Cuando arden las bardas del vecino…

José Luis Rumbaut

José Luis Rumbaut

José Luis Rumbaut López | VENEZUELA | 09 de Diciembre de 2015.-  Venezuela nos duele como nos duele nuestra propia patria. Por eso no somos ajenos a sus alegrías y tristezas; a sus miedos y esperanzas. Las elecciones fueron tan claras como un grito en medio de la noche. La gente se cansa, la gente cambia, la gente quiere cambios y está dispuesta a arriesgarse.

Todo el mundo cree saber qué sucedió. Pero todos tienen una idea diferente. Algunos consideran que una oposición sólida y unida derrotó un Gobierno malvado y con fuertes tendencias a la acción dictatorial. Otros creen que los venezolanos votaron con el estómago en clara referencia a las difíciles situaciones económicas que se agudizan en medio de una guerra económica que es responsable de los resultados, según otros analistas. Creo que si tuviéramos una sola causa de este descalabro las cosas fueran mucho más fáciles.

En primer lugar, no creo que ganó la oposición y menos una Mesa de la Unidad Democrática que cada vez que se mira por una arista diferente se torna un arcoíris que refleja mejor su composición. Una persistente despolítica del actual Gobierno, y sus dos caras más públicas, ha sido sin dudas la diana de los disconformes, por tanto, creo firmemente que la gente no votó en su mayoría por una fuerza política (que no existe) ni por un programa determinado que alterne objetiva y literalmente con el actual proceder del Gobierno de Maduro (porque tampoco se puede delinear), sino que lo hizo contra el Gobierno y sus múltiples errores.

Pocas veces se puede determinar un elemento que pese tanto en la unidad de un grupo heterogéneo como el que se agrupó en torno al MUD. Pocas veces podemos señalar con un dedo algo que convierta lo impensado en opción. Esta vez solo hay que mirar un tantico atrás en la actuación del Gobierno y nos daremos cuenta de que reiterar una y otra vez una política de exclusión con tonos ideológicos fue sin duda el detonante que se convirtió en bandera para una unidad que nunca antes había sido lograda.

Sin embargo, en esa mesa se pueden determinar, entre sus voces más activas, tantas tendencias políticas e ideológicas como las que debieron agruparse en función de salvar un proyecto de nación que dio un lugar a los olvidados durante décadas. Es por ello que lograr que esa mayoría parlamentaria se convierta en punta de lanza para un cambio que satisfaga las más elementales cuestiones que los llevaron al triunfo será muy complicado.

Entre otras cosas porque, errores aparte, el Gobierno de Maduro ha sido blanco de una verdadera guerra económica de la cual solo hay parangón en lo sucedido con Cuba. Un tipo de presión económica desde dos flancos: interno, porque a diferencia de Cuba en Venezuela no se tocó la estructura de propiedad y de producción, y el externo que sin dudas presionó y hasta es posible que detonara muchos de los problemas de desabastecimiento y precios de productos básicos.

Las primeras medidas propuestas por ambas partes son muy contradictorias. La llamada Revolución Bolivariana que enarbola la figura de su fundador Hugo Chávez llama a renunciar a sus ministros (y con eso tal vez busca chivos expiatorios) y dice que deben aprender la lección. La oposición solicita las primeras medidas, y estas apuntan a desmontar leyes populares que en ningún caso darían seguridad y estabilidad al país, pero empujan mucho a la derecha, la primera tendencia de este grupo.

Esta derrota del chavismo también apunta a la izquierda latinoameriana, sobre todo a la más democrática, que no exigió como debía la corrección de rumbo popular sobre el populista; que no acotó a tiempo los disparates que como memes perennes están en la redes sociales, degradando los múltiples hechos que hicieron a Chávez, a contrapelo de lo pronosticado por sus aliados caribeños, ganar más elecciones que nadie. Esta vez una intervención amistosa y su asimilación por parte del oficialismo podrían haber corregido el camino y salvado, al menos, de una derrota tan estrepitosa.

También he leído cómo algunos ven esta derrota, a unos días del cambio de Gobierno en Argentina, como un indicio indiscutible de la caída como castillo de naipes de los gobiernos de izquierda. Le añaden los problemas de Dilma en Brasil y la no continuidad de Correa en Ecuador. Sin dudas son fuegos artificiales. Lo que sucedió en Venezuela se debe a su propio camino, nada que ver con las alternancias cíclicas que se perciben en Argentina, donde su líder más representativa abandona el Gobierno pero se perpetúa como faro de una oposición que hará muy difíciles las cosas para la derecha.

La democracia exige ese tipo de convivencias. Si no se está preparado para esto, mejor no jugar esa partida. El reconocimiento de la derrota por parte del oficialismo, las rápidas medidas que suponen el estudio y la corrección de los problemas podrían incluso salvarles las elecciones presidenciales dentro de tres años, aunque les espera un pésimo panorama con precios bajos del petróleo y poca inversión interna. Si Maduro madurara, podría invitar al Gobierno a figuras de la oposición más moderada y los haría parte de este problema, y no su solución. Pero este Gobierno no ha dado muestras de ser muy inteligente en los enroques que podrían salvarle el asiento.

De cualquier manera, se abre un nuevo capítulo para Venezuela y con ella para Latinoamérica. Lecturas simplistas y triunfalistas no ayudarán a plantearse un camino que devuelva la tranquilidad y la prosperidad de la nación.