Por Julio Antonio Molinet/El Diario de El Paso
“Era menor de edad, tenía sólo 18 años”, recordó. Las ilusiones alimentadas en un chat en Internet tornaron sus sueños en pesadillas. La drogaron, la violaron, la esclavizaron al trabajo forzado y deambuló por las calles de El Paso “con el miedo de perder la vida”.
Su nombre de pila puede ser Isabel, Cecilia, Denia, Lucrecia… y su apellido: Rodríguez, López, Gómez, Portillo. Desde hace 5 años trata de “volver a ser una chica normal”, pero se sobresalta “cuando el aire sopla recio” y al posar para una instantánea.
“Denia Portillo”, ahora de 23 y residente de los Estados Unidos, es una de las miles de mujeres, jovencitas y niñas que han sido víctimas del tráfico humano a través esta frontera. Ella engrosa la asombrosa cifra de 17 mil quinientas blancas y más, traficadas en el país.
Todo comenzó en una pequeña comunidad ubicada en las márgenes del Lago de Yojoa, en el Departamento de Cortés, rumbo al Norte de su natal Honduras.
“Estaba estudiando bachilleres en Ciencias y Letras cuando conocí a alguien por la Internet”, comentó, para luego respirar profundo y agregar que con el tiempo “comenzó a decirme que si venía para acá, para los Estados Unidos, tendría un mejor futuro”.
El “pollero cibernético” era conciente de que a Portillo le “costaba estudiar” en su país y que “encontrar una buena posición de trabajo es muy difícil”. Extenuaciones que mostró como fortalezas en Norteamérica.
“Yo vivía en una pobreza muy fea y me dejé llevar por la ambición de una mejor vida”, comentó.
Según lo pactado, dejó a los suyos, a su pueblo. El trayecto por México fue difícil: hambre, maltratos, hambre, más maltratos combinados con humillaciones y experiencias que, al narrar, agobió con un llanto innombrable.
No puede precisar por que sitio la trajeron. Ya de este lado “me dieron algo de tomar y en la bebida parece que había como una droga, que te la tomas y ya no sabes quien eres”.
En ese “trance” varias personas “abusaron de mí, me golpearon, me violaron, me mordieron”. Portillo describió un cuadro cuyos detalles no valen la pena reproducir por la repugnancia que genera y porque como ella misma dice “me hacen sentir la muerte”.
Así, vagó por las calles, “sin denunciar… porque me daba miedo que migración o la policía me tomaran presa y me regresaran a Honduras”. Después fue a una iglesia, donde “conocí a una señora que me abrió las puertas de su casa”.
La “buena samaritana”, puso a Denia a cuidar ocho perros, un gato y “me puso a hacerle la comida, a limpiar su yarda, tenía que arrancar las hierbas con mis manos”. Y precisó: “Ya después, ella me hacia miedo, que si yo miraba por la ventana o yo me salía, o yo me iba a una tienda a mí me iba a agarrar la policía”.
Un día, la hondureña “agarró una chamarra” y escapó. Caminó sin rumbo, sin dinero, sin agua, sin nada y “yo decía Dios mío ya he pasado muchas cosas, ¿Qué va ha pasar conmigo? Hasta que las personas del Shelter “Dame la Mano” la recibieron. “Entonces, llamaron a la policía”, acotó.
A partir de ahí comenzó un proceso de terapias, citatorios a Corte, revisiones médicas, interrogatorios, “iba siempre con mucho miedo a Corte, regresar a Honduras era una muerte indudable”.
Tras un minucioso proceso legal, finalmente Denia Portillo alcanzó la residencia de los Estados Unidos. Se le ve nerviosa, lagrimea con facilidad y lucha sola por su sueño “de una mejor vida” en Nuevo México, en Arizona, o en algún lugar recóndito de Texas donde todavía siente “la brisa del Lago de Yojoa”.
Portillo, sigue en programas de recuperación mental y psicológica. Asegura que “saldré de esta y podré estudiar enfermería”, el sueño tras el cual viajó a los Estados Unidos.
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