Retamar de otra manera

Ernesto Sierra.-

Ayer me propuse terminar la ¿tercera, cuarta? revisión de «Contra la Leyenda Negra», la recopilación de ensayos sobre España en que venía trabajando con Roberto Fernández Retamar desde hacía unos meses. Antes habíamos terminado Palabra de mi pueblo, antología poética revisada y aumentada de la original de los años ochenta. Ambos títulos estarán en el catálogo de «Verbum», la editorial madrileña de agradables resonancias lezamianas. Esta misma semana logramos hacerle llegar dos ejemplares impresos de la antología poética y Laidi me envió un breve pero muy estimulante mensaje donde me contó la alegría del poeta cuando tuvo el libro entre sus manos «trémulas” y lo revisaba con los ojos «neblinosos». Y en el reino de la imagen reconstruí ese momento, fruto de un difícil trabajo de revisiones y constantes comentarios por correo electrónico. Enseguida le envié a Roberto el mensaje de que esperase los ejemplares de Contra la Leyenda Negra, que ya entraría a imprenta.

Virgilio Piñera de vuelta y vuelta

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Por eso anoche fui yo quien se acostó con los ojos neblinosos de tanta corrección detallada y envié el libro al diseñador, listo para entrar a las rotativas. Me acosté satisfecho: ¿qué mejor manera podía haber de relacionarme con mi venerable mentor que seguir trabajando en la literatura, extinguiendo las erratas que tanto aborrecía, y seguir recibiendo sus lecciones, sus cocotazos editoriales y continuar -ahora en cartas- nuestras variopintas conversaciones que comenzaron hace casi treinta años. En medio del proceso editorial murió mi madre y no quería decírselo pues ya estaba delicado de salud y temía afectarlo, pero en esos días yo no lograba avanzar y lo consulté con Laidi: -¡Díselo, él ha vivido de todo! Se lo dije y me sorprendió con esta respuesta: “Querido Ernesto: Entiendo muy bien tu estado de ánimo. Un pensador dijo que la vida de un ser humano se divide en dos partes: antes y después de la muerte de la madre, la mía murió con solo sesenta y cuatro años, y constantemente se menciona la fecha de su muerte, porque fue un 14 de junio, y en un día así nacieron Maceo, Mariátegui y el Che, y murió Borges. Te abrazo fuertemente. Roberto”. Mi madre tenía 67 al morir. Al día siguiente de recibir la carta de Roberto retomé el trabajo con una fuerza natural; ya había entrado para siempre en esa segunda etapa de mi vida por la que él ya había pasado y recibí su lección con la doble fuerza de quien te la trasmite ya enfermo pero con evidente complicidad, fraternal, paternal, sabia. Todo a la vez. Quizás no, o sí, supo la importancia de esa confesión que nos hermanó en la única orfandad que existe y me ayudó a asumirla en su natural condición. En medio de todo me alegré, no solo estábamos trabajando; seguíamos conectando. Era el Roberto de siempre, el que bautizó a mi hijo recién nacido como “Alejandro Mínimus”, el que terminaba los “regaños” en su oficina con esa risa estentórea y contagiosa, que lo caracterizaba. Hubo una ocasión, -no puedo evitar rememorar la anécdota- en que, trabajando en la Casa de las Américas, llegó el Día del Campesino y yo le envié un “Memo” de felicitación por la fecha a un dirigente de la Casa, de origen campesino como yo pero que parecía quería olvidarlo –hoy tendría que felicitarlo también por el Día del Orgullo Gay, aunque insiste también en no salir del closet. Pues le mandé la felicitación escrita y a los pocos minutos me llamó para insultarme por teléfono y amenazarme con decírselo a Retamar. Al poco rato Retamar me llamó a su despacho y ya yo iba pensado en la sanción que me tocaría. Muy serio, lo más que pudo, el presidente de la Casa me preguntó si era cierto que yo le había mandado un ”Memo” por el Día del Campesino a aquel personaje. Yo apenado le dije que sí y ya iba empezar a justificarme cuando se desató en esa risa tan suya y apenas podía decirme ahogado, que él pensaba que era mentira, que era exageración de la gente y seguía riéndose sin parar y me despidió diciéndome que le encantaba que yo trabajara en la Casa. En otra ocasión me vio cortejando a una periodista que frecuentaba la Casa y tenía un poco revuelto al personal masculino, pero tuve la suerte de resultarle simpático y me dedicaba tiempo y una tarde en que estábamos sentados hablando llegó Roberto y le dijo a la muchacha: “Ya sé lo que te pasa: que el arroyo de Ernesto Sierra te complace más que Retamar”, graciosa e inesperada parodia de Martí que me hace reír cada vez que la recuerdo. Todo no eran risas, claro. Solíamos almorzar juntos en el comedor del trabajo y en uno de esos almuerzos salió a colación un tema cultural serio y dije yo: ¡Ah, sí, pero fulano dijo otra cosa sobre eso, etc, etc…! Y Roberto, interesado, me preguntó donde lo había leído. Le dije que un librito rojo de letras blancas que había en la biblioteca. Se le trasfiguró la cara y me dijo que nunca más dijera eso de un librito rojo de letras blancas, que tenía que saberme el título, el autor, la editorial y todo lo que pudiera. Hasta hoy trato de cumplirlo.
No quería escribir estas palabras. Ahora no quisiera terminarlas. Tendré que acostumbrarme a tener presente a Roberto de otra manera. A pesar de la tristeza que causa su muerte, hay un diálogo con él y con su obra que no cesará. Lo pensaba anoche cuando disfrutaba cada texto que leía. Es cierto que es el gran ensayista que es porque es, en primer lugar y en esencia un poeta, y supo poner las palabras adecuadas a las imágenes que necesitaba su tiempo y todavía a los venideros. Con él se nos va un pedazo enorme de cubanía y, sobre todo, un fundador, un creador de mundos posibles como lo demostró a lo largo de su vida. Se fue, pienso que quería irse, no pudo esperar a ver los ejemplares de Contra la Leyenda Negra. Y yo he pasado un día nefasto porque tuve que cambiar la nota de contracubierta y hacer acompañar de 2019 a 1930. La última vez que nos vimos en La Habana le pedí una foto y me dijo ¿Otra? -Sí, es que estoy estudiando, recuerda y no vengo hasta el año que viene. –Bueno, dale. Posamos y cuando nos tomaron la foto me dijo con su habitual sentido del humor: ya estamos los dos en la posteridad. Quiero terminar con esta anécdota porque lo que no quiero es quedarme triste, al menos no tanto.

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