Caminando…

Caminando...

Caminando…

José Luis Rumbaut.- Hoy he salido a caminar mis calles, las de niño feliz con dos pares de zapatos, la del joven con camisas prestadas y las del adulto intranquilo y sintomático. Hoy he salido a revisar mis sueños, como hace tiempo no lo hago.

Camino por esas calles accidentadas, por las aceras que aun recuerdo caminar sin ellas, por los contenes que una vez, no hace tanto porque lo recuerdo, no corría el agua entubada sino como ríos arrastrando el fango y lo que encontrara en su largo y sinuoso camino. Solo recuerdo que no había basura, las calles escasamente asfaltadas, las aceras ausentes, los contenes inexistentes, el agua corriendo cuando el aguacero se aferraba… pero no había basura, el barrio era limpio y su gente lo cuidaba.

Bajo por Santa Elena y doblo por Holguín. Media vida diciendo a estas calles por sus nombres, pero escribiendo otros cuando me preguntan mi dirección:  vivo en 60 y 71, les escribo. En Santa Elena y Perseverancia, recuerdo.  Y es que tenemos el instinto de renombrar las cosas, de organizar de otra manera la vida que nos legaron otros que ya bautizaron de algún modo los lodos por donde caminaste algún día, sólo por el aquello de fundar y refundar, por el mero derecho que tenemos los que cambiamos el lodo por aceras de concreto y con ello fundieron las bases para un futuro más metropolitano.

Llego a Holguín y Santa Elena. Allí, viejita y desvencijada esta mi escuela primaria. Lleva el mismo nombre por el que la conocí: Camilo Cienfuegos. Ese rostro que parece Cuba y que seguramente es Cuba. Las historias, esas que vienen a mi mente cuando recorro mi infancia, cuando llego a los libros donde esas mismas historias se vuelven leyenda. Los rumores, esos que no pueden vivir sin acompañar las historias. ¿Cuál será el verdadero? ¿Qué te pasó Camilo Cienfuegos? A mi escuela le pasó el tiempo por encima, aunque cada año, entre todos, los techos se revisan, se cambian las tejas, se pintan las viejas fachadas y los nuevos y viejos maestros vigilan salir los niños junto a las madres que siempre tienen el tiempo de colaborar con los maestros.

Los padres que colaboran con los maestros. ¿O será al revés? La educación que nos acerca y nos aleja. Los vecinos llamándote la atención porque vociferaste alguna palabra que parece dura; por el cordón suelto del zapato y por el aquello de que eso mismo haría tu madre con su hijo. Regreso a Santa Elena y me veo caminando las 5 calles que me separan de mi templo estudiantil, mirando a ambos lados para cruzar la calle bajo la mirada siempre vigilante de Pepe el taxista, ese hermano que mi papá se buscó; de Digna, la diligente vecina que no se sabe cómo aparece en todos lados, con sus ojos vigilantes y su cariño de siempre.

O la madre de mi compañero de escuela, que desde su casa, justo frente a la puerta de la escuela, nos escudriña con su mirada de águila que alcanza para todos y no basta para que cada día nos repita como cruzar la calle que en aquella época cuidaban todos los que al volante, pasaban a las 12:30 pm cuando salíamos. Una mirada como aquella nunca más he visto: mezcla de amor y severidad formadora. Busco en mi memoria, y no encuentro un regaño que no llevara una enseñanza. Busco en mi memoria, y no recuerdo un bache en la calle como el que ahora obliga a desviar el curso muchos grados para cruzar esa calle que aun se llena de pañoletas de colores a las 12:30 pm,  justo a la salida de la escuela. Lazarito, mi compañero de siempre que estas redes me devolvieron, no me dejará mentir.

Caminando por el barrio me doy cuenta como el tiempo pasa… La casilla de Recio (que no era dueño de la casilla desde muchos años antes pero allí seguía fiel a sus clientes de toda la vida); los Maristas, que ya no eran dueños de aquel edificio robusto que no detalla el paso de los años y que hoy alberga a los deportistas que aspiran a un día pararse en lo alto del podio de la gloria. La vieja ceiba que recibía todas las súplicas y los deseos del barrio; la ceiba donde los muchachos buscábamos kilos prietos para cambiarlos por pirulíes.

Caminando por esas calles, que en sueños hoy recuerdo. Andando la historia que parece detenida en el tiempo, que requiere de un impulso, de una renovación, de un nuevo aliento para que las caras tristes de esos viejitos en las desvencijadas aceras, cambien por los rostros alegres e inquisidores que en mi juventud corregían el actuar con la paciencia del abuelo y la severidad del padre.

Son mis calles, mis aceras; son los lodos de las aguas que han corrido desde que en ese momento marque mi primer recuerdo. Pero no son las mismas, por lo que necesitan de la sangre nueva. De la sangre que los 7 millones de cubanos que nacimos después de estos recuerdos, puedan ofrecer por el bien de sus memorias. Estas calles necesitan de la contribución colectiva de sus hijos, de las que hacen de ellas una entidad viva y un lugar común para nuestras conversaciones futuras.

Hoy he salido a conversar con mis sueños, a renovar las historias que forman mi historia. A percatarme de que quiero que mis hijas algún día puedan contener sus sueños en la memoria de estas calles, de este barrio, de estos colores.

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