Desalojo, filosofía, herpes y technopunkpop

La sabiduría es como una enfermedad venérea, se propaga sin darte cuenta, puedes ser asintomático e infectar a otros que trataban de encontrar un camino sin artificios.

Jesús Martínez

Jesús Martínez

Crónica por Susana Iglesias*  Milenio – México .- Murió el último de Los Ramones, ¿significa algo?, es posible, para un fan adolescente, un viejo nostálgico o un punk de póster, seguro. No conocí a ningún integrante de ese grupo, su música tampoco la consideré entrañable, sus peinados son tan malos. Algunos fans me recuerdan a los fanáticos de Pedro Infante, que nunca morirá en los corazones. ¿Cuántos fans de Los Ramones vivieron el “hazlo tú mismo”?, serias dudas al respecto.

No tengo una hermosa vida, ¿cuál sería el único propósito de tenerla?, arruinarla. El único motivo por el que robaría un deslumbrante auto sería para estrellarlo y obtener nuevas cicatrices. Llenos de vida, podrida ilusión. Modernidad, mentira, traición, odio, máquinas idiotas, orden, jaulas sociales, laberintos de archivos muertos, administración pública, trajes sastre de poliéster barato y sudoroso. Mala calidad, mentes podridas, mucho gadget, poco seso. No me asombra el híbrido maltrecho, me asombra la falsa imagen que tienen de ellos mismos. Creándose una endeble no-identidad, prefabricada, abrazando causas como ideales, ¿qué es el ideal?, ¿debo citar algún filósofo raro para que alguien pueda aprobarme? Gracias, no me sumaré a esa fila absurda del engaño. Outsiders enarbolando banderas que no son más que trapitos de colores. Los fans del conocimiento son como monaguillos, asisten a diferentes iglesias, predican algo, ayudan a dictar misa a sus pequeños e inservibles dioses de la sabiduría, Google es el culpable de la sabiduría de millones.

Obtener conocimiento es una adicción. La adicción provoca recaídas en el cerebro, he visto mentes idiotas que se transforman en mentes aún más torpes con algo de conocimiento. He desconocido personas, se leen un par de libros, después se transforman en Diógenes Laercio, Marx, Cioran, Peirce, Zinóviev o cualquier otro. Recuérdalo: cuando quieras inventarte otro yo, cuando quieras creer que eres o puedes ser otra persona que no existe dentro de ti, siempre aparecerá (tarde o temprano) alguien que te conoció años atrás, tu pasado personal te recordará el impostor o impostora que eres en cualquier oportunidad. No lo olvides: se puede ir más y más y más abajo, las rodilleras hacen paro. He atravesado la ciudad. Hace más de una hora estaba en el oriente. Circuito Interior no ha cambiado, los mismos paisajes desolados tamizados con esos detestables autoservicios 24 horas símbolo de un “progreso” burdo, hueco. Es tan largo el Circuito, parece no tener fin. Atravesamos por Calzada de los Misterios, recuerdo varias caminatas nocturnas por la zona, los domingos de migas en el mercado de Beethoven. Reforma, Bucareli, Río de la Loza, Dr. Vértiz, cruzar por Dr. Erazo hasta la colonia Obrera, un barrio precioso, de los mejores tacos del rumbo, para todos los bolsillos.

Estoy en la esquina de José T. Cuéllar, el vaso de birria alivia el frío, no hay cerveza, solo refrescos azucarados. Al lado unos estudiantes hablan de política, me entero que uno estudia sociología, otro ciencias políticas de la administración, uno más está por desertar de la carrera de trabajo social para entregarse a la filosofía, “quiero ser escritor, quiero hacer ensayo filosófico”, asegura que ha descubierto su vocación mientras escupe emocionado el taco de birria. Tras escasos minutos mi atención se dispara, el taquero me pregunta por la ausencia de casi tres meses, es un compa entrañable, fiador eterno en tiempos de miseria, también agradecería al Obama, otro taquero interesante allá por el rumbo de la colonia Doctores. Me deja comer en paz, es una persona respetuosa. Llueve tanto últimamente. Marx es como una pared de orines que apesta cuando aparece la lluvia, también cuando aparece el sol, eso pensaba mientras veía las manchas de orines en las  paredes de las colonias del oriente de la ciudad, cruzó por mi mente Marx. La filosofía es para talentos esmirriados, va bien para aquellos sin pensamientos propios, sin experiencia propia, arrojados al vacío de su escaso temple, esa debilidad mental les permite reconocerse en otros, identificarse con otros, seguir a otros, rezar a otros. Ningún filósofo me interesa, mi motivo es simple: no tengo amor por la sabiduría. La sabiduría es como el herpes, se propaga sin apenas darte cuenta, puedes ser asintomático e infectar a otros que trataban de encontrar un camino sin artificios, tuvieron la mala suerte de escucharte, ahora eres su gurú. Si quiero un café no iría a un café, si quiero un trago probablemente tampoco asista a un bar, si quiero asquearme aceptaré la invitación a estos sitios, incluso extenderé estas invitaciones para evadirme, para asquearme más de los otros, más de mí. Restaurantes, cafeterías, galerías, supermercados, centros comerciales, bares, y demás mierda son manicomios donde las personas pagan para no estar solos. Me incomodan los extraños, confunden mi silencio con respeto. El sentimiento de no encajar en nada me ha ayudado a sobrellevar lo insoportable. Me alegra pensar que la humanidad terminará por irse al limbo de donde jamás debió salir.

Cretinos, jetas detestables, miseria personal, vagones del Metro, fábricas, rastros, oficinas. Trabajos aborrecibles, durante años fui brillante para encontrarlos. Es altamente probable que casi todas las personas que se me han acercado sientan aversión al “conocerme” o escucharme. No soy amable, no soy cortés, no me interesa causar simpatía, tampoco quiero hacer amigos, ¿me ven cara de lacaya o recepcionista en módulo de atención a clientes?, ¿piensas que si te sonrío trato de agradarte? La mayoría de las veces sonrío porque no tengo nada que decir, es un gesto idiota aprendido, lo uso para sacarme el compromiso de escuchar a los idiotas. La gran basura del mundo, escupo sobre él, con rabia de forma intermitente. Mentes enanas y podridas. Te mintieron. Tus padres, amigos, maestros, enemigos, dios, el diablo, la virgen, el punk, el sexo, la tranquilidad, hasta tú mismo te engañaste miles de veces. Aprendí, solo un par de cosas, con eso me bastó, me di cuenta a tiempo de la asquerosa y aborrecible condición humana, tratar de entenderla  o enaltecerla tiene el mismo sentido que apuñalarte una y otra vez. El odio es un género bastardo al que no le encuentro interés, no te confundas, odiar muestra un espíritu blando. Puedo distinguir un espíritu curtido por escritores rusos a varios vodkas de distancia, un lector de rusos no es amable. La única causa que mis puños vitorean con orgullo es la rabia, ella me acompañará hasta el final de mi inútil y cretina vida. Gol en el campo, amor en la tierra.

Alemania gana el Mundial, no me importa. Pago la cuenta. Decido caminar bajo la lluvia, es suave, imperceptible, la tormenta ha pasado. Me pongo los audífonos, le doy repeat a una canción de Iggy Pop, You shouldn’t mess with me/ I’ll ruin everything you are/ I’ll give you television/ I’ll give you eyes of blue/ I’ll give you men who want to rule the world/, enorme esfuerzo del glam folk pop Bowie para escribir con Iggy esta canción. Abro la puerta, patio mojado, pensar en la posibilidad de dejar este sitio me aterra. ¿Qué haré cuando sea más vieja? Seguramente lo mismo que hago ahora que se ha ido el último de Los Ramones: escuchar el disco de The Idiot, dejarlo sonar una y otra vez. Abro la ventana, observo la parcial, la destrucción de la ventana al fin del mundo, la gentrificación ha llegado a este barrio pobre, tan alegremente miserable, hermoso, salvaje. Tristeza. Para que me quede claro de qué va la rabia, jugaré a escupirle al cielo una y otra vez mientras leo la nota de mi casero que amenaza con desalojarme. Repeat.

* Escritora. Autora de la novela ‘Señorita Vodka’ (Tusquets)

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