Mi novia triste

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Pablo Socorro.- No era bonita ni fea. Ni sexy o asexuada. Ni flaca ni gorda. Era una chica simple que mascaba la tristeza como si fueran hojitas de hierba buena para limpiar los dolores del alma. Y era mi novia. Mi novia Triste, llorando con los poemas de Amado Nervo y José Antonio Buesa, como si estos bardos fueran parientes pobres acabaditos de finar. El nuestro era un amor nérvico en su esencia y buésico en sustancia. Un amor tranquilo, sin sobresaltos, más catatónico que platónico.

“En la más densa oscuridad/ toda mujer es refulgencia/ y todo amor es claridad”, decía el viejo Nervo, y nuestro amor fluía en blanco y negro, lento y tranquilo como las aguas del rio donde nos dimos el primer beso. No era el rio que le hubiera gustado a Lorca para llevar a una mozuela, pero era el único que teníamos a mano, justo detrás de los albergues. Sentados en la orilla, buscábamos los aretes de la luna y veíamos pasar el agua sucia, sin saber si las maripositas que revoloteaban en el estómago eran de amor correspondido, o el hambre compañera de becarios trasnochados.

“Nuestro amor fluía a pasos lentos”, según el señor Buesa, hasta que mis compañeros comenzaron a darme cuero porque mi chica desentonaba en el ambiente festivalero de los becarios a perpetuidad. Anodina y gris, con su andar letárgico y ausente, mi novia Triste vagaba por los pasillos de la escuela dejando su rastro de saudades como perfume de mariposa virgen.

Que anduviera como Anduriña paseando su morriña, no era problema para mi rasero estético. Yo, guajiro natural y naturalmente aguajirado, ponía empeño y devoción en ligar una jevita del Vedado. “El Vedado es el Vedado y el resto de Cuba, puro parking”, era mi mantra por aquel entonces. Soñaba con chicas del Vedado, rubias, bellas, con las tetas de Sofía Loren y nombres sugerentes como Lorelei, Gwendolin y Belinda. Pero ese material andaba ya acaparado por pepillos que tenían como mínimo dos jeans y una colección de camisetas de Bob Dylan, Los Beatles, Barrabás y de otros tipos sicodélicos que estaban prohibidos en la radio.

Difícil que una de aquellas estrellas rubias de la galaxia friky se enamorara de un cheo que usaba zapatos de puntera estilete, con un sólo pantalón de vestir y una camisita de forro de colchón que intentaba dar el plante. Pero mi novia Triste nunca se fijaba en esas cosas. Etérea y distraída, versaba en otro mundo, y le daba igual si yo andaba en taparrabos o en pañales. Así, que a falta de una chica del Vedado, me conformaba por el momento con una de Carraguao. “Algo es algo. Un pedacito de La Habana es mejor que el campo entero”, pensaba. Hasta que descubrí que el Carraguao de mi novia Triste no era el barrio duro en el corazón de La Habana, sino un pueblito pinareño de 500 habitantes y un cartero de una vez a la semana.

Pasó el tiempo y pasó un ciclón por el Carraguao pinareño, y mi novia Triste no regresó de las vacaciones de verano. La única carta que le escribí no tuvo respuesta. Nadie nunca supo decir por qué dejó la escuela, y alguien aventuró que se fue volando en círculos concéntricos mientras el ciclón se alejaba rumbo norte. Entonces me hice novio de Adelita, una chica rubia y sexy que vivía en El Fanguito, la favela de ruidosas casitas de tablas y zinc en las márgenes del rio Almendares. Un reparto de calles estrechas, cuyos habitantes creían vivir en el patio trasero del Vedado, cuando en realidad estaban en el borde delantero de Marianao. Ya tenía mi novia friky, o medio friky, como decían mis amigos.

Pero Adelita era un volcán de pasiones, un disco de 45 revoluciones girando sin parar. Cuando íbamos al cine se ponía brava si me embelesaba mirando las tetas de la Loren, sacaba pecho para que yo me consolara con los limoncitos duros de su escote, y luego nos íbamos a escuchar casetes de Los Kents y Los Jets, lindos chicos del Vedado que tocaban rock duro de Deep Purple, mientras yo callaba, por pudor, que me gustaban más los Dada, Palito Ortega y los Barba con Ojedita.

Todo fue lindo mientras duró con Adelita. Hasta el dia que me invitó a una fiestecita en su casa, con amigos frikys de su barrio, y ahí me presenté con mis zapatos de estilete, mi camisita colchonera y el único pantalón que compartía con mi hermano, en el entendido que él lo usaba de lunes a viernes y yo los fines de semana, si es que salía de pase.
Cuando toqué a la puerta, la fiesta estaba en todo su apogeo. Llevaba en una mano un ramo de flores tristes que había hurtado del cercano cementerio chino, y un perchero. Las flores no le hicieron mucha gracia a la Adelita, que escondió el ramo en un cesto de ropa sucia y la percha desapareció en el dormitorio. A medianoche, y luego de ingerir incontables vasos de un ponche dulzón de Viña 95, alcohol destilado y jugo de flores de campana, el perchero sería el rey de la noche, cuando las parejas empezaran a sortearse para colgar la ropa.

En la sala, sudorosos y eróticos, nos contorsionábamos como majases sobre una sarten caliente, al ritmo loco de Satisfaction, mientras el melenudo y entonces menos arrugado de Mick Jagger nos llamaba a pasarnos por los huevos las marchas y consignas y a gritar “I can’t get no satisfaction/I can’t get no satisfaction/Cause I try and I try and I try and I try/I can’t get no, I can’t get no”. Jagger insatisfecho y nosotros curiosos por conocer como era ese mundo que nos negaban por temor al contagio. Ancho y ajeno, como decía un poeta de moda. Y en mi mundo, yo sólo esperaba que el maldito feo dejara de quejarse y se pusiera para las cosas con esa Lady Jane que nos permitía bailar apretaditos y tiernos, haciéndole coco al perchero y esperando a que la flor de la campana soltara los diablitos de la ingenuidad perdida.

Tan en las nubes estaba con Adelita apretada a mi cintura, tan aburrido de tanto chuapi chuapi en inglés, que cuando saltaron a Barrabás se me fue la musa y le solté a mi novia friky el estribillo de la orquesta de mi pueblo charanguero: “La Orquesta Ilusión del 60, el que baile con ella se revienta…”, le canté al oído, y hasta tiré un pasillo de casino para hacerme el gracioso. Pero Adelita no entendió el asunto y me puso de patitas en la puerta de su casa del Fanguito. “Un friky puede convertirse en cheo, pero un cheo jamás llegará a ser friky”, me dijo desde el portal, con lágrimas en los ojos por tamaña humillación, mientras yo me alejaba por el sendero fangoso sorteando charcos de agua sucia con mis botines de estilete.

Desde entonces me negó la palabra y me acusó de haberle “roto la vida” porque ahora sus amigos del barrio la llamaban “La Novia del Cheo” y ella no podía salir a la calle de pura vergüenza friky. “¡Quien me manda empatarme con un guajiro patisucio!” me gritaba. Pero al cabo de dos semanas se le había olvidado y me mandaba mensajitos de que me perdonaba porque extrañaba mi labia fina en sus oídos de niña friky. Pese a mis empeños por pulirme, yo seguí siendo el Guajiro para mis amigos, y a veces el Guajiro del Fanguito o el Señor del Estilete, y renuncié a ser friky para asumirme como era: un feo flaco y alto con memoria de elefante para convocar a Buesa, Nervo y cuanto bardo lacrimoso hiciera falta, con tal de levantar jevitas que resolvieran el duro problema de lavar y planchar el uniforme de becario.

No puedo evitar darle atrás al rollo y verme en brazos de mi novia Triste, extrañando sus silencios ausentes, imaginádola montada en el cometa de su eterna melancolía, perdida para siempre en las telarañas de mi desamor. Por un tiempo la busqué en otras chicas mustias, pero ninguna tuvo jamás el desamparo de alma pura de mi novia Triste. No estoy llorando, sólo se me ha metido un recuerdo en el ojo.
Pablo de Jesús
Montañas de San Bernardino, California.