Punta Alegre: lo más triste

Lo que quedó de un yate.Katia Siberia / Invasor._ Hace una semana, cuando Irma todavía no había enfocado su ojo en Punta Alegre, y la recurva que lo alejaría de la costa norte era una posibilidad sin latitud ni longitud definidas, a Yoandry Valderrama le ofrecían 12 000 dólares por su yate. Entonces no lo vendió: ahora lo tiene en sus manos, hecho pedazos.

Lo que quedó de un yate, y hay quien se “atreve” a considerarse afortunado

Logra enseñarme el apellido tatuado en la madera porque quiere que crea que esa pila de tablas que lleva en la carreta eran su yate blanco. Pretende, incluso, que lo crea afortunado porque otros pescadores no han podido “recomponer” el suyo ni 600 metros tierra adentro, adonde las aguas y los vientos llevaron las embarcaciones que no lograron tragarse antes.

Quiere que entienda, además, por qué un pescador de Punta Alegre no encuentra precio para su barco.

Hay cientos, miles de habitantes que, como él, logran ver más allá de las ráfagas de Irma y no necesitan que una periodista, si supiera, venga a consolarlos. No les hace falta el ánimo que el foráneo difícilmente logra infligir sin lástima. Por eso le he creído todo lo que me ha dicho. Si él no se cree infeliz, ¿quién soy yo para desmentirlo?

Antes, en Los Perros, una comunidad por la que se enfilan los 31 kilómetros que te llevan desde Chambas a Punta Alegre, me había sucedido lo mismo: dos niños navegaban una calle, con una recámara y dos palos. Cuando Invasor les dijo, “remen hacia aquí para hacerles una foto”, los chiquillos comenzaron a posar despampanantes y los vecinos les rieron la gracia. Nadie dijo de las aguas que invadieron, nadie habló de los sin techos… No. La felicidad flotaba con esos dos pequeños y nadie quiso hundirla. Tampoco yo lo haría.

Aprender a dibujar caricaturas

Hazte caricaturista en menos de siete días…Entra al curso

No fue hasta después que conseguí dudar. Otros dos, ahora adolescentes, salvaban unos flamencos alicaídos, los llevaban para sus casas, “a secarlos, porque con las plumas mojadas no pueden volar”. Alguien bromeó con que esa pechuga es riquísima y casi les imploré que los pusieran en libertad. No sé si los flamencos lo conseguirían de todos modos. Aunque no se los comieran parecían sentenciados a muerte.

Unos kilómetros más al Norte, ya en los callejones de Punta Alegre, me encuentro con gente que no pensaría demasiado en el destino de dos aves, ni en si la felicidad flota o los pescadores son tercos y esperanzadores. Comienzan a hablar con la incertidumbre más adherida que el salitre y presiento que les cuesta ver horizontes hasta en la costa que ahora está yerta, aparentando inocencia.

Así como están, culparían a las redes con que apresaron sus techos para que Irma no les “pescara” sus casas. Maldecirían cualquier cosa, incluso esa fatuidad innata de pescadores que “adorna” todavía sus viviendas.

Los flamencos de Punta Alegre, otra tragedia

Los flamingos, cuando se le mojan las plumas, quedan desamparados.

Los flamingos, cuando se le mojan las plumas, quedan desamparados.

A Damaris Morales Llanes, sin embargo, no pueden arrancársele palabras. Su casa es un amasijo mohoso en la esquina de la calle de Las Palmas, en el poblado de Máximo Gómez, lo más al norte de Punta Alegre que puede vivirse; un lugar que tenía un central y un callejón repleto de palmas que ahora tampoco están. Le hablo y ella me mira; le pregunto y ella me mira; le cambio la pregunta, le insinúo una respuesta y ella solo me mira; al final solo se encoge de hombros y me presenta a una de sus pequeñas hijas.

Pero después todos hablan en ráfagas, casi una veintena de palmas han caído sobre los techos, los han destrozado sin remedio, en tanto agradecen la vida. Dialogo con el que hablan de “echar pa adelante, porque la Revolución es grande”, y con el que me asegura que “no vas a decir lo de las palmas, pues los periodistas solo hablan de la recuperación y de los miles de evacuados que tienen todo garantizado”. Esto porque, al desconocer de la poca existencia de grúas en el territorio, y del impacto de Irma en la geografía avileña, no entendían el porqué llegaron las motosierras a cortar las palmas sobre sus casas y las grúas aún no habían llegado.

Casi al salir veo a Marcelino, un anciano encaramado en su techo a los 76 años, convencido de que él todavía puede remendarlo y de que no lograría nada con lamentarse. Me inspira y sospecho que lo hace con quienes ya comienzan a levantarse, a pesar de las violentas ráfagas de viento que azotaron por más de 38 horas; a pesar del mar que solo las faldas de las montañas lograron replegar.

Dura poco el aliento. Una vecina de Marcelino me pregunta si fui al borde de la costa, unas cuadras más a la derecha. Me asegura que aquello es lo peor, que debo ir, pero me voy sin saber si ya vi lo más triste o si todavía está por ver. Mañana sabré.

 

Share

Deja un comentario