Los ojos del paraiso

Estuve toda la semana preparando una frase de ‘approach’.

Estuve toda la semana preparando una frase de ‘approach’.

Pablo Socorro.- El primer amor nunca se olvida. Y menos si es un primer amor no correspondido. Un primer amor que me hizo infeliz y desgraciado a causa de mi lengua de joven inexperto en asuntos del amor. Fue esa mala lengua la que me traicionó en el primer lance y me arrojó deshecho en brazos de Manuela, de los que me rescató tiempo después una cuarentona cariñosa que me ayudó a conjurar las penas del corazón. A los 15 años se ama con las hormonas, y el amor entra por los ojos. En mi caso, el tal Cupido no me flechó. Me dio un garrotazo tan grave en la entrepierna que estuve a punto de quedar eunuco.

¿Cómo no enamorarse de una diosa en proceso de formación?. Alta, con una cascada de pelo rubio cayendo justo hasta el borde en que la espalda se convierte en gloria, talle de guitarra y aire de madonna caribeña, Susana era un espejismo en las noches de un pueblo rutinario. Pero lo que más destacaba en ella eran sus ojazos verdes: Par de esmeraldas en los que el mar y el bosque bailaban la danza del vientre sin ningún tipo de complejos. Yo estaba perdido en esos ojos. Y otros tantos como yo en el pueblo, pero bajar aquella diosa del Olimpo era como querer secar el mar con un jarrito de aluminio; soberbia y regia en su trono de reina de la noche, nunca varón de los contornos había recibido ni siquiera el honor de su hierática mirada verde. Hasta que un sábado me llené de valor y decidí abordarla, a riesgo de que me pasara lo que Acteón, el griego convertido en ciervo por ver a la Diosa Artemisa bañándose desnuda. “Aunque me convierta en cerdo”, pensaba, pero de esa noche no pasaba sin que le declarara mi amor a la Susana.

Ahora que lo escribo parece que fue en el tiempo de la corneta, pero yo sigo pensando que fue ayer, cuando los varones del pueblo dábamos vueltas al parque en el sentido de las manecillas del reloj, y las mujeres en el círculo interior de forma opuesta. Entre ronda y ronda, se forjaban los amores cultivados en miraditas de carnero degollado, caídas de ojos, y algún que otro piropo. Entonces, el arte del requiebro era la mejor herramienta para abrir las cajas fuertes de los corazones femeninos.

No quiero parecer viejo y obsoleto, pero lo más imaginativo que escuché en La Habana de mis últimos años en la isla fueron cosas como ésta: “¡Mima, estás como la langosta, cola na’más!”. Y digo imaginativo, porque hay toda una generación de cubanitos que no saben distinguir entre una langosta y un ladrillo.

Estuve toda la semana preparando una frase de ‘approach’. Algo que le moviera el piso a aquella esfigie de sordera pronunciada. “Tus ojos parecen manzanas del Eden”, pensé, pero mis amigos me hicieron cambiar de opinión porque las manzanas del paraíso era rojas y no verdes, según la pintura que colgaba en la sala de mi casa. “Tus ojos parecen aguacates del Edén”, sugerí entonces, pero la deseché enseguida, dudoso que en la viña del señor hubiera fruta tan prosaica y traicionera. Hasta que, justo la mañana del sábado, di con la perfecta: “En el mar de tus ojos verdes me quiero bañar por siempre”. Poética, melódica y romántica la frase. Si eso no derretía el pedestal de hielo de la Bella, pues entonces había que buscar un lanzallamas para licuar su corazón.

En la noche, estuve dándome valor sorbiendo en cada vuelta al parque de una botella de Paticruzao que un amigo le había esquilmado a su papá. Un ron peleón que no sólo te cruzaba los pies, sino los cables del cerebro y de la lengua. La Susana se presentó en el parque con un vestido azul a media pierna, entallado en la cintura y escote tan audaz para la época, que las cabezas masculinas semejaban ventiladores rusos a su paso. Seis rondas después del primer trago ya tenía todo el valor necesario para la aventura. Me le planté delante y le solté: “En el mal de tus sojos me quiero tirar pa siempre”, y me le quedé mirando con aire embelesado, sintiendo como el piso se movía, y dos o tres Susanas borrosas y crueles soltaban una carcajada, mientras me apartaban hacia un lado para seguir en su baile nupcial de abejas reinas.

Me quedé plantado en medio del paseo, como barco que escoraba ante un tifón, hasta que mis amigos rescataron mi naufragio y me llevaron a la glorieta donde una orquesta tocaba danzones y boleros. Me emborraché con lo que quedaba del Paticruzao, y juré que nunca más mujer alguna merecería mis amores. Fue entonces que matriculé en los boleros lacrimosos de José Feliciano, y “con los nervios destrozados y llorando sin remedio como un loco atormentado por la ingrata que se fue”, estuve dando tumbos par de meses, hasta el dia que aquella señora que antes mencioné, se condolió de mi infortunio y me bautizó en los jugos de su alcoba bondadosa.

Susana terminó casada con un tipo que no era del pueblo. Tuvo cinco hijos con ese locutor de la radio que engolaba la voz en un programa de canciones románticas de las ocho de la noche, y no sé si fue feliz.

Dos décadas después nos encontramos. Ella madura, un poco entrada en carnes pero igual de bien plantada, y yo más curtido en amores subrepticios. Con el mismo paso de quien se sabe reina, bajaba por la Rampa rumbo al Malecón, y yo subía camino a mi trabajo. Como aquella vez en el parque de mi pueblo, me le paré de frente para soltarle de nuevo la frase de mi primer flechazo, pero de nuevo Cupido erró la puntería -o quizá un diablito jodedor se me posó en el hombro- y repetí otra vez “En el mal de tus sojos me quiero tirar pa siempre”. Ella me miró, me apartó de su camino, y sólo dijo: “¡Loco e´mierda!”.

No sé si me reconoció. Sólo vi alejarse aquella espalda que tantos callos dejó en mi pobre alma, pero ya yo estaba a salvo de aquellos ojos verdes llenos de sargazos, rescatado por otros ojos de fuego, arena y miel, que me anclaron para siempre en la roca del amor correspondido.

Pablo de Jesús