No hagamos suecos del Argudín caído

No hagamos suecos del Argudín caído

No hagamos suecos del Argudín caído

Pablo Socorro.- Barack Obama estuvo en La Habana y los cubanos se asombraron de que les dejaran escuchar sus cantos de sirena. Después se enteraron que el presidente de Estados Unidos no era tan listo como suponían. Que todo lo que dijo lo leyó en un telepromter, contrario al Comandante que se metía horas improvisando alrededor de la moringa o las ollas de presión, o al General, que no sabe usar un auricular, pero lee sus discursos en papel pautado a tres espacios, con letra itálica del tamaño de los huevos que ponía la gallina guantanamera, esa recordista mundial con patria pero sin ano.

El diversionismo ideológico que desembarcó en La Habana con Obama y los Rolling Stones amenaza los cimientos de una Revolución que hoy de verde sólo tiene el desteñido de los billetes de a dólar. Es necesario dar contracandela ideológica para evitar que la obamananía se convierta en obamanismo. Un ismo más peligroso que el zika o el dengue, porque de propagarse sin control podría hacer que el cubano de la isla comience a creer que de verdad es posible cambiar el socialismo digno y de estómago vacio por el consumismo despilfarrador de la mafia de Miami.

La ofensiva propagandística del régimen para atajar la creciente popularidad de Barack Obama en la isla incluye la órden a los amanuenses de oficio de comenzar a disparar cañonazos para matar esas ideas revoltosas. Se echa mano a los Argudines de conveniencia para poner parches en un muro de ladrillos carcomidos.

En una estrategia que evidencia gran dósis de perversidad, se le da la tarea a un periodista negro de arremeter a mandarriazos contra la imagen del primer presidente negro de Estados Unidos. El artículo de Elias Argudín en el periódico “Tribuna de La Habana” pudo haber quedado como un cañonazo más -de los muchos que se han disparado para contrarrestar el “Efecto Obama”- si no fuera por su desafortunado y jodedor título de “Negro, ¿tú eres sueco?”, calificado de racista hasta por algunos de los propios defensores del régimen.

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¿Qué pensarán de eso los negros de la nomenclatura? ¿Como lo habrán tomado los único cinco negros entre los 612 delegado de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba? ¿Cómo les quedó el ojo a Salvador Valdés Mesa y Esteban Lazo, los únicos negros en el Buró Político del PCC? ¿O el otro Esteban? El ideólogo Morales Domínguez, quien plantea la tésis de que la nueva política de Obama no es más que “una zanahoria de nuevo tipo”. Y eso que en Cuba no hay racismo, dicen ellos.

Voy a actuar de abogado del diablo. De un pobre diablo.

Conozco a Elías Argudín desde la década de 1980-90, cuando siendo un joven graduado universitario entró a trabajar en la Agencia de Información Nacional cubana, en la que laboré por casi 20 años como periodista multioficio, por aquello que lo mismo cubría un entierro que un concierto de la Sinfónica Nacional. Pese a que la AIN se consideraba la cenicienta de los medios cubanos, no dejaba de ser una escuela formidable en la formación técnica para un periodista de agencia de noticias. Y también una enseñanza de lo que es la antinoticia.

Recuerdo que una de las pequeñas batallas que ganamos en esos años iniciales fue sacar del encabezado o lead a todos los dirigentes de medio pelo y bajarlos al último párrafo, ese que editores y formatistas de los periódicos casi siempre eliminan con saña y alevosía. Con mucho esfuerzo, logramos imponer la norma de que sólo los dos mandamases de la finca -ustedes saben los nombres- figuraran en el primer párrafo de la nota, si se aparecían en el acto de masas o lo que fuera que estuvieran inaugurando o clausurando. Antes de eso, los copetes de la AIN eran ladrillos de 10 o más líneas al tener que nombrar a todos los dirigentes presentes en una “actividad”, palabreja que enmarcaba lo mismo una reunión de agricultura para hablar del plátano microjet, o del último estreno de Alicia Alonso en el Teatro Nacional.

La “Revolución del Lead” fue una pequeña venganza ante aquellos que nos ninguneaban y nos consideraban sus amanuenses de pago -que sí lo éramos-, dirigentes de muchos lapiceros y tabacos en los bolsillos de sus impolutas guayaberas, y que se mataban por salir en los titulares de las noticias.

Confieso que fui quien bautizó el nuevo formato noticioso como “Lead Antisapingolo”. El sapingolo es un aporte a la jerga revolucionaria: un tipo mitad comemierda, mitad dirigente, absolutamente inútil y prescindible hasta en el copete de una noticia.

Argudín era de los que seguía insistiendo en poner a Vicente y otros 20 en el primer párrafo de sus notas, las cuales oscilaban

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entre “merfollas” (las que sólo leían los dirigentes involucrados en la actividad), y “tabacos” (aquellas tan densas que si le dabas candela quemaban parejo como un Cohiba). No tenía remedio el Argudín, pero su falta de oficio lo compensaba con los desvelos por facilitarte las cosas cuando ibas de misión a Sancti Spíritus, donde él era corresponsal de la AIN. Buena gente el joven Argudín. Algo ingenuo, y un pelín de talibán remolón a la hora de inmolarse.

Pero la gente cambia, y ahora Elías se ha hecho explotar con un artículo que casi ha superado en trascendencia a la reflexión que escribió el Hermano de la Moringa sobre la visita de Obama. El trabajo de Argudín te hace sonreir por ingenuo; el del Comandante te desternilla de la risa por despistado. La nota del periodista fue sacada del aire a las 24 horas. La del Desmejorado en Jefe permanece ahí, clavada en Granma y cuanto medio noticioso existe en Cuba. Lo cual demuestra que cuesta más borrar la mierda del Comandante que un grafiti de un periodísta.

Argudín se hizo el sueco y terminó pagando los platos rotos. Algo común en Cuba.

Según los sabelotodos, tal expresión no proviene por los naturales de Suecia, sino de la palabra latina soccus, especie de pantufla empleada por las mujeres y los comediantes. De soccus viene zueco (zapato de madera de una pieza), zocato (zurdo) y zoquete (tarugo de madera corto y grueso), palabra ésta que se aplica también al hombre torpe y obtuso.

No hagamos suecos del Argudín caído. En definitiva, a él lo mandaron a la guerra con un fusil chueco, mientras los verdaderos titiriteros manejan los hilos para ver cuánto le sacan al Negrón de la Casa Blanca, que con su sonrisita boba se está haciendo el sueco ante el reguero de mierda que ha dejado en su visita a Cuba.

Pablo de Jesús
Abril 3/2016