Ahí viene El Caballero de París…

Aunque en España nació, de París el nombre tomó…

El Caballero de París.

El Caballero de París, pintura del artista cubano Gilberto Marino (Tomado del blog cubanartsconnection).

Omi María Soria.- Las ciudades se recuerdan, muchas veces, por los personajes populares que la habitaron, y eso me pasa con mi Habana, y uno de los más conocidos de mi infancia,”El Caballero de París”, que ha quedado por siempre en la memoria de los que lo vimos deambular. Este mítico hombre que media menos de seis pies, y que unas veces decía que era un corsario o un rey, incluso hasta un emperador, presumió de su gran respeto por la gente, a quien gustaba abordar para regalarles una flor, unos quilitos prietos o estampitas de santo. Muchas veces detuvo el paso de los transeúntes para recitar sus hermosos poemas y contar una de sus andanzas quijotescas.

Conocido por todos los cubanos se paseaba por las calles y viajaba en los autobuses de toda La Habana, saludando a la gente y hablando sobre su filosofía de la vida,… llamaba la atención por su hidalguez, su amabilidad, y sobre todo por su educación y cultura. Contaba con inigualable precisión las fechas de acontecimientos ocurridos en épocas pasadas y hablaba de la nobleza como si alguna vez hubiera formado parte de ella, jamás ofendió ni agredió a nadie, no decía malas palabras y mucho menos pidió limosnas, porque su nobleza de espíritu no se lo permitió.

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Cuentan que hasta el entonces Presidente de Cuba, Fidel Castro Ruz, autorizó que comiera cada día gratis en cualquier restaurante de la zona del Vedado, donde más se dejaba ver, y, puede que sea cierto. Recuerdo que de niña frecuentaba la pizzería de 23 y12 y siempre lo veía sentado en una esquina, con su manojo de libros y papeles de periódicos entre las manos, como si nunca quisiese desprenderse de la cultura que por años adquirió. Con su melena larga, desaliñada, rozándole el piso, sus ojos pequeños, sus ropas oscuras, la vistosa y larga capa, un acento extranjero al hablar y un porte inusual, parecía un verdadero Caballero, como los de las historias de libros antiguos y filmes.

José María Lledín, su verdadero nombre, nació en la aldea de Vilaseca, Fonsagrada, provincia de Lugo, en Galicia, España, el 30 de diciembre de 1899. Sus padres tenían una pequeña villa con viñedos donde producían vinos y aguardiente. Fue el cuarto de once hermanos, y el único que aprendió a leer y a escribir, comenzó su educación primaria a los 7 años de edad en Nogueira y llegó a completar la mitad de su educación primaria. Amaba la lectura y la buena música.

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Lledín llegó a La Habana el 10 de diciembre de 1913, con 12 años a bordo del vapor alemán “Chemnitz”. Allí se reunió con su tío y una de sus hermanas. Por un breve período de tiempo José trabajó en la bodega de otro gallego, hasta que abandonó la casa de sus parientes para seguir su propio camino. Trabajó como encargado en una tienda de flores, como sastre, en una tienda de libros, en una oficina de abogados y en hoteles famosos de la época. Según dicen llegó a hablar algo de inglés.

Muchas historias se tejen alrededor de la causa que provocó su locura, aunque casi todas coinciden que perdió el juicio luego de sufrir una injusta prisión en el Castillo del Príncipe en La Habana alrededor de los años veinte por un delito que nunca cometió, sin que hasta el momento exista ninguna documentación que prueben su arresto y juicio. Otra de las versiones es que El Caballero correspondía por correo con una novia en París. Eventualmente, esta novia decidió reunirse con él en La Habana. Pero llegó el día esperado, y el barco que traía a su novia se hundió trágicamente y este hecho le causó la pérdida de sus facultades mentales.

Según cuenta el libro, que escribió el Dr. Calzadilla, el último psiquiatra que lo atendió en el Hospital de Enfermedades Mentales de la Habana (Mazorra), cuando el Caballero comenzó a deambular, se mantenía bien vestido y pulcro. Una dama, secretaria de una compañía azucarera y educada en Francia, se lo llevó a vivir a su apartamento, lo bañó, perfumó y vistió con camisa de seda. Se paseó con él por los cines y teatros hasta que una foto de ambos salió publicada en la prensa y su jefe le exigió que terminaran las relaciones, si ella quería retener su empleo, al parecer esta puede ser la señora con la que el caballero confesó tener dos hijos y que habían emigrado a los Estados Unidos.

Nunca se ha conocido a ciencia cierta el origen de su apodo. Una vez contó que lo había extraído de una novela francesa. Otra vez que la gente empezó llamándolo “El Caballero” en la “Acera del Louvre”, una calle del Paseo del Prado donde están ubicados varios hoteles, y él había trabajado. En su mente equivalía a la Acera del Louvre de París. Su familia dice que saco el nombrete de una novia que vivía en París y que pereció cuando viajaba a reunirse con él en La Habana.

Escultura del artista cubano José Villa.

Escultura del artista cubano José Villa, en la Plaza de San Francisco de Asís, La Habana.

Las leyendas en torno a El Caballero, que con frecuencia aparecían en la prensa cubana del siglo veinte, inspiraron a artistas, escritores, directores de cine y escultores. Hasta un danzón en su honor fue compuesto por el maestro cubano Antonio María Romeu y que fue interpretado por Barbarito Diez. Actualmente una estatua de bronce de tamaño natural creada por el escultor cubano José Villa Soberón e por iniciativa del Dr. Eusebio Leal se encuentra en la acera de enfrente al convento donde descansan sus restos.

En 1977 El Caballero fue internado en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, en las afueras de la ciudad, como acto humanitario. Su estado físico deplorable y deteriorado, hizo que las autoridades de salud lo recluyeran. Allí lo bañaron, y su pelo fue arreglado en forma de una larga trenza, tuvieron la delicadeza de suministrarle un traje negro, como el que solía vestir, y le curaron su anemia. El diagnóstico de su psiquiatra fue Parafrenia, una forma de esquizofrenia, a pesar de que el no sufría alucinaciones. Su rehabilitación fue reportada por la televisión cubana como un gran acontecimiento, y se le veía feliz mostrando su nueva capa, rodeado de enfermeras y paseando por los jardines.

Cuenta su doctor que, el día de su muerte, Lledín inició un curioso diálogo como despidiéndose de él para siempre:

“Lo encuentro tranquilo, sereno, como alguien que al fin ha logrado la paz consigo mismo.

-Buenas tardes, Caballero.

-Buenas tardes, Calzadilla. Te esperaba y por favor no me llames más Caballero- contesta al saludo, en voz muy baja, casi inaudible (…)

-¿Por qué no quiere que le llame Caballero? -preguntó curioso el médico.

-Ya no soy Caballero de París. Estos no son tiempos de aristócratas ni de caballeros andantes.

-¿Ya yo no soy tampoco su fiel mosquetero? -preguntó

.No, Calzadilla, desde hace años sólo eres mi fiel psiquiatra”

Falleció en julio de 1985, a la edad de 86 años, fue enterrado en el cementerio de Santiago de las Vegas. Su médico le dedicó unas palabras: “A la memoria del loco más cuerdo que haya conocido jamás (…) de su psiquiatra y fiel mosquetero”. El historiador de la Ciudad de la Habana, Dr. Eusebio Leal asumió la exhumación de sus restos y los depositaron en el convento de San Francisco de Asís, actualmente una sala de conciertos de música clásica.

Mágica leyenda de inexplicable cordura quedó por siempre en mis recuerdos…¡¡¡¡¡¡¡Mira quien viene por ahí, el Caballero de París….!!!!!!!!!

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