Francia o la reacción ilustrada

columna a contra corriente

Ignacio T. Granado .- Francia es probablemente el corazón del Occidente moderno, relacionando en la turbulencia de su cultura política el feudalismo ibérico con capitalismo inglés; todo bajo la égida del pensamiento alemán, para resultar así en ese cuerpo grandioso que es Europa como centro del mundo en su expansión. Quizás por eso es también el lugar de las contradicciones más inesperadas y estrambóticas, que explican esa convulsión que es el ser occidental; aportando la revolución más avanzada, definitiva y cruel, pero también su reacción más virulenta y esperpéntica por el nivel de absurdo. De hecho, quizás a eso mismo se deba la recurrencia de los experimentos vanguardistas, en los que el arte moderno apostó por el absurdo para fijar el imaginario del siglo; que no es el siglo XX sino la modernidad con toda su extensión, desde aquel origen en el capitalismo italiano, y hasta el límite del siglo XX en que se revuelve contra la postmodernidad.

Librería Gilbert Jeune

La librería Gilbert Jeune en el corazón de París.

No importa que Francia aporte los pensadores más agudos del estructuralismo, que marcaría la superación filosófica de lo moderno; igual la postmodernidad es norteamericana, en una tensión crítica que sólo escarbará en las heridas de la humillación desde la segunda guerra mundial. Esa rivalidad no sería gratuita, si Estados Unidos es al Occidente postmoderno lo que Francia al de la modernidad; explicando esa puntualidad de la confrontación,  que comienza desde el cisma lefevbriano como reacción al concilio Vaticano, impulsado por el pragmatismo gringo; y que se extiende al terrorismo contra la reina del mercantilismo que es Mc Donald, y —cómo no— el forcejeo feroz de Amazon (Kindle) y la francesa Hachete, que reclaman el imperio editorial.

Ahora y como parte de la misma dinámica, la editorial Shortéditions de Grenoble lanza un proyecto para colocar en respiración artificial a la cultura moderna; cuya crisis supuestamente se manifestaría en el desplazamiento de los hábitos tradicionales por el avance de las tecnologías, como el vilipendiado smartphone. Lo esperpéntico consistiría en la misma falsedad de la petición de principios, pues no hay modo de que una tecnología afecte y no viabilice una tradición,  al facilitarla; a menos que se trate de una tradición superflua, cuya gratuidad y no su trascendencia sería la que la condene a la obsolencia. El proyecto de la editorial de Grenoble contempla ayudar a la polución —no sólo metafórica—, con la distribución de literatura instantánea; que impresa en cortos legajos para leer en tres o cinco minutos, con lo que pretenden contrarrestar la dependencia tecnológica creada por los Smart phones. La ficción es perversa ya de entrada, confundiendo la práctica de la lectura con el soporte de la misma, en un error típico de la paranoia reaccionaria; ya que la literatura se consume también en soporte electrónico, y de hecho es muy anterior al formato ahora tradicional del libro, con incluso su fundación en la tradición oral.

postmodernidadEn realidad los índices de educación actuales no tienen precedentes, lo que se refleja en la saturación del mercado literario; porque dichos niveles de educación se habrían traducido en mayores niveles de producción y no de consumo, lo que no tiene nada que ver con el desarrollo y la accesibilidad de la tecnología. Aun así, proporcionalmente los índices de consumo serían también imprecedentes, sólo que sobrepasados por los de producción;  dando lugar a ese efecto natural de baja en la demanda, exponenciado por esa alternativa de soportes, que incluyen el electrónico. Paradójica y perversamente así,  este proyecto no fomentaría el hábito de lectura sino el de lectura en formato tradicional;  lo que es improcedente tanto por el impacto ambiental —no sólo contribuye a la deforestación sino que también crea polución y crea basura de modo innecesario— como el económico; redundando en ese fatuo elitismo que mantiene a la burbuja intelectual, en una cultura de la subvención que sólo se revierte en un mayor clientelismo parasitario.

Esta reacción, típica entonces del extremismo francés, respondería a la tensión primaria del espíritu moderno; que abocado a su obsolencia con la postmodernidad, arrastra consigo a sus símbolos típicos, como ese carácter libresco de su cultura reflexiva. En verdad, la obsolencia del libro no se referiría únicamente a la de su soporte tradicional, sino que puede referirse también a la de su propia función referencial; como base suficiente sobre la que ya puede desarrollarse la reflexión trascendente de lo real sin necesidad de establecerse sobre una convención institucional; al darse en la madurez y suficiencia de un individuo capaz de satisfacer sus necesidades en este sentido, muy a pesar del pánico de la reacción ilustrada del norte francés y su influencia. Al final, el gesto histérico de Grenoble puede muy bien reflejar el alcance paradigmático de ese ilustracionismo francés; desde esa falencia con la que Francia se rindió a la amenaza de los pânzers germánicos tratando de conservar su integridad y su belleza, como si no fuera otra cosa que un cascarón vacío; demostrando esa fatuidad de todo lo humano en su patetismo, porque vanidad de vanidades, todo es vanidad, incluso la misa que bien vale.

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