Nuevamente la decadencia

columna a contra corriente

Ignacio T. Granados.- Entre las cosas increíbles que se aprenden con la edad, estaría el tema de la fatuidad de la crítica de arte; con paradojas como la de que un crítico debe estar tan informado que pierda el contacto con el mundo real de más allá de sus referencias. De hecho, fuera del propio autor, tampoco es que a nadie le importe mucho la crítica, por más informada que sea; la gente toma sus decisiones respecto al arte por las más variadas cuestiones, muy pocas de ellas (si alguna) objetivas; ya que de entrada tampoco es que la objetividad sea una característica fundamental del arte, al menos contemporáneamente. El crítico suele pensar que tiene una posición especial respecto al arte, pero eso es porque se ha creído su propio slogan de ventas; se lo ha comido el ego, tanto como al artista —de hecho suele ser un artista—, y no se da cuenta de su propia derivación hacia un mercantilismo que sustituye la moneda por el ego como valor de intercambio.

Normal Rockwell, El crítico de arte, 1952.

Normal Rockwell, El crítico de arte, 1952.

Eso es apenas natural y no es importante, es el propio proceso de decadencia de la modernidad a través de una esclerosis galopante; que también es intrascendente, como mera circunstancia en la que siempre ha de realizarse el individuo, que es el que aporta la trascendencia con esta realización suya. El tema aquí es la naturaleza de la que cada quien participa como esa experiencia trascendente de su realización, que es siempre individual e incuestionable; si de la burbuja que se estrecha inexorablemente alrededor del fenómeno caduco de la modernidad, o si de esa dramática transición a lo desconocido. En ambas experiencias consistiría la postmodernidad, pero como su aspecto respectivamente positivo y negativo; no en un sentido moral, pues la moral la marca la tradición, y esta sólo trata del status quo y el orden establecido; pero sí en un sentido de función respecto al desarrollo de la cultura como realidad de valor específicamente humano, que es siempre exponencial.

Eso explicaría la apacible bohonomía en que languidece el arte, con esas trifulcas aparentes entre contemporáneo y tradicional; cuando ya el arte contemporáneo es una tradición, siquiera paralela, al establecerse con un canon propio. La persistencia de la modernidad en su propio mito de la eterna juventud, figura así la de la vida asistida; de ahí la necesidad de apoyo por la que boquean los artistas, apelando a la falsa necesidad de realizarse a sí mismos a costa del dinero ajeno, en su incapacidad para generar el propio. Lo grandioso es esa curiosidad por la que nada de eso sería importante, como todo lo que discurre ante la mirada impasible del implacable tiempo; y como la raza olímpica, la civilización moderna sólo consigue perpetuarse en un valor arqueológico, completamente disfuncional.