El periodismo en Tenesee

El periodismo en Tenesee

El periodismo en Tenesee

Mark Twain

El jefe de redacción del Avalanche de Memphis se precipitó así sobre un corresponsal que lo trató de radical: “Mientras él estaba describiendo la primera palabra, el medio, poniéndoles los puntos a las íes, las cruces a las tes y clavando su punto de cierre, sabía que estaba fraguando una frase saturada de infamia y apestosa de falsedades” Canje.
El médico me dijo que un clima sureño me mejoraría la salud, así que me fui a Tennessee y conseguí un puesto en el Morning Glory and Johnson Country Warwhoop como redactor asociado. Cuando me presenté a trabajar, encontré al redactor en jefe sentado en una silla de tres patas, echado hacia atrás, con los pies sobre una mesa de pino. Había otra mesa de pino en el cuarto y otra silla maltrecha, y las dos estaban medio enterradas bajo periódicos y recortes y hojas manuscritas.
Había una caja de madera con arena, salpicada de colillas de cigarros y bocados de tabaco mascado y una estufa con la puerta colgándole de la bisagra superior. El editor en jefe tenía una levita negra de faldones largos y pantalones de lino blanco. Sus botas eran pequeñas y bien lustradas de negro. Llevaba una camisa arrugada, un gran anillo de sello, un cuello levantado pasado de moda y un  pañuelo a cuadros con las puntas colgando.
Podría fecharse el atuendo en 1848. El hombre estaba fumando un cigarro y tratando de pensar en una palabra y al pasarse la mano por el pelo se desordenaba bastante los mechones. Me dijo que tomara los periódicos de canje y los hojeara y escribiera “El espíritu de la prensa en Tennessee”, condensando en el artículo todo lo que contuvieran que pareciera interesante. Escribí lo que sigue:
“El espíritu de la prensa en Tennessee”
“Es evidente que los redactores del Terremoto Semisemanal trabajan bajo un malentendido en lo que tiene que ver con el ferrocarril Ballyhack. El objeto de la compañía no es dejar a Buitreville de lado. Por el contrario, lo consideran uno de los puntos más importantes del recorrido y en consecuencia no pretenden disminuirlo. Los caballeros del Terremoto harían bien en corregirse, desde luego.
John W. Blossom, Esq., el muy capaz jefe de redacción del Trueno y Grito de Batalla Libertario  de Higginsville llegó a la ciudad ayer. Se alojó en la pensión Van Buren.
Observamos que nuestro contemporáneo del  Aullido Matutino de Arroyo Barroso ha caído en el error de suponer que la elección de Van Werter no es un hecho establecido, pero sin duda habrá descubierto su error antes de que le llegue esta advertencia. Por cierto habrá sido confundido por datos electorales insuficientes.
Es agradable apuntar que la ciudad de Parloteoville está realizando tratos con caballeros de Nueva York para pavimentar sus calles hasta hoy intransitables con el pavimento Nicholson. El Hurrah Diario alienta la medida con habilidad y parece confiar en el éxito final.”
Le pasé el manuscrito al editor en jefe para aceptación, cambio o destrucción. Le dio un vistazo y se le nubló la cara. Hizo correr la mirada por las páginas y el rostro se le puso ominoso. Era fácil ver que algo no marchaba. Un momento después se paró de un salto y dijo:
-¡Por todos los diablos! ¿Acaso supone usted que voy a hablar de esos animales con ese estilo? ¿Acaso supone que mis suscriptores van a soportar semejante puré tibio? ¡Déme la pluma!
Nunca vi una pluma rascar y raspar su camino con tanta maldad o arar a través de los verbos y adjetivos de otro hombre de modo tan implacable. Mientras el redactor en jefe estaba en la mitad de su camino, alguien le disparó por la ventana abierta y arruinó la simetría de mi oreja.
-Ah, -dijo él -, es el rufián de Smith, el del Volcán Moral: tuvo su merecido ayer.
Y arrebató un revólver de la armada del cinturón y disparó. Smith cayó, herido por una bala en el muslo. El disparo frustró el blanco de Smith, que estaba probando por segunda vez y que lisió a un extraño. El extraño era yo. Apenas un dedo arrancado de un tiro.
Después, el redactor en jefe se dedicó a tachar y agregar palabras entre líneas. En el momento en que terminaba, una granada de mano bajó por el tubo de la chimenea y la explosión hizo estallar la estufa en mil pedazos. Sin embargo no provocó más daños, salvo que un trozo errante me arrancó un par de dientes.
-La estufa quedó arruinada por completo. -dijo el redactor en jefe.
Le dije que yo también lo creía.
-Bueno, no importa: no la necesitamos con este clima. Conozco al hombre que lo hizo. Ya lo agarraré. Fíjese: así es como hay que escribir este tipo de cosas.
Tomé el manuscrito. Estaba tan cubierto de tachaduras y palabras entre líneas que ni su madre, en caso de tenerla, lo habría reconocido. Decía así:
“El espíritu de la prensa en Tennessee”
“Es evidente que los mentirosos inveterados del Terremoto Semisemanal están tratando de manipular aviesamente a un pueblo noble y caballeroso con otra de sus viles y brutales falsedades acerca de la más gloriosa hazaña del siglo 19, el ferrocarril Ballyhack. La idea que Buitreville iba a ser dejada de lado se originó en sus cerebros sucios: o más bien en los residuos fecales que ellos llaman cerebros. Harían mejor en tragarse esa mentira si quieren salvar sus carcasas de reptil abandonadas por la zurra que se merecen con tanta justicia. El asno de Blossom, del Trueno y Grito de batalla Libertario de Higginsville ha vuelto aquí a emborracharse en lo de Van Buren.
Observamos que el embrutecido canalla del Aullido Matutino de Arroyo Barroso está difundiendo, con su acostumbrada generosidad para mentir, que Van Werter no fue elegido. La misión sacrosanta del periodismo es diseminar la verdad; erradicar el error, educa, refinar y elevar el tono de la moral y las buenas costumbres públicas y hacer a todos más gentiles, más virtuosos, más caritativos y mejores y más santos y más felices en todo sentido; sin embargo este canalla de corazón tenebroso degrada su grandioso oficio con persistencia al difundir la falsedad, la calumnia, la vituperación y la vulgaridad.
Parloteoville desea un pavimento Nicholson: necesita más una cárcel y un hogar para pobres. ¡Hay que pensar en un pavimento para una ciudad de un solo caballo compuesta por dos boliches, una herrería y esa plasta de mostaza que es el Hurrah Diario! Buckner, el insecto rastrero que redacta el Hurrah se está jactando de su negocio con la imbecilidad de costumbre, e imaginando que dice algo sensato”.
-Bien, ese es el modo de escribir: con pimienta y al grano. El periodismo tipo gofio con leche me da náuseas.
En ese momento un ladrillo atravesó con estruendo la ventana y me provocó una sacudida considerable en la espalda. Me aparté: empezaba a sentir que molestaba.
-Lo más probable es que sea el coronel.-  dijo el redactor en jefe- Hace dos días que lo espero. Pronto aparecerá.
Tenía razón. El coronel apareció en la puerta un instante después, con un revólver de dragón en la mano.
Caballero. -dijo- ¿tengo el honor de estar dirigiéndome al cobarde que redacta esta hoja sarnosa?
-Así es. Le ruego que se siente, caballero. Cuidado con la silla, le falta una pata. ¿Según creo tengo el honor de dirigirme al podrido mentiroso conocido como coronel Blatherskite Tecumesh?
-Correcto caballero. Tengo una pequeña cuenta que saldar con usted. Si le parece podemos comenzar.
-Tengo que terminar un artículo sobre “El alentador progreso del desarrollo moral  e intelectual en América”, pero no hay apuro. Empecemos.
Las dos pistolas se dispararon con gran estruendo al mismo tiempo. El redactor en jefe perdió un mechón de cabello y la bala del coronel terminó su carrera en la parte carnosa de mi muslo. El hombro izquierdo del coronel quedó un poquito recortado. Volvieron a disparar. Esta vez los dos erraron el blanco, pero y tuve mi parte: un disparo en el brazo. Al tercer disparo los dos caballeros quedaron levemente heridos y a mí me saltó una astilla de nudillo. Entonces dije que creía mejor salir a dar una vuelta, dado que aquella era una cuestión privada y me parecía demasiado delicado seguir participando en ella. Pero los dos caballeros me rogaron que me quedara en mi sitio y me aseguraron que no molestaba.
Después hablaron de las elecciones y las cosechas mientras volvían a cargar las armas y yo me dediqué a vendar mis heridas. Pero un momento después abrieron otra vez el fuego con animación y cada disparo tuvo su efecto: pero corresponde observar que cinco de los seis me tocaron a mí. El sexto hirió de muerte al coronel, quien apuntó, con espléndido humor que ahora debía despedirse dando los buenos días, porque tenía otras cosas que hacer en el centro. Después preguntó el camino hacia el empresario de pompas fúnebres y se fue.
El jefe de redacción se volvió y me dijo:
-Espero a alguien para comer y tengo que apurarme. Me haría un favor si lee las pruebas y atiende a los clientes.
Me retorcí ante la idea de atender a los clientes, pero estaba demasiado confundido por el tiroteo que aún sonaba en mis oídos para pensar en algo que decir:
-Jones estará aquí a las tres. Azótelo. -continuó- Tal vez Gillespie pase más temprano: arrójelo por la ventana. Fergunson pasará a eso de las cuatro: mátelo. Creo que eso es todo por hoy. Si le queda tiempo libre, puede escribir un artículo quemante sobre la policía: vuélvalo loco al inspector en jefe. Los látigos están bajo la mesa; las armas en el armario; la munición allá, en el rincón; el ungüento y las vendas arriba, en las casillas. En caso de accidente vea a Lanceta, el cirujano, bajando las escaleras. Nos da publicidad: tenemos canje.
Se fue. Me estremecí. Al cabo de las tres horas siguientes había pasado peligros tan espantosos que habían desaparecido de mí por entero toda paz mental y alegría. Gillespie había venido y me había arrojado a mí por la ventana. Pronto llegó Jones y cuando me apronté a azotarlo, se encargó él del trabajo. En un enfrentamiento con un extraño que no figuraba en el menú, había perdido el cuero cabelludo. Otro extranjero, llamado Thompson, me dejó convertido en una ruina de harapos caóticos. Y al fin, acorralado en el rincón y acosado por una multitud enfurecida de redactores, petardistas, políticos y rufianes desesperados, que rabiaban e insultaban y agitaban las armas encima de mi cabeza hasta que el aire refulgió con resplandores cegadores de acero, estaba en el acto de renunciar a mi puesto en el periódico cuando llegó el redactor en jefe y con él una pandilla de amigos encantados y entusiastas. Siguió una escena de motín y carnicería como ninguna pluma humana podría llegar a describir. LA gente fue herida a tiros, sondeada con instrumentos, descuartizada, hecha estallar, arrojada por la ventana. Hubo un breve tornado de sombría blasfemia con una danza de guerra confusa y frenética atravesándolo y después todo había terminado. En cinco minutos se hizo el silencio y el ensangrentado redactor en jefe y yo nos quedamos sentados y solos, mirando la ruina sanguinolenta que cubría el piso a nuestro alrededor.
-Te gustará el lugar cuando te acostumbres.  -dijo
Tendrá usted que perdonarme  dije yo -; creo que tal vez podría escribir a su gusto después de un tiempo; una vez que tuviera cierta práctica y aprendiera el idioma;  confío en que podría. Pero, para decirle la verdad, ese tipo de energía en la expresión  tiene sus inconvenientes y es posible que un hombre sea interrumpido. Usted mismo lo ha visto. La escritura vigorosa está calculada para elevar al público, sin duda, pero por otra parte no me gusta llamar tanto la atención como lo hace. No puedo escribir cómodo cuando me interrumpen tanto como hoy. Me gusta bastante el puesto, pero no quiero que me dejen aquí a atender los clientes. Le aseguro que las experiencias son novedosas y además entretenidas, por así decirlo, pero no están distribuidas con juicio. Un caballero le dispara a usted por la ventana y me hiere a mí; una bomba cae por el tubo de la estufa para su gratificación y me hace bajar la puerta de la estufa por mi garganta; un amigo se deja caer para cambiar cumplidos con usted y me llena de pecas a mí con agujeros de bala hasta que mi piel se niega a sostener mis principios; usted se va a comer y viene Jones con su látigo, Gillespie me tira por la ventana, Thompson me hace trizas la ropa y un completo extraño me saca el cuero cabelludo con la facilidad de un viejo conocido; y en menos de cinco minutos todos los petardistas del país llegan con sus pinturas de guerra y proceden a asustarme a muerte con sus tomahawks. Tomado en conjunto, nunca pasé momentos tan vivaces en mi vida entera como los que pasé hoy. No; usted me cae bien y me gusta su modo calmo y terso de explicar las cosas a los clientes, pero tiene que comprender que yo no estoy acostumbrado. El corazón sureño es demasiado impulsivo; la hospitalidad sureña es demasiado pródiga con el forastero. Los párrafos que escribí hoy y en cuyas frías frases su mano magistral inyectó el espíritu ferviente del periodismo de Tennessee, agitarán otro nido de avispas. Vendrá toda esa multitud de redactores y además vendrán con hambre y querrán algo de desayuno. Tengo que despedirme de usted. Declino estar presente en tales festejos. Vine al sur por mi salud, regresaré con el mismo propósito y bruscamente. El periodismo de Tennessee es demasiado agitado para mí.
Después de lo cual nos separamos con mutua pena y ocupé un cuarto en el hospital.

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