Alfonsina, tus huellas en la arena

Pablo Socorro . – Parado en la misma escollera que ella contempló una última vez antes de lanzarse al mar buscando las caracolas de sus desamores, el viajero respira el aire yodado que debió embotar la mente de Alfonsina, momentos antes de escribir su último verso. “Voy a dormir”, dijo, y caminó sobre el espigón para lanzarse al mar. Un zapato de gamuza negra, número 35, se le quedó trabado en un hoyo del cemento roto. Una mujer pequeña, que el mar devolvió dos dias después de acariciarla. No estaba envuelta en tules blancos como dice la leyenda. Vestía una blusa blanca, pollera negra y negras eran también sus prendas interiores, y en la mano izquierda llevaba un anillo con brillantes.

Una ráfaga de aire frío le azota la cara. Ella sacude su melena corta. “Me arrojo al mar”, advirtió en una nota de despedida que dejó sobre la cama del hotel San Jacinto. Tampoco se adentró en el mar, dejando en la arena sus pequeñas huellas. “Mar, yo soñaba ser como tú eres”, dijo Alfonsina, y se lanzó al vacío desde la escollera de La Perla.

El viajero sabe que ella no murió de amor. Hubiera sido el mejor poema de su vida morir por un amor perdido. Pero murió de depresión, incapaz de plantarle cara a un cáncer lacerante que ya le había arrebatado un seno, y le restó las fuerzas para enfrentar los avatares del alma.

La tarde que la conoció, en la penumbra de la Biblioteca Nacional de su pequeña isla, el caminante quedó prendado no de su belleza, sino del halo de mujer fatal que le miraba fijo desde aquellas imágenes marchitas de la revista Carteles. Sobre el blanco y negro de la foto, parecía dormida en su lecho de espumas de mar, su pelo corto y un rictus de dolor en su boca de poetisa solitaria, tallando con su muerte todas sus miserias, dolores y tristezas.

Una mujer que amó, odió, sufrió y gozó, y desafió las flechas de la envidia por ser madre soltera.

“Tengo siete vidas, siete vidas tengo”, dijo entonces, y desde la frontera del tiempo él le prometió que volverían a encontrarse.

Veinte años después, el viento infló mis velas y ahí estaba yo en aquella su Mar del Plata tumba, encajado en el asiento de un taxista que insiste en llevarme a los más íntimos secretos de aquella ciudad bañada en la nostalgia. Me pasea por la zona rosa de La Perla, escucho las maravillas de Las Chicas de Beruti, la Casita Azul y Dulcinea, donde la carne se mercadea al por mayor y huele a flor de cementerio, pero yo sólo quería conocer la playa que fue el último reposo de mi musa suicidada. Sólo eso.

Y como suele suceder con todos los taxistas argentinos, tangos rodantes de cinismo y cálculo, me bajó completa la canción de Luna y Ramírez, me contó la historia de una Alfonsina que se perdió por un sendero sólo de penas mudas, y hasta insistió en compartir el mate amargo y frio de una bombilla sucia.

En el mismo espigón de la escollera, ella me esperaba. Tallada en una piedra gigante su figura, con su melena corta y rubia, aguardaba mi regreso para meterse en mi piel y cantar un tango con esa voz antigua de arena, viento y sal.

Fuimos a una disco en la calle Corrientes y rompimos la noche entre tangos y boleros. ¿”Quieres ser mi poeta buen amigo y sólo tu dolor partir conmigo?”, me preguntó quedito.

La madrugada nos encontró desayunando en Náutical, masticando horas mustias y noches de soledad, despidiéndonos con un abrazo de viejos conocidos que algún dia volverán a cruzarse en el camino.

Sin saber el viajero que, ésta Alfosina sí le plantará cara al cáncer de mama y le vencerá, y entrará y saldrá del mar vistiendo arena, algas y corales, un poco más mujer, madre, abuela y sabia, y con esa mirada limpia de todas las luchadoras que ganaron la batalla en vez de suicidarse.

Hoy, mi amiga “Va por los cielos largos sobre la luna blanca”, y nos hemos encontrado de nuevo en la escollera de la red social, pero ahora sus huellas vienen de ese mar de caracolas donde viven las valientes Alfonsinas de la vida.

Nota: Los entrecomillados son versos de Alfonsina Storni, poetisa argentina.
Los Angeles, Octubre/2015

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