Los cojos y los ciegos: amor, libertad y otros demonios

Oveja negra

Oveja negra

Jose Luis Rumbaut López.-Me gusta pensar que mi formación en un país donde había casi lo justo para vivir fue una bendición. Me crié en un ambiente sano, donde el vecino cuidaba de los niños del barrio con la autoridad que da la familia más cercana. En cuarto grado, en la escuela de deportes regional de mi natal Cienfuegos había un niño, de apellido Posada, que era el único que no llevaba uniforme. Mi maestra “macarenka” le daba especial atención.

Pensé que era por el rumor de que los padres de mi compañerito Posada eran diplomáticos. Pero no, aquel muchacho que ostentaba las mejores ropas (¡que yo no había visto ni en las películas!) era, según la maestra, el niño más vulnerable e infeliz de la clase. Y nos pidió a los demás que lo apoyáramos, porque, decía ella: “ese niño está fuera del grupo, fuera de la familia, fuera de sí. ¡No es feliz!”

Mi maestra macarenka (preocupación de mis padres porque se pensaba que eran menos capaces que las viejas maestras), había descubierto un niño con problemas de conducta cuando aún la conducta se podía atender. La mayoría de nosotros provenía de similar extracción social, teníamos la ropa justa para el uso, los dos pares de zapatos necesarios para ir a la escuela y salir el fin de semana, nuestros padres trabajaban por el mísero salario que apenas alcanzaba y en las tardes todos jugábamos en el mismo destartalado parque, vigilado por las viejas vecinas de toda la vida.

Esa debió ser, tal vez, la mejor imagen del paraíso que guardo, y lo único que extraño del ambiente en el cual mis hijas no se van a criar. La mayoría éramos iguales, de verdad.

Por eso hay una arraigada necesidad de escape en nuestros contemporáneos. Por eso hay un deseo que se convierte en enfermedad, cuando vemos que más allá de esa igualdad obligada, sensiblera e injusta, hay más tierra, hay países, curiosas formas de vida que se parecen más a la felicidad que aquella sensación que guardo de mi niñez. Que se puede hablar de carne de res en las comidas, sin bajar la voz para que el vecino (aquel que en mi idílica niñez nos cuidaba), no nos denuncie por compra ilícita de ganado mayor.

Te percatas sin saberlo, un día de esos, que el enemigo no es tan enemigo, y que la lucha de clases es más bien por la supervivencia, y siempre apunta arriba. Te das cuenta de que por mucho que entraste en el redil, por mucho que estudiaste, te esforzaste, fuiste a las reuniones largas y tediosas donde siempre se hablaba de lo mismo, no eres más que una estadística entre cojos y ciegos, un esfuerzo personal por sacarse lo que a golpe de mucha paciencia una generación completa te centró entre ceja y ceja para no dejarte percibir la verdadera sensación de palabras como amor y libertad, que no son esdrújulas, pero cuesta comprenderlas.

Cuatro décadas después de que mi maestra macarenka percibiera que no siempre que lo tienes todo materialmente eres feliz, es complicado explicarle a un amigo mexicano por qué personas que pasan mucho trabajo (como mi papá para alimentarnos a nosotros 40 años atrás), no se van de Cuba y dos ídolos del deporte caribeño “escapan” de no se sabe qué con una extraordinaria cobertura mediática como si fuera el descubrimiento del Santo Grial.

Es imposible escuchar a Leo, este nuevo amigo (¡gracias Facebook, has convertido el éter en una autopista de doble sentido!) que desde un olvidado y recóndito pueblo de la frontera entre Costa Rica y Nicaragua, me cuenta la odisea que vive su familia y otras 6.000 personas que se “enfermaron” con la idea de salir de Cuba y hacer una vida que se parezca más a lo que los demás cuentan que es la felicidad. Y digo se enferman, porque todos cuentan que esta aventura es lo más peligroso del mundo, pero como enfermos crónicos siguen la ruta hasta tocar con sus manos esa otra forma de ser feliz. Lo que Leo cuenta no está en los titulares de ningún rotativo del mundo.

Es complicado comprobar que luego de varias carreras universitarias, muchos posgrados, algunas maestrías, cientos de libros leídos y con toda la información de internet a nuestra disposición, seguimos siendo cojos, ciegos, enfermos de un amor que no comprendemos y distantes de esa palabra que todavía pasarán algunos años para que la gritemos como ella merece: libertad.

Son demonios que los cubanos, ya sean los que se montan en cómodas camionetas y tienen contratos millonarios esperando, o los que en la frontera de cualquier polvoriento pueblo centroamericano escapan de una cárcel que no existe más que en nuestras mentes, seguirán anidando poesía y consiguiendo que seamos incomprendidos hasta por nuestra propia sombra. Parecen demonios llenos de amor y en busca de libertad, pero por ciegos a veces y cojos otras, no llegamos a comprenderlos más que en las historias que como modernos Corín Tellados tejemos en nuestros blog.

Ciegos y cojos, con la vista puesta en nuestras necesidades no satisfechas. Amor y libertad, palabras que tienen muchas consecuencias y difícilmente una sola definición. Sobre todo, para quienes miramos al lado equivocado cuando de soluciones se trata. Amor y libertad, ningún demonio es suficiente para alejarnos de ellas.