DE MENISCOS Y OJOS CHINOS

Pablo Socorro.- La mañana en que la rodilla que correspondía a la pierna derecha de Pablito iba a ser operada, amaneció como tantas otras por esta época en el sur de California: Fría y algo nublada, pero tan cristalina que las montañas pintadas de blanco parecían poder alcanzarse con las manos. Pablito no se fastidió la rodilla con un clavito, como dice el refrán. Se la hizo talco por el uso y el sobrepeso. Demasiado baloncesto sobre el cemento y demasiados platos de arroz con frijoles, flanes, pan cubano con mantequilla y cerveza de todo tipo, se combinaron con demasiados años para ir destruyendo los meniscos al igual que fragmentos de discos comunistas aplastados por la aplanadora de Vigilia Mambisa. A ello se sumaba un quiste acuoso en la parte trasera de la rodilla, que en ocasiones semejaba las Cataratas del Iguazú y en otras la Laguna Azul, depende del uso diario de la dichosa pierna. Puestos a ver, de las dos, la derecha es una pierna clave si usted quiere residir en Estados Unidos. Como casi todos los autos son automáticos y no de cambios, la extremidad diestra es imprescindible para usar el acelerador y el freno. Y se sabe que en California un hombre sin auto es como zombi sin GPS.

meniscos

Pablito, la pierna chueca, y la familia de ambos, llegaron temprano para agilizar el papeleo previo, incluyendo preguntas un tanto desconcertante sobre si tenía seguro de vida o dejó hecho un testamento. “Vamos, que es una simple operación de menisco y no una angioplastia coronaria”, pensó el enfermo, pero acá todo se prevee y cuantifica. Después, ingresaron a Pablito en la sala preoperatoria donde una enfermera muy cariñosa, que nació el mismo dia y mismo año que el paciente, pero lamentablemente seis meses más tarde, le comienza a preparar para la cirujía. Primero le pone el brazo como alfiletero de costurera francesa, tratando de encontrarle la vena para el suero. Cuando al fin lo logra, la mujer da un gritito de placer, y Pablito otro de dolor.

Después, agarra una maquinilla de afeitar y le rasura en seco buena parte de la pierna. Como él es peludo cual oso siberiano, la mujer está más tiempo limpiando la maquinilla que raspando la rodilla. Cuando termina, agarra un marcador violeta y le dice que ponga sus iniciales sobre la rodilla que le van a operar. Pablito, que hasta ahora se ha comportado como un paciente inglés (y no como un inglés paciente porque eso no existe), le pregunta a la enfermera: “This is a joke (¿esto es una joda?)”, y ella, muy seria, le responde que a veces los médicos se equivocan. Si no fuera porque anda con esa bata que le deja el culo al aire, él se hubiera levantado de la camilla y regresado a casita, con su quiste y su rodilla tarada. Pero al final, agarra el boli y estampa con letra bien legible y grande un PS que casi se desborda por los costados de la rodilla.

Más tarde llega un chino vestido de verde de la cabeza a los pies, con un tapabocas, que se pone a preguntarle nimiedades: si alguién en la familia ha muerto de infartos, paros respiratorios o aneurisma cerebral. Mira la rodilla tatuada, también estampa sus iniciales, y suelta un ¡Hummm! que no le da buena espina a Pablito. Tras tomar algunas notas, sale disparado para una esquina de la sala, toma un termo y se da un buche. Mira al paciente, dice algo en mandarín y se mete dentro del salón de cirugia.

-¿Ese es el cirujano? -pregunta Pablito a la enfermera-. Me ha mirado como cerdo en matadero.

-Ah, no, es el anestesiólogo- responde la mujer, mientras trastea en el pomo de suero que cuelga de la cabecera de la cama.

Al rato, de la puerta verde que dice SURGERY sale el doctor que atiende a Pablito, y él respira aliviado. En ráfaga, le explica el procedimiento. Una artroscopía de meniscos, sin muchas complicaciones, salvo por el quiste, que tendrá que aspirar o cortar, en dependencia de las circunstancias. Es el método más comúnmente usado en los problemas de meniscos, y tiene como ventaja que la cicatriz es pequeña y el post-operatorio es menos doloroso. En la artroscopia se utiliza una cámara y un instrumental motorizado diminuto, de manera que puedan meterse por dos incisiones a cada lado del tendón rotuliano, no mayores de un centímetro. Cuando el cirujano termina su explicación, agarra el mismo marcador violeta y estampa también sus iniciales en la rodilla. A estas alturas, la pierna se parece a esas paredes de Los Angeles llenas de grafittis.

Después nuestro paciente cae en un sopor. La anestesia que entra gota a gota en su torrente sanguíneo está haciendo efecto. En medio de una bruma, siente que le llevan a la sala de la puerta verde y lo último que ve antes de irse al mundo gaseoso y blanco de la inmovilidad son los ojos rasgados del chino, que le miran fijos, sin parpadear.

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Desperté de golpe. Fue como si un despertador interno sonara en mi cabeza y cuando abrí los ojos, vi un techo blanco, y al chino a mi lado, con la vista clavada en mí. Creo que fue la fuerza de esa mirada lo que me hizo click y me trajo de vuelta al mundo de los seres vivos. El anestesiólogo controlaba mi presión.

-Are you okay? -me preguntó, con una voz de extraña cadencia, más bien un susurro. Apenas pude mover la cabeza afirmativamente. Miró otra vez el aparato conectado por los cables a mi pecho, y me dio una palmada en la mano. Todo en orden.

Al rato estaba en una silla de rueda, de ahí al van que mi hija manejó hasta casa, donde me esperaban un par de muletas de estreno, y Fenris, que al verme con esos hierros extraños no se acercó a mearme los zapatos, como siempre.

Ahora estoy en casa, de reposo obligado. ¡Con lo que me gusta a mí ayudar en las tareas del hogar! Como levantar los pies cuando mi esposa barre o rebañar el plato con un pedazo de pan para que no tenga que limpiarlo. Pero ni modo. Estoy fuera del circuito por un tiempo.

Pablo de Jesús
Los Angeles Feb/2016