Vivir en Los Ángeles

Vivir en Los Ángeles

Vivir en Los Ángeles

Pablo Socorro.- ¿Tú vives en Los Ángeles? ¿Cuántas estrellas has conocido en persona? ¡Que bueno sería vivir entre famosos! Así me repiten muchos amigos o desconocidos, cuando les digo donde vivo. La gente piensa que por vivir en LA, uno está todos los días estrechando la mano de Robert De Niro, Julia Roberts o Kim Kardashian. O que éstos andan como cualquier hijo de vecino, zancajeando el Paseo de la Fama de Hollywood, para tomarse fotos con el primer Pepe que se aparezca con un iPhono a la mano.

¡Si supieran que a la mayoría de los angelinos nos importa un pito convivir con las estrellas! Algunas son detestables, otras demasiado empalagosas y te salen hasta en la sopa, y unas pocas -excepciones de la regla- suelen vivir alejadas de las candilejas.

Hartos de soportar las zoqueterías de los mimados de Hollywood, algunos angelinos se han sumado al movimiento “Deja de hacer famosas a las personas estúpidas”, promovido por un artista llamado Plástic Jesus. El tal Plástic ha puesto en varias de las más transitadas calles de Hollywood un cartel similar a los de las señales de tránsito con la frase: “Prohibido el estacionamiento a Kardashian”.

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“Esta pieza también propone criticarnos a nosotros los consumidores. Sin nosotros, no habría mercado para las Kardashians; somos iguales de culpables”, dijo Plástic Jesus a un canal de televisión local, de paso, inflándose con su minuto de fama.

En esta urbe de poco más de 18 millones de habitantes es probable que nunca en tu vida te cruces con un famoso del espectáculo. De hecho, en los casi 20 años que llevo residiendo en LA, sólo he visto en persona a no más de cuatro o cinco estrellas del celuloide.

Atascado en el freeway 101, vi una vez a Jay Leno en un Porsche descapotable, maldiciendo, como yo, por un tráfico que iba a vuelta de rueda. En otra ocasión, paré en un semáforo en Hollywood y Cahuenga, y cuando volteo a mi derecha, un Tom Berenguer, más arrugado que pañuelo de velorio, esperaba el cambio de luz al timón de un modesto Honda Civic.

En el elevador del edificio de la CNN he coincidido con:

Antonio Banderas

-Hola Antonio. ¿Cómo está usted?

Respuesta: Bien, gracias.

Justin Timberlake

-Hellow Justin. How are you?

R: Mirada indiferente.

Alejandro Fernández

-¡Qué onda guey!

R: ¿Y usted de dónde me conoce?

Puff Daddy

-What’s up, bro?

R: You’re mother… king. I don’t know who are you.

Llevo casi 20 años trabajando en ese lugar, caminando por las calles de Hollywood casi a diario. Almorzado y cenando en restaurantes de la zona, y ese es el saldo particular que tengo de “vivir entre famosos”.

Mis únicos dos encuentros, cercanos de tercer mundo, con uno de estos ovnis de la gran pantalla, terminaron en desastres.

El primero fue hace 10 años, cuando andaba comprando una casa en el Valle de San Fernando y la agente de real estate (bienes raíces) nos llevó a una propiedad en Granada Hills. El dueño resultó ser el actor mexicoamericano Danny Trejo. Ese tipo mal encarado que ha hecho de villano en montones de películas.

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Nunca más errado el dicho de que “la cara es el espejo del alma”. No traté a persona más amable y bondadosa que el señor Trejo. Tan circunspecto, que aunque estuve todo el tour llamándole indistintamente Edward y Cheech, Míster Trejo ni se inmutó. Con la misma calma que Machete troceaba a los malos, en el film homónimo de Robert Rodríguez, Danny Trejo pasó por alto que yo le confundiera con sus dos famosos compatriotas Edward James Olmos y Cheech Marín.

La otra ocasión fue en Las Vegas, al coincidir con Sylvester Stallone, en un servicio sanitario del Hotel Planet Hollywood. Ambos nos encontrábamos en ese sitio por la misma causa: una pelea de boxeo, de la cual él era co-promotor, y yo debía reportar.

Entro al baño para cambiarle el agua al pajarito; al único que encuentro, miccionando en un váter, es nada menos que al mismísimo Rambo. Y yo, que venía eufórico porque me había ganado 40 dólares en una máquina tragamonedas, le he saludado con un estentóreo ¡Rambooooo!, que estremeció las paredes del urinario.

Stallone se asustó tanto, que el chorrito de orine chocó contra la pared, y le salpicó sus caros zapatos de Hermenegildo Zenda y los bajos de su pantalón Armani. Me miró con la misma cara que puso Rocky Balboa antes de noquear a Apollo Creed, sólo que, al verme la credencial de prensa, se lo pensó mejor y sonrió.

-“What’s up, bro?”, -me dijo, y el muy jodedor estiró la mano para saludarme. La misma que causó el desvío del chorrito.

Guardaré como un secreto profesional lo que hice a continuación. Pero les pregunto: ¿qué harían ustedes en una situación como esa?

Vivir en Los Ángeles no es tan lindo como parece.