DE MUSAS Y CENSURAS

Aurelio Bello

Aurelio Bello

Musas y censura

Musas y censura

Aurelio Bello * .-

Aquel viejo larguirucho apareció a su lado, en un banco de un parque, en el Vedado. Era un viejo como otro cualquiera, algo desgarbado y con ropa y zapatos que se adivinaban muy usados. Primero repatingado en el banco, luego casi hecho un ovillo con las piernas cruzadas bajo el asiento, pronto comenzó a buscar conversación. Insistió hasta que se pusieron a hablar. Los viejos necesitan hablar. Es que se sienten solos. El viejo había irrumpido justo cuando Alex daba los últimos retoques a un cuento que regalaría a la musa que esperaba.

  • ¿Te gusta escribir? A mí también. ¿Qué estás escribiendo?
  • Un cuento
  • ¿Me dejas que lo lea?

Y así, para no ser descortés con ese señor más viejo que su padre, Alex entregó el manuscrito, repetidas veces tachado y corregido, de su obra maestra. El viejo leyó rápidamente, y releyó más de una vez sin decir una palabra.

  • ¿Puedo hacerte algunas observaciones? –preguntó tímidamente.

El asentimiento de Alex convirtió a ese viejo tímido y amistoso en el más descarnado y sádico juez de la historia. Paso a paso, implacablemente, fue descuartizándole y haciéndole trizas al niño de sus ojos. Cuando ya no quedaba nada más que trucidar, tomándose su tiempo en silencio, observándole de nuevo con timidez y sin perder la sonrisa, le devolvió el cuaderno.

Afortunadamente apareció la musa. Alex se despidió con un lacónico “me tengo que ir, gracias por la conversación” y mascullando para sus adentros la más agresiva rabia contra ese viejo entremetido. Soberbios y Perfectones que son algunos.

Por supuesto, no se atrevió a presentar el manuscrito a la musa. Las musas son muy sensibles y una mala lectura puede dañarles el mecanismo. Por si el viejo llevara razón.

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Las musas, eventualmente, también pueden ser censoras implacables, en dependencia. Si se trata de una musa capaz de desdoblarse y dejar de ejercer por un corto tiempo para dedicarse a golpear con su arpa o con el instrumento de su elección, puede pedírsele opinión. Si en cambio se trata de una musa complaciente y complacida de haber provocado la inspiración, se le ofrenda con amor lo creado, y se dedica uno a los millones de actividades que se pueden realizar en común con una musa, de cualquiera de los dos tipos, y que son muchísimo más importantes que la censura y la crítica, y que muchas otras actividades, creativas o no.

Pasó un tiempo. Poco tiempo. Quizás un año, o menos. Puede que dos. Alex fue arrastrado por otra musa –las musas literarias y culturosas  le persiguen, o él a ellas- a la presentación de un libro en los jardines de una institución cultural. Había un ambientillo adecuado y hasta puede que un brindis.

Esos jardines eran un sitio muy agradable a esa hora de la tarde, con las sillas de tijera situadas sobre el césped a la sombra de los árboles. De los asistentes nada que destacar. Los culturosos de a pie, y los consagrados.

  • ¡Qué sorpresa! –era el viejo sangrón y entremetido del parque con su sonrisa de yo no fui, dándole una palmadita en el hombro- ¿Arreglaste tu cuento?
  • Parece ser que no tenía arreglo –respondió Alex intentando ser lapidario.
  • Siempre tienen arreglo, aunque haya que escribir uno nuevo.

Y con una sonrisa pícara aquel viejo larguirucho y desgarbado, sin el atuendo y la cara de circunspección del resto de los consagrados, se encaminó al sitio de honor en la mesa presidencial, desde la que se presentaría parte de su muy abundante obra, en una nueva edición.

Jan/2013, año del Señor.

  • Aurelio Bello:  Escritor cubano. Placetas /1952. Licenciado en Economía y militar de academia. Ha trabajado como informático, comercial, asesor de inversiones, contador, botero, cazador de perros, fotógrafo y hostelero. Ha viajado por América, Europa y el Lejano Oriente. Vivió muchos años en España. Reside actualmente en Tampa, Estados Unidos.

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