Monigotes, protestas y el discurso en falta

José Luis Rumbaut López.- Hay costumbres que, por presentes, pasan inadvertidas delante de nuestras narices. Hasta un día. El día en que la razón o un semáforo hacen que reparemos en ese detalle que reconocemos perenne pero no hay ni idea de que allí estaba. Así me pasó este 31 de diciembre con los muñecones a los que en muchas casas cubanas, como es costumbre, se les prende un fuego que pretende quemar lo que pasó y dar la bienvenida, purificada y optimista, al nuevo año.

Este diciembre me pareció que los muñecones estaban en todos los lugares. Tal es así que dediqué un recorrido por mi Cienfuegos en busca de fotos que pudiera guardar para la historia. Pero los monigotes no son curiosos hombrecillos vestidos con la ropa que desechamos y que dentro seguro tienen paja. No. Se trata de mensajes, mensajes directos al corazón del año que termina. Mensajes que difieren en estética, decencia o ortografía pero se juntan en el sentido de lo que reivindican.

ahorcado

Algunos estaban justo en la puerta, o en el balcón, o tal vez en la acera junto al poste que alumbra los tardíos dominós con los vecinos. Pero allí se exhibían, con escenas obscenas que gritaban de dónde nos viene la resistencia, de dónde nos llega el aliento para seguir adelante, de dónde nos llena el optimismo para empezar un año que siempre será mejor; al menos en nuestro mundo real maravilloso y en los Macondos en que convertimos los pueblos donde nos criamos.

Otros se expresan con carteles. Mencionan los gritos que durante el año que terminó ocuparon el espectro sonoro de nuestro medio ambiente cubano. Uno dice: “¡Fulana llegaron los huevos!”; “¡Pollo por pescado!”, reza otro. Pero en cada cartel hay una declaración de guerra a una forma de vida que agobia, que acorta la salud y agria la razón en un país donde estamos siempre dispuestos a regalar una sonrisa. Los carteles de los muñecones que se quemaron el 31 de diciembre reúnen la sabiduría popular y los reclamos sociales y políticos que hoy faltan en el discurso, aunque sobran en los comentarios de las esquinas y las tardes de dominó.

PROTESTAS Y DISCURSOS

Los cubanos protestamos por todo. Pero hay protestas y protestas. Están las que proferimos a gritos en la cocina de la casa. Y las que decimos a un cuarto de voz en la esquina al vecino. Las del juego de dominó, sobre todo si está regado con alguna mezcla alcoholífera; esas pueden tener una notable variedad de tonos y volúmenes. Pero seguimos protestando, y seguimos protestando por lo mismo.

Por eso, esa ancestral manera de dejar atrás un año y comenzar uno nuevo, quemando no solo lo que ellos representan sino sus principales mensajes, debería ser tomada más en cuenta por los que recurren a todo con tal conocer la opinión nacional. La quema masiva de quejas y el deseo de llegar mejor al nuevo año no pueden perder lo que a todas luces es el discurso que falta en la gestión de una alternativa política o administrativa. Nada de lo que consumió las llamas este 31 de diciembre forma parte de programa alguno, ni de los que ostentan el poder y dicen estar buscando un cambio, ni de los que dicen ser la alternativa y aseguran comprender mejor la voz del pueblo.

El discurso que se quemó el 31 de diciembre podría constituir un excelente programa alternativo que se idenfique mejor con las necesidades, deseos y velocidades que hoy apuran al proceso cubano. Así, dicho con imágenes que podrían ser obscenas (porque están hasta la madre como diría un mexicano) o con faltas de ortografía, que no merman para nada la opinión popular. Pero están dichas, expresadas y, por si acaso, firmadas con el fuego que purifica lo que tanto necesitan para este nuevo año: esperanza.

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