PRIMERA EXCURSIÓN AL NATURAL (Conversación con Tomás Sánchez)

El artista cubano, y maestro del paisaje, Tomas Sánchez Requeiro, .

El artista cubano, y maestro del paisaje, Tomas Sánchez Requeiro, .

Una entrevista reveladora sobre lo cotidiano del gran artista cubano Tomás Sánchez, el quehacer transitorio de su arte, su pensamiento, estética y método de creación re-creado por una de sus mejores amigas y experta Clara Astiasarán.

Clara Astiasarán.-  Diez meses de lluvia al año definen el carácter. La relación con ese paisaje exterior, inciertamente amable, también obliga a la mesa del café.[1] La bebida deviene punto común, ante el cambio de luz que hay entre La Habana y San José. “La luz de Cuba es lo que más extraño”, me dice Tomás. Afuera son las once de la mañana y el cielo está gris. Estamos entrando en el verano de este hemisferio, pero en Costa Rica no se tiene eso muy claro. Café en mano, como muchísimas otras veces, damos paso a una conversación que se ha extendido por años sin la presión de un aparato de grabación. Intentamos cambiar eso.paisaje-de-tomas-sanchez
Tomás Sánchez es un hombre de 67 años. Tiene como vida una de esas historias que cualquier otro hubiera transformado en un testimonio de éxito, un extraordinario talento para convertir el arte de pensar en arte, a secas y una gran generosidad como conversador. Conoce los nombres científicos de las plantas de su jardín, porque sabe –casi como ejercicio de fe– que la naturaleza merece esa memoria. Pero esta última lo traiciona porque tiende a recordar todo, tiende a recordar demasiado.
Para algunos es un animal mitológico, para otros un amigo. Pero no falta para quien sea un enemigo. En fin, como dice la voz popular, con esa frase atribuida al historiador inglés Thomas Fuller, “si no tienes enemigos, es señal de que la fortuna te ha olvidado”. Con los tres (el animal mitológico, el amigo y el enemigo) me senté a tomarme un café. Esta es una excursión al natural a través del vidrio que nos separa de la lluvia, pero nunca de la luz que dejamos atrás hace tanto.
C. A. La muestra del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) se llama Paisaje, lo cual es todo un statement. Es decir, dejas en manos del género, de lo que entiendes y has hecho con él durante cuarenta años de carrera, el punto de partida para que el público se relacione con tu trabajo. No estás significándolo, estás dejándolo ‘ser’. Podría incluso mirarse irónicamente, porque te resistes a que se te conozca exclusivamente como un paisajista. Por eso quiero situarme cronológicamente un momento antes y que hablemos de la transición de tu obra en la década de los setenta, entre el expresionismo y el paisaje. De hecho creo que voy a usar el título de una de las pocas piezas que sobrevive de esa época para nombrar esta conversación, me refiero a “Excursión al natural”, de 1973.
T. S. Antes de entrar a la Escuela Nacional de Arte (ENA) lo que más me interesaba era el paisaje. Entro a la ENA porque me fascinaba lo que había visto de Antonia (Eiriz) y porque tuve problemas con la directora de San Alejandro, que me suspendió en Historia del Arte, una forma sutil de hacer que me fuera. Una vez en la ENA tengo cierto rechazo por la academia, excepto por el rigor del dibujo, que allí era mayor. Pero además, en la ENA descubro el diseño con Félix Beltrán, descubro que las leyes del diseño son las mismas de la estructura en el arte. Había una clase con Sergio Benvenuto, un profesor uruguayo que era un genio de la interpretación de la obra de arte, y me hice fanático de sus análisis estructurales. Empiezo a descubrir que el arte era algo más que la reproducción y el concepto académico que me habían enseñado en San Alejandro. En la ENA había muchas influencias de las teorías de la Gestalt y la Bauhaus y, bueno, todas las clases tenían relación entre sí. Era muy coherente el proceso educativo.
Esa es la época de la obra expresionista, que parte de apropiaciones no conscientes de Ensor,[2] a quien conozco través de Servando (Cabrera). Luego se incorporan cosas de este y de Antonia. En ese tiempo voy buscando esa dirección y aíslo el paisaje. Los llevo como proceso separados: hacía expresionismo de lunes a viernes y los fines de semana pintaba paisajes. El fin de semana me iba a Cojímar, al Parque Lenin o al Jardín Botánico a pintar acuarelas directo del natural. En algún momento empezaron a convivir en la pintura. Las figuras expresionistas empezaron a moverse en un ambiente más cercano al paisaje naturalista o más cercano al realismo.
En el 73 hago “Excursión al natural” con una técnica muy académica, pero a la vez con mucha soltura. En un inicio se llamó “Primera excursión al natural”. Es el momento en que salgo de la ENA y que se quema obra mía o se le entrega a los alumnos para que pinten encima. Este cuadro sobrevivió gracias a Rafael Cáceres, quien era mi alumno. Lo salvó, lo tuvo en su casa muchos años y luego me lo dio.
C. A. ¿Hablas del momento en que te expulsan de la ENA por tus prácticas de yoga y meditación? ¿Cómo sucede la quema de esas obras?
T. S. Si. Hubo una reunión en la que estaban incluidos psicólogos y un oficial del Ministerio del Interior (MININT). En ella comenzaron a analizar las desviaciones ideológicas en mi pintura. Yo me entero por alguien que estuvo presente en la reunión.
Tomás en pleno trabajo.

Tomás en pleno trabajo.

C.A. ¿Cuáles eran esas desviaciones? ¿Cuál era el carácter de esa crítica?

T. S. Se me acusó de misantropía por la escala de la figura con respecto al paisaje y que esa figura no era precisamente humana, que era una representación grotesca del pueblo cubano. También que mi obra era evasiva con respecto a los problemas de la humanidad. Eran críticas con una mezcla de interpretación sociológica y de surrealismo literario. Pero creo que detrás de todo estaba que yo no fuera parte de la fundación del Instituto Superior de Arte. Era una cuestión de malas intenciones de carácter personal.
Queman parte de mi obra que estaba en la ENA. Se salvaron las cosas que tenía conmigo o lo que rescataron algunos alumnos como Enrique Pérez Triana y Rafael Cáceres. De esa época sobrevivieron algunas pocas obras como “La levitación de San Marcos” (1973) y “El Circo” (1974), las cuales irónicamente ahora forman parte de la colección del museo. Lo triste es que sí desapareció casi toda la obra de transición. Ahora se interpreta que hubo un salto en mi producción y no fue así. Hubo un cambio gradual. Hay tal vez unos pocos grabados que dan cuenta de ese proceso.
Ahora bien, cuando yo decido que voy a hacer paisaje, Gory[3] me enseña un libro del paisajista norteamericano Andrew Wyet que le había cambiado a Humberto Peña por uno de Leonardo da Vinci. Lo vi unos minutos y hasta dolor de cabeza me dio. Yo adoraba el cine y al fin encuentro un autor que tenía mucha influencia de la imagen cinematográfica sin ser fotorrealista. Hay una escena en Los pájaros (1963), de Alfred Hitchcock, donde desde el aire se ven cuervos en varios niveles descendiendo sobre una gasolinera que se incendia, y que es casi idéntica a otra de Wyeth pero sobre una casa. Otra cosa que me impresionó fue su tratamiento de las piedras y la arena. Yo estaba pintando “El Circo” (1974) en ese momento y, gracias a ese libro, resolví la textura de la pista. Es también el contexto en el que hago mi primer paisaje, “Camino” (1974), que está en mi colección y que muestra una influencia algo naif de Wyeth. Mi obra fue evolucionando poco a poco. No pintaba cascadas ni nada grandilocuente sino, como dijo Gerardo Mosquera, “un paisaje de todos los días”, una idea que compartía mi amigo el artista Manuel Vidal.
Pablo Borges me regala una fotografía de una lagunita que había hecho en Pinar del Río y, basándome en esa foto, hice una laguna que tenía una quietud tensa, “La laguna un momento antes” (1976), en la que parece que va a saltar una trucha, un manjuarí, un cocodrilo o que va a explotar algo. Luego, por encargo de Servando, hago una laguna pero con una sola orilla, y así aparece el tema de las orillas en mi trabajo. Decido dejar el resto del cuadro blanco y a Gory le encanta. Es el comienzo de obras más sintéticas, como el dibujo “Desde las aguas blancas” (1980) que gana el Premio Miró. Seguí investigando en diferentes vías, pinto las inundaciones de la I Bienal de La Habana (1984) que tienen mucho blanco también. Para la II Bienal continúo sobre la misma línea y hago “Relación” (1986), una obra que me gusta más como concepto que como cuadro, y que ganó mención. Todavía viro la cara cuando paso frente a ella en el museo.
C. A. Ese es un cuadro mítico. Tal vez uno de los más publicados y conocidos por los cubanos dentro de la historia del arte de la isla. Lo curioso es que se hable de tu obra “realista” a partir de este y de una serie de paisaje improbables en la naturaleza. Tú has insistido en que no eres un pintor realista y tu obra se aleja de ese paisaje cubano que parte de la representación del natural, ya sea una representación idealizada o no. Más allá del paisaje como lectura intelectual o emocional a la cual cada artista incorpora sus saberes, ¿qué piensas del género?
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T. S. Lo primero es que al aproximarse al paisaje tiene que haber libertad absoluta. Respeto a quienes copian del natural, o a los paisajistas naif (de hecho, mi madre era una paisajista naif) que se aproximan de esa manera espontánea al paisaje. Defiendo en primer lugar esa libertad. Cuando hablo del género pienso en Monet, en Van Gogh, en Turner, y me doy cuenta de que hay muchas formas en eso que llamamos paisaje. Es muy rico en formas de expresión, pero no es lo mismo un paisaje que sea una postal que construir una mística alrededor del mismo, como la desarrollaron los pintores de la Escuela del Río Hudson. Ellos pintaban como un acto de adoración a Dios en su creación. Toda su fe y su religiosidad era la base de ese paisajismo. Es su gran distinción.

Pasa lo mismo cuando ves a Caspar David Friedrich y su carga de misticismo. No es un simple paisajista. En Alemania visité muchos de los lugares en los que él había pintado, y casi todos se conservan como tal. La selva negra, por ejemplo, en la frontera de Alemania con la República Checa. También, cuando vi la obra de Frederic Edwin Church, pensé que eran paisajes inventados; y sucede que existen, pero él los convierte en otra cosa. Les pone todo su misterio, su asombro.
C. A. ¿Quieres decir desde una lectura personal, pero con garra? ¿Una forma de vindicarse a sí mismo en el paisaje?
T. S. Te hablo sobre todo de estos paisajistas. Te hablo de Van Gohg con sus angustias. De Turner que tiene una fascinación con la luz y la niebla que formalmente llega casi hasta la abstracción. Hay muchos paisajistas, pero muy pocos logran atmósferas. Hay quienes copian texturas, saben componer, pero yo reconozco a un artista en la medida que es capaz de expresarse a sí mismo a través del paisaje, que puede verlo desde una visión más interiorizada.
C. A. Claro, el paisaje ya está ahí
T. S. Así es. Hasta una fotografía es ya una representación, porque ha pasado procesos tecnológicos o químicos. Hay artistas que siempre quieren hacer réplicas no de lo que es sino de su percepción. Es irreal. Son una cantidad de traducciones en ese proceso que lo hace irreal, aunque apelen a “la realidad”.

Mi percepción, por ejemplo, viene de la meditación. No es que se vuelva más real, es que es más

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real con respecto a lo que tú eres. Tiene que ver más con una verdad interior y esa verdad es que lo que estás viendo desde fuera no es lo que es, es energía. Cuando concibes que lo que estás viendo es energía, te da más libertad con tu mente para crear algo completamente nuevo.

Pienso que, más que pintar la naturaleza, pinto mi relación con la naturaleza. Pinto la naturaleza ya sintetizada, digerida. Esto lo digo entendiendo que veo todo en una unidad; me siento en unidad con todo. A veces pinto cosas más sintéticas, pero a veces pinto metáforas que tienen un significado. Son metáforas que se usan en la meditación. El blanco puede ser una metáfora de la no-existencia del universo, en contraste con las partes trabajadas que serían la existencia del mismo. Si pintara un cuadro en blanco sería la mente en estado de éxtasis, donde no hay ningún pensamiento, sólo conciencia y dicha en expansión.
Es curioso porque en el shivaísmo de Cachemira[4] se habla de dos niveles: la mente en contracción te produce la percepción de la diversidad, te hace percibir las diferencias, que todo es variado. Ves el mundo en el estado del ego, dividido en partes; entonces prefieres una parte a otra, empiezas a establecer diferencias. En la medida que la mente se expande en meditación, la meta es que la mente se convierta en el ser, se convierta en Dios. La mente es energía; no hablo del cerebro. La percepción del mundo con todos sus detalles no la tengo durante la meditación sino cuando salgo de esta; y cuando tropiezo con el mundo, siento que me asombro, me maravillo, recibo todo de una vez, toda la percepción de una vez.
Paisaje de Tomás Sánchez.

Paisaje de Tomás Sánchez.

C. A. Entonces no es un paisaje que se produce en la meditación, sino que es una forma de percibir consecuencia del hábito de la meditación. Eso estimula una forma de percepción y quizás inhabilita otras. Sin embargo, la relación de muchos con tu trabajo se basa en el detalle, en el preciosismo y en el carácter de espiritualidad que algunos le dan al mismo.

T. S. Cuando yo concibo ese paisaje me doy cuenta de que lo que veo no lo puedo representar, como si fueran capas unas sobre otras, como una red tridimensional de color, de luz, de energía. Entonces no estoy viendo la montaña: un objeto sólido hecho de rocas, de bosque; estoy viendo cosas que no se perciben de forma cotidiana y que al mismo tiempo son irrepresentables.
Cuando lo llevo a la pintura me es imposible representarlo, como me es imposible describirlo con palabras. Te lo puedo decir, pero ni así podría trasmitirte la impresión. Tendrías que experimentarlo tú misma. Eso pasa con los estados de meditación; las experiencias no se pueden contar. La experiencia máxima, el éxtasis, lo que Budha llamaba ‘el vacío’, en yoga se considera de otra forma: el vacío es parte del ser, pero Budha lo llamaba así simplemente porque no podía expresarse, no se puede expresar desde el nirvana. Se pueden ofrecer imágenes, parábolas, contemplaciones que te ayuden a entender que tienes algo que alcanzar y que sólo se lograba por el silencio de la meditación.
Otra cosa es la forma en que se percibe mi trabajo. Siempre he creído que menos es más. La estructura es parte vital de mi obra. Lo otro es el vestuario de mi pintura. Mucha gente cree que lo que les pasa, cuando ven mi trabajo, está relacionado con la forma en que está pintado, ese preciosismo, esos detalles. Sin embargo es la estructura del mismo, la forma en que se constituye en un viaje para el ojo.
Basureros de Tomás Sánchez.

Basureros de Tomás Sánchez.

C. A. Me gustaría hablar de esa racionalización. Eso no aleja tu trabajo de un proceso místico, meditativo, espiritual…
T. S. El ser humano cree que está vivo porque piensa: “pienso luego existo”. Los que hemos practicado meditación sabemos que entre menos pensamientos hay en la mente, más intensamente uno existe. Uno es el ser. La mente existe para conectarlo a uno con el mundo, para que uno pueda funcionar en él. Uno recibe impresiones, las procesa, se convierten en conocimiento empírico. El cerebro como órgano funciona como una aparato que conecta dos cosas: el mundo sutil y el mundo espiritual que está más allá del mundo sutil con el mundo físico. Hay una serie de estados entre esos puntos.
Cuando en yoga se habla de la mente no se habla del cerebro, sino del pensamiento en sí que es la energía que se mueve entre las neuronas o entre las diferentes partes del cerebro. El pensamiento es energía. Uno descubre que la conciencia puede estar fuera del cerebro, que el cerebro puede estar totalmente tranquilo y que uno está consciente. Cuando uno se sienta a meditar, lo que hay en la mente es una vorágine de ideas, pero cuando ya uno va haciendo un hábito de la meditación, uno contempla la respiración y empieza a contemplar la actividad de la mente. Y cuando la mente se siente contemplada empieza a surgir lo que se conoce como “la conciencia del testigo”.
Uno comienza a ser “testigo” de esos espacios en que la mente no está pensando y que cada vez son mayores. En estos más de cuarenta años practicando meditación, fui descubriendo que esos estados de vacíos mentales estaban muy llenos de energía, muy llenos de poder interior. Yo no suelo tener visiones. Han sido muy pocas veces en que yo he visto en la actividad de mi mente algo así. Sin embargo, esas experiencias me han ido dando la capacidad de visualización. Por ejemplo, si yo quiero ahora imaginarme una situación o un paisaje, o imaginarme cómo va a quedar una cosa que quiero hacer, cierro los ojos y obtengo esa visión. Puedo fabricar incluso la visión tridimensional de lo que quiero hacer. Eso me ayuda muchísimo en la pintura.
C. A. Es interesante porque estás deslindando la visión fomentada por un ejercicio meditativo de esta visión que es construida, como un ejercicio de control.
T. S. En la medida que vas adquiriendo control de la mente, tú decides que está y que no está. No es absoluto. A veces hay cosas que me perturban y es difícil concentrarse, entonces las contemplo hasta que se van. A veces me siento a meditar y mi mente está muy dispersa y es difícil. Entonces dejo que la mente piense. Muchas veces vienen pensamientos arquitectónicos; empiezo a diseñar cosas en ese estado de pasividad física. Me pongo en la situación del testigo, contemplo la actividad de la mente. En ese estado la mente no me arrastra y se vuelve creativa.
Paisaje de Tomás Sánchez.

Paisaje de Tomás Sánchez.

C. A. Pero todo esto alude a una negación de los preceptos de la filosofía occidental.
T. S. Bueno, yo podría decir: pienso, luego existo en el mundo exterior. Para funcionar en el mundo exterior tengo que pensar, no puedo funcionar en estado de meditación.
C. A. O cuando uno entiende que la compresión no es sólo un ejercicio mental, sino que es también un ejercicio intuitivo, orgánico.
T. S. Bueno creo que todo verdadero artista, en su proceso creativo, entra en un estado más o menos profundo de meditación. Hay quien tiene que usar ciertas sustancias para alcanzar ese estado. Claro, la meditación es la única que tiene muchos beneficios y ningún efecto secundario. Por ejemplo, en el momento que estoy contemplando mi mente vienen pensamientos, pero cuando termino la meditación dedico unos minutos a la conciencia externa, empiezo a respirar profundo, y empiezo a analizar, ya desde el punto de vista contemplativo, qué experiencia tuve. Eso hace que valores la experiencia, que la hagas tuya; le da permanencia en el tiempo. Aunque sólo se trate de la experiencia de paz, si sientes dicha, ya eso suma otro paladar a la meditación.
Es curioso cómo en la meditación puede proyectarse una imagen que sale del espacio interior, una imagen de algo que yo no encontraba cómo hacer. O vienen ideas estructuradas, porque al venir a la mente no hay ningún pensamiento obstructor. Otra cosa es que la meditación te sitúa en una posición óptima: “la cueva del corazón”, como se dice metafóricamente. Un espacio con la perspectiva ideal para contemplar las cosas, los problemas, la vida.
C. A. ¿Le resta emoción a la forma en que uno interactúa con esos problemas? ¿Te da objetividad? Es decir, ¿volvemos a hablar de una cuestión de raciocinio?
T. S. Es más intuición que raciocinio. Las emociones crean una maya;[5] es decir, una forma de percepción del mundo como no es. El mundo está hecho de luz, de energía. La física cuántica sabe ya eso actualmente. Einstein sabía que el mundo estaba hecho de energía, no de materia. Aquellos dogmas de que todo lo que existe es materia y de que materia es todo aquello que ocupe un lugar en el espacio, todo eso se empezó a descomponer desde que los soviéticos descubrieron la antimateria y se empezó a hablar de los hoyos negros en el universo. Todos los conceptos se han trastocado. Ahora se habla de universos paralelos y de tantas cosas que la mente no puede ni imaginar. Es decir, cualquier cosa que mires desde la conciencia ordinaria la vas a ver con el intelecto, vas a elucubrar, las vas a asociar con emociones. Cuando vienes a ver, entre el objeto que estás mirando y lo que hay en tu mente distorsionas la percepción del objeto. A veces me voy de paseo a un bosque, a una cascada, y prefiero estar en silencio contemplando. Trato de estar en el estado de serenidad que me permita percibir directamente sin emociones atravesadas. La naturaleza tiene ese poder, a veces te paras frente a una cascada o frente al mar y la mente se detiene.
C. A. La naturaleza es abrumadora.
T. S. Sí, pero en el mejor sentido. Te da la posibilidad de asombrarte.
C. A. De poner las cosas en una especie de punto cero.
T. S. Desde la perspectiva de la meditación todo puede generarte asombro. A veces me doy cuenta del privilegio que es caminar y de la maravilla mecánica y fisiológica que hay en la acción de caminar, y de pronto empiezo a disfrutar el caminar como si fuera un inválido que lo hace por primera vez. Es complejo de entender desde la mente, pero cuando está expandida no tienes que mirar un objeto determinado para saber que está ahí y contemplarlo; de pronto te das cuenta de que todo lo que entra en el radio de tu visión está siendo captado por tu mente a la vez. Estás viendo todo el panorama, todos los planos, la luz, las texturas, los detalles de las cosas. Pienso que de ahí viene esa obsesión mía con el detalle, de pronto estás observando el mundo como una síntesis y como una diversidad absoluta, de vida y de todo.
C. A. Pero sigues hablando de la posibilidad de darle sentido
T. S. Todo lo que está fuera, está dentro. Lo que ves afuera es un reflejo de lo que tienes dentro. Aunque uno practique meditación, en cierto sentido la mente de uno es el basurero, donde uno ha acumulado muchas cosas. La meditación es limpiar la casa de todo lo que uno ha acumulado. Hay algo con lo que estoy tratando de establecer una relación. Mis basureros pueden ser más angustiosos, pero pueden ser lindos también. Yo me veo obligado a expresarme por las dos vías. A veces tiendo a darle la razón a la astrología y es porque soy géminis, un signo dual. Yo también siento algo místico cuando veo los paisajes, pero no puedo evitar establecer el paralelo con los estados de la mente. La mente en estado ordinario está incompleta. Si la mente no está expandida en la conciencia del ser, uno es un pedacito que está incompleto. Las mentes incompletas necesitan acumular, consumir, adquirir y ganar para intentar llenar esos vacíos. Lo que hacen es producir basura. Por eso está el mundo lleno de basura.
C. A. Pero el paisaje del basurero, como ejercicio plástico, supera esa connotación
T. S. Todo tiene varios niveles de lectura.
C. A. Desde esa perspectiva, la ecología no debería ser una práctica externa a uno. Digo, desde la perspectiva de que uno es ‘un todo’ con todo lo que está en el universo.
T. S. Sólo puedes transformar el mundo si te transformas tú. Hay que hacer primero la revolución interior.
C. A. Entonces ¿la única forma de armonía que uno puede tener con la naturaleza es creer en Dios?
T. S. Le puedes llamar Dios o cualquier otro nombre. Pero primero se necesita ser humilde. Para tener humildad primero hay que saber quién eres. Paradójicamente, lo que produce más humildad es saber que eres todo y que todo está dentro de ti.
C. A. Es que en ese caso estarías tratando contigo mismo, ¿no?
T. S. Swami Vivekananda decía que “una onza de práctica vale más que mil libras de teorías”, y está considerado el primer pensador socialista de la India. El fracaso en las revoluciones es eso. No es que alguien tenga primero que realizarse espiritualmente para hacer una revolución, pero si creo que el mundo tiene que experimentar una revolución interior. Y el mundo va hacia eso. La ciencia y la mística cada vez se tocan más.
El ser humano no es inclusivo. Siempre excluye todo lo que le es diferente. Eso se destruye con la meditación, porque dos personas políticamente opuestas, conceptualmente opuestas, pueden llegar a dialogar. La meditación hace que tengas puntos comunes en otro nivel.
C. A. Hay gente que habla del gran pintor Tomás Sánchez pero no tienen las herramientas para hacer este tipo de lecturas. Eso no significa que su percepción es menos meritoria.
T. S. Hay gente que ha dicho que mi paisaje les provoca miedo. Puedo entenderlo. Mi trabajo no se refiere a lo natural y la gente teme lo que no conoce.
Yo creo que cuando uno lleva las formas a un cuadro, las formas como tal ya tienen un lenguaje. Hay todo un lenguaje del color, hay un lenguaje de cómo distribuyes el espacio. Si yo hago un basurero y pongo a lo lejos un cielo, uno siente que en medio de todo hay un poco de esperanza. De lo contrario uno siente que la basura lo asfixia.
C. A. Pero el horizonte es la connotación de esperanza. Tus basureros siempre tienen claro ese horizonte
T. S. Esa línea de horizonte está a veces quebrada o es una herradura, pero me gusta que la gente piense que más allá puede haber naturaleza, el mar, un bosque.
C. A. Siempre hay un más allá en los basureros
T. S. Sí. Es la posibilidad de una salida.
NOTAS:
[1] La frase refiere al poema “La Isla en Peso” de Virgilio Piñera. En: Piñera, Virgilio. La vida entera (1937-1977): antología poética. España: Huerga y Fierro Editores S.L., 2005, p. 24.
[2] Se refiere al artista belga James Ensor (Ostende1860-1949).
[3] Se refiere al artista cubano Rogelio López Marín.
[4] El shivaísmo de Cachemira es una corriente filosófica dentro del hinduismo, donde se considera que la materia no está separada de la consciencia (dualismo), sino que más bien es idéntica a ella. No hay interrupción entre Dios y el mundo. El mundo no es una ilusión, sino que la ilusión es la percepción de una dualidad.
[5] En el hinduismo, maia o maya es la ilusión, una imagen ilusoria o irreal. Se suele considerar que la realidad o todo el universo de cosas fenoménicas y que aparecen como existentes son ilusorias; es decir, hacen el tejido de la maya. Así, por ejemplo, los seres humanos solemos tener karma al quedar, muchas veces gozosamente, atrapados en la maya.
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