BOUSOÑO CONTRA LOYNAZ

Manuel Díaz Martínez
Manuel Díaz Martínez

Manuel Díaz Martínez.-

El 5 de noviembre de 1992, hoy hace 28 años, a la poetisa cubana Dulce María Loynaz le fue otorgado el Premio “Miguel de Cervantes”. A propósito de esta efeméride el intelectual cubano Manuel Díaz Martínez publicó el artículo que se reproduce a continuación.

Manuel Díaz Martínez

El 29 de enero, el DIARIO DE CÁDIZ publicó unas declaraciones de Carlos Bousoño en las que el conocido poeta y académico se pronuncia contra el premio Cervantes otorgado a Dulce María Loynaz, calificándolo de “desastre” y “disparate” y sosteniendo que fue “dado arbitrariamente”.
No tiene nada de raro que un premio literario, sobre todo si es importante y merecido por más de un candidato, provoque opiniones contrapuestas, más o menos apasionadas. Lo que sí cae fuera de lo común es que un intelectual de la talla de Bousoño descalifique absolutamente a un ganador del Cervantes con la ligereza con que él ha descalificado a la Loynaz, afirmando de ella que “es una poetisa de tercer orden”, “una imitadora”, “una prolongación de Juan Ramón Jiménez”, “una seguidora del primer Juan Ramón, eso que está tan lejos”.

Se da por supuesto que, en su escala de valores literarios, Bousoño puede situar a la Loynaz, y a quien quiera, en el sitio que estime conveniente. Pero lo que interesa es saber en qué se fundamenta para acusar a la poetisa premiada de ser una imitadora de Juan Ramón.
Si de algo no puede acusarse a la Loynaz, sin que se cometa injusticia, es de no tener personalidad creadora y estilo propio. Su poesía y su prosa pueden gustar o no, como las de cualquiera, pero son inconfundiblemente suyas, desde las virtudes hasta los defectos.

Atribuyo las despectivas declaraciones de Bousoño a que no ha leído bien la obra de Dulce María; y, si en esto me equivoco, entonces habrá que pensar que la obra que no ha leído bien es la de Juan Ramón. Por cierto, en uno de sus libros, ESPAÑOLES DE TRES MUNDOS, el poeta onubense le dedica un capítulo a la Loynaz, con la que mantuvo estrechos vínculos amistosos durante sus años habaneros. ¿Se imagina alguien a Juan Ramón Jiménez dedicándole su tiempo, y un texto hermoso en un libro suyo, a una imitadora, a una poetisa de tercer orden?

Un crítico tan competente como Cintio Vitier –el más agudo y erudito de los que en los últimos cincuenta años se han ocupado de la poesía cubana–, y tan conocedor y devoto de la obra de Juan Ramón Jiménez, sólo en dos de los libros de la Loynaz –VERSOS, de 1938, y JUEGOS DE AGUA, de 1947– advierte “a veces un ligero influjo juanrramoniano”, influjo que la poetisa ha reconocido como parte menor de sus naturales e inevitables deudas con otros autores.

Entrega del Premio Cervantes a Dulce María Loynaz
Entrega del Premio Cervantes a Dulce María Loynaz

La herencia modernista aún estaba viva en la atmósfera literaria en que los hermanos Loynaz empezaron a escribir, allá en La Habana de los comienzos del siglo XX, y nada induce a pensar que Dulce María la haya recibido de aquel primer Juan Ramón Jiménez tributario del esteticismo rubendariano de AZUL y que Bousoño ve, con razón, tan lejos. Más bien parece que la recibió del contenido y meditabundo Darío de la última hora, mucho, muchísimo más conocido en aquella Cuba que el entonces joven poeta español y, sin duda, mucho más próximo que el Juan Ramón modernista al espíritu concentrado, proclive al intimismo y a las meditaciones metafísicas, de la poetisa cubana. Pero ni siquiera Darío deja una impronta definida en ella. Sí la dejan, y es visible, los parnasianos y los simbolistas franceses, a quienes Dulce María y Enrique Loynaz leyeron intensamente antes de abandonarlos por Tagore y otros poetas orientales.

El “ligero influjo juanramoniano” que a veces percibe Vitier en VERSOS y JUEGOS DE AGUA procede del Juan Ramón que ya ha evolucionado hacia la “poesía pura”, corriente que en Cuba se llamó Poesía Nueva –representada por Brull, Ballagas y Florit– y en la que no encaja la obra de la Loynaz, distante, como es notorio en POEMAS SIN NOMBRE (1953), ÚLTIMOS DÍAS DE UNA CASA (1958) y BESTIARIUM (1991), del Modernismo y del purismo juanramoniano, y bien elocuente de la singularidad de esta creadora.
Aludiendo a los jueces que votaron por la Loynaz, Bousoño dice: “Además no sé qué han querido premiar porque tampoco desde el punto de vista político tiene sentido”. ¿Y es que este premio habría podido tener un sentido político que lo justificara a falta del literario? Claro está que el régimen de Castro, cada día más desprestigiado y aislado internacionalmente, no demoró en manipular a su favor el Cervantes, lo cual era previsible; pero habría sido una falta imperdonable que, para evitar esto, los jueces hubiesen privado del premio a quien, según su criterio, lo merecía por el valor de su obra poética. Habría sido un mal chiste que, por no darle a Castro la oportunidad de hacerse un poco de ridícula propaganda chovinista, se le hubiese negado el premio a una gran poetisa que no es nada sospechosa de ser castrista.

[EL OBSERVADOR, Barcelona, 18/2/1993; DIARIO DE CÁDIZ, 22/4/1993.]
[Foto: Dulce María recibe el galardón de manos del Rey Juan Carlos I en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.]

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