a la que uno llegaba por un pasillo húmedo en cuyo final estaba su casa, en la que muchos años antes hubo una familia, hubo risas, juegos infantiles…. Anhelos, sueños…en fin esas cosas que la vida se va llevando porque como diría la Loynaz “vivir es ir perdiendo cosas cada día”. Y si alguien perdía en este mundo cada día un poco más esa fue Caridad. “Ya no puedo pintar manos, no me salen, no sé qué me pasa”, me dijo una vez sentada aquí en mi patio después de hacerme la pregunta que nunca omitió en sus tantas visitas a mi casa “¿y tú no tienes a nadie, sigues solo en esta cuatro paredes? No sé porque a veces ahora tengo la certeza de que aquella pregunta recurrente no era otra cosa que una respuesta que Caridad se daba a si misma porque si alguien estaba sola en aquel sitio donde sobrevivía era ella. Nunca voy a

Obra de Caridad Hernandez, pintora camagueyana.

Obra de Caridad Hernandez, pintora camagueyana.

entender cuán injustos somos y cuan egoístas con el dolor de los otros. A veces me esperaba sentada en el quicio de una vecina con la cual hizo amistad, se tomaba un café conmigo o compartíamos mi sopa triste o alguna merienda. Siempre venia sedienta y yo jocosamente le recordaba la frase de Lorca en Yerma “Cachita cuando se tiene sed se agradece el agua”, y le ponía la garra sobre la mesa, ella seria, decía que tenía una memoria increíble para recordar lo que leía. “A mí no me interesa leer nada ya, para qué? – y se reía burlándose de sí misma. Y una y otra vez ella volvía repetirme aquel sueño obsesivo de que si, que su viaje a Italia era un hecho y que solo faltaban algunos nimios trámites para al fin poder salir y darse el gusto de conocer Europa. Ese era su sueño. O tal vez, pensándolo bien además de pintar, su única razón para aferrarse a un universo que se desplomaba un poco más cada día. Tengo muchos cuadros de Caridad en mi pared porque con su obra fue generosísima y cada vez que exponía ella pasaba por aquí en fecha imprevisibles para avisarme que fuera y parecía una niña rejuvenecida cuando hablaba de su obra. Tampoco me perdono que gracias al exilio que me he impuesto dentro de mi propia casa nunca fui a ver aquellas exposiciones que la habían salvado, que cual Ave Fénix, la hicieron renacer de sus propias cenizas.

Colección sobre las aguas del pintor cubano Juan Miranda.

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Asombrosamente Caridad creía en Dios, tenía una fe que no sé cómo conseguía sustentarla, una vez ante una pregunte suya le dije “yo digo como Borges Cachita, le doy gracias a Dios por ser ateo”. Me quedaba entristecido cuando la veía partir con aquella “sifosis” eterna en su columna, con su paso cansado y su carga de recuerdos y fantasmas. Fue una suerte que Pavel la apoyara mucho en sus últimos años y pudiera exponer, porque antes de eso mucha gente la olvidó. Sus pinturas primitivistas son de una belleza estremecedora. Y a veces no tenía ni siquiera con que hacerlas, “me cuesta carísimo el lienzo y ni que decir comprar óleo”. Me contaba igual eufórica y con inusual picardía que tenía un amante vecino suyo que vivía perdidamente enamorado de ella pero “¿a estas alturas yo metida en un romance, ni soñarlo? Ya estoy muy vieja para eso, ¿Qué tú piensas?

Siempre que se iba me dejaba una rara sensación que no sabía si era de tristeza sempiterna o de rabia contra el mundo y las injusticias que este siempre nos tiene reservadas. Tengo un cuadro suyo de una joven sentada con un gran sombrero, parece que esta exhausta y que justo se ha dejado caer en la hierba para descansar, cuando se lo celebré ella generosamente me lo trajo después a mi casa, siempre que lo miro es como si aquella imagen pintada por sus trémulas manos me devolviera a Cachita, no en la calle Cielo ni la que arrastrando su cansancio trasegaba por los adoquines de esta ciudad, sino en Milano, en Florencia, en Venecia o en Roma, esas tantas ciudades de Italia con las que soñó obsesivamente gran parte de su vida y para las cuales el destino nunca le tuvo reservado un boleto de avión.

Fuente: damas314.wordpress.com

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