¿Quién ganó y quién perdió?

¿Quién ganó y quién perdió?

¿Quién ganó y quién perdió?

José Luis Rumbaut.- Todo indica que la visita de Barack Obama en marzo es la confirmación del final de una larga guerra. En la verborrea que acompaña los grandes acontecimientos, las partes han querido que todo quede muy claro, sobre todo porque al final de cada guerra es muy importante dejar establecido quién ganó y quién perdió. Y entre Cuba y Estados Unidos, antes del juego, quien gana y quien pierde es tal vez lo único importante que podemos esperar.

Y esto ha sucedido en todos los ámbitos de la vida. En el deporte podías quedar 5to lugar pero nunca por debajo de un equipo con la bandera de las estrellas y las barras. Perder en la pelota con los americanos sumía a todo el país en un caos moral aun sabiendo que los yanquis inventaron ese juego. No nos ha gustado nunca perder, pero si lo hacíamos, era preferible que fuera con cualquiera menos con los Estados Unidos.

Lo mismo pasaba con la salud, con la educación, con los índices que el programa de Naciones Unidas dictaba como aplicables para valorar el desarrollo humano. La mortalidad infantil en La Habana llevaba siempre una coletilla: tanto por ciento mejor que en Washington. Por tanto, pretenciosos como somos y tal vez seremos, nuestro espejo no eran los pobres países del tercer mundo, debajo del Trópico de Capricornio, no eran nuestros “hermanos” latinoamericanos, ni los países emergentes en Asia o África. No. Nos comparamos con el primer mundo, sobre todo en estos datos frutos de la mayor inversión de nuestra historia.

Ahora, con la inminente visita de Barack Obama y los cambios que se ven en las relaciones entre estos dos archienemigos, es imposible olvidar esa guerra que se ha vivido donde lo único que no ha pasado es que se bombardeen desde ambas orillas del Estrecho de la Florida. Bombardeo de proyectiles de guerra, porque se han enviado millones de horas de televisión y radio con propaganda que, por lo visto, poco han mellado en el status quo. Por eso es imposible no preguntarse quién ganó al final esta desgastante guerra con más de 57 años.

Sin ganadores

Cada parte ha hecho ver que es el ganador. Los Estados Unidos han sido muy

claros (ya he dicho que más claro que el Gobierno cubano) en sus intenciones de cambiar la forma, pero no los objetivos. Y han avanzado tanto que ya habrá que hablar de un antes y un después del 17D. El cambio es tan grande que mientras se clama desde la isla por el levantamiento del bloqueo, se dan permisos especiales para que empresas de tractores empiecen a producir en la Zona Especial de Desarrollo del Mariel. Dicen los estrategas de la poderosa nación del norte que derribarán las circunstancias que sobreviven con inversión y modos de consumo. Con apoyos a privados y con manzanas a bajo precio.

Sin embargo recuerdo en este momento que llevamos varios años comprando alimentos en el mercado americano, pagando al cash (es cierto, pero a precios que son evidentemente más competitivos que los que nos fijan por otros rumbos), y no ha cambiado mucho la disponibilidad de alimentos en el país ni se ha resquebrajado la disciplina socialista ni variado las políticas que se diseñan en la Plaza de la Revolución. Tal vez si se venden pavos en Día de Acción de gracias y más uvas para el fin de año, de lo contrario no parece que esto signifique un cambio sustancial al pensamiento o la acción de los cubanos. Aunque sin dudas es mejor que las campañas antiyanqui y la elevada tensión política en el ambiente nacional.

Por su parte, el Gobierno cubano ha visto este acercamiento como un escalón de madurez y la continuidad de lo que se ha repetido en muchas ocasiones, desde la época en que Fidel Castro dirigía el país: “Hay voluntad de conversar, pero de igual a igual. Y conversaremos de todo pero primero hay que devolvernos la Base Naval de Guantánamo, compensar por las pérdidas ocasionadas por el bloqueo y este debe ser incondicionalmente levantado”. Y así se ha sido. Mientras tanto el resto de los temas pueden ser discutidos e incluso se pueden alcanzar acuerdos bilaterales en cosas tan estratégicas como las comunicaciones y el transporte.

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Lo que les interesa a los cubanos

Cuba lleva más de cinco décadas en relativa paz. Después de Bahía de Cochinos y el Escambray, salvo escaramuzas sin importancia militar, no ha habido enfrentamientos serios. Se perdió la base política y las alianzas militares con el socialismo europeo desde los 90, pero sobrevivieron e incluso aumentaron su influencia en Latinoamérica. Sentarse con el Gobierno cubano es reconocer su existencia y legitimar cualquier acción que este emprenda. Algo que muy pocos aún no han hecho, por cierto. Por tanto esta puede ser la mayor victoria del Gobierno, y lo que más interese a los cubanos de a pie.

Al Gobierno porque quita el pie de su cuello; a los cubanos comunes porque les permite soñar con un país próspero donde puedan pensar y actuar en política. Hoy lo hacen, pero no lo suficiente como para ser contrapeso de las decisiones y estrategias.

Me queda claro que hay sangre de ambos lados, y donde tenemos un muerto con nuestra sangre, es difícil pedir comprensión y pasar la página. Tal vez no sea eso lo que se espera, pero si se quiere avanzar y lograr las bases para que los cambios fecunden, los más sacrificados serán los que hoy claman algún tipo de justicia. Tal vez no sea renunciar a la justicia, pero al menos habrá que dar tiempo, y eso implica que algunos, en los dos bandos, no tendrán tiempo para rendir cuentas, al menos en esta vida.

Sin vencedores

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Cada quien carga sobre su espalda la responsabilidad con sus congéneres, sin olvidar que los tiempos cambian, la gente con esos tiempos también cambia y, por supuesto, las cosas en su eterno orden caótico o su caos ordenado, necesitan también cambiar. Nadie admitirá que ha perdido esta guerra, y seguro que más de uno dirá tal vez de manera velada o incluso muy directamente que ganó, pero la verdad es que en esta guerra no hay vencedores ni vencidos.

No los hay porque la distensión necesaria para una nueva etapa marcará los discursos y sobre todo las acciones, cada quien tratará de anotar el jonrón de la victoria mientras ejecutan los negocios, las fábricas poco a poco vuelven a humear y producir, y la gente se acostumbra a que además de canadienses, europeos y chinos, el panorama de las calles estará ahora adornado por gringos grandes, extrañados de que en un país de comilones las hamburguesas tengan tan poco grosor.

Esta guerra que se acaba, sin vencedores ni vencidos, tiene al menos la nostalgia de lo que pasó (y se escribirán miles de renglones) y la viva estampa de que el tiempo nuevo será al menos en otra dimensión. Tal vez se suba el tono, pero ya las trompadas están más distantes, por lo cual esta avalancha, como he dicho en estos días, es preferible que sea esperada con alfombras rojas, música guarachosa y muchos mojitos, que siempre sabrán mejor que el tableteo de las ametralladoras.