La Patria a menor escala

el mar cubano

¿Por qué emigras?

Gisselle Morales Rodríguez .- Parto de un principio elemental: me opongo con obstinación de mula cerrera a cualquier tipo de violencia. La violencia del yihadista que decapita frente a Internet o en la privacidad de su hogar; la violencia del joven no menos desquiciado que se sienta durante casi una hora en la iglesia afroamericana antes de levantarse, cargar el arma y comenzar a matar; la violencia del marido que deja el plato sucio en el fregadero porque total, la “esclava” viene atrás; la violencia de las fuerzas policiales de Nicaragua, que hasta gases lacrimógenos usaron la semana pasada para impedir que siguiera rumbo norte la avalancha de emigrantes cubanos que había entrado al territorio nacional.

Prefiero suponer que este último asunto se ha dirimido a nivel de cancillerías y a puertas cerradas porque los entresijos de la política son así, inescrutables a los simples mortales, antes que imaginar siquiera que Cuba haya permanecido de brazos cruzados ante el maltrato a sus ciudadanos. Y digo “prefiero suponer” porque, como se sabe, en el caso de los cubanos varados en Costa Rica transparencia no es precisamente lo que ha sobrado.

Lo que ha sobrado, a no dudarlo, es alharaca entre dos aceras que, muy a pesar del 17D, siguen exhibiendo sus diferencias irreconciliables: de un lado, quienes le endilgan toda la responsabilidad al gobierno de la isla y han llegado a encasquetarle a los balseros en tierra firme el epíteto de refugiados; de otro, los que siguen en sus trece, culpando a Estados Unidos por la insostenible Ley de Ajuste Cubano; una legislación que, ante la remota posibilidad de que sea derogada, ha provocado esa especie de cuello de botella que hoy sacude a Centroamérica.

“Si no la quitan ahora, no la quitan nunca”, he pensado viendo las imágenes de hombres, mujeres y niños tirados a la bartola en un país extraño, durmiendo en carpas, a la intemperie o en lo que parecen almacenes abandonados; a seguidas, sin embargo, he recordado escenas similares de no hace tantos años, cuando incluso más hombres, mujeres y niños se lanzaban al mar —como los peces, diría Carlos Varela—, eran recogidos por la guardia costera y enviados a ese polígono del descarte que para Estados Unidos ha sido siempre la Base Naval de Guantánamo.

Estimular la emigración desordenada es lo de ellos; lo nuestro, aferrarnos al argumento que nos da la Ley de Ajuste Cubano para ignorar las razones económicas que se cuecen allá en el fondo, en la cotidianeidad de quienes han decidido marcharse. Y no son pocos. Y no todos son unos ilusos corriendo tras el sueño americano.

Que merecen tratamiento de refugiados ya es un cuento de caminos que no se creen ni los que han colocado la palabra en titulares. No están siendo perseguidos —de hecho, salieron del país con sus papeles en regla en virtud de la nueva ley migratoria—, disponían de dinero suficiente para pagar pasaporte, pasaje en avión y a los traficantes, y no se hallaban en medio de un conflicto armado.

Tenían, eso sí, lo que en teoría deben tener todos los seres humanos: el derecho a decidir su vida, que es como defender la Patria, pero a menor escala.

Tomado del blog Cuba profunda

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