Vida en el cementerio

José Antonio Quintana García

Vida en el cementerio

Vida en el cementerio

Era mi segunda estancia en Ecuador. Ocurría en el año 2010. Había viajado para terminar mi libro Rocafuerte y la libertad de Cuba, con la esperanza de publicarlo en la ciudad de Machala, donde el periodista Marco Novillo López, director de la Oficina de Comunicación del Consejo Provincial, financiaría la edición.

Ávido de conocer las costumbres del pueblo andino recorrí incansablemente sus sierras y pueblos costeños. El Guabo era uno de estos últimos, bastión productivo de banano y del camarón en cautiverio. El Día de los Difuntos, 2 de noviembre, me “colé” entre la muchedumbre rumbo al camposanto. Afuera, lujosas camionetas. A su lado modestos automóviles y muchas motocicletas propiedad de peones que laboraban en las plantaciones. Coincidían humildes trabajadores con millonarios de renombre como Servio Serrano.

De pronto, indiscretamente, irrumpieron vendedores: «Lleve su humita, humita, humita»… «Tamal, tamal, juguetes». «Juguetes para los bebes». Tres niños cargaban latas y brochas: «Pinto cruces, pinto cruces». Y enseguida fueron contratados. No eran los únicos beneficiados con la conmemoración, también, numerosos albañiles, chapeadores, y otros trabajadores ocasionales, ofrecieron sus servicios para mejorar la estética de las tumbas. Algunos estaban en plena faena.

Según la tradición, los familiares iban a la necrópolis a rezar por las almas de quienes abandonaron este mundo. Su presencia era

Calle Rocafuerte, El Guabo, Ecuador.

Calle Rocafuerte, El Guabo, Ecuador.

acompañada de un profundo sentimiento de devoción, pues estaban convencidos de que el ser querido había pasado a una mejor vida, sin ningún tipo de dolencia.

Al año 998 se remonta tales creencias, cuando San Odilón, abad del Monasterio de Cluny, al sur de Francia, instauró para el día 2 de noviembre, la festividad de Todos los Fieles Difuntos en la orden benedictina. En el siglo XIV, Roma lo aceptó y extendió a toda la cristiandad.

«Flores, flores», «agüita, agüita», «pastel de caracol»…. Desde bien temprano los vendedores arribaron al cementerio. Unos lo habían hecho con una semana anterior en espera de la afluencia de la población. En el área exterior, bien organizados, se hallaban, asadores de carne, puestos de frutas, carpas para expender comidas típicas.

No me pareció de buen gusto que mientras el párroco oficiaba la misa, algunos comerciantes pregonaran a toda voz. Entre ellos Una mujer, con decenas de globos. Las autoridades municipales, también hacían su agosto en un improvisado parqueo. Cobraban impuestos, en un terreno puro lodo. El intento, a última hora, de mejorar las vías de acceso, empeoró el estado de estas porque no alcanzó el tiempo para concluir el trabajo. Me recordó, por su melena larga y rostro quijotesco al famoso Caballero de París, aquel emigrante español que habitó en las calles habaneras, luego de perder la razón. En su farmacia ambulante, publicitaba sobre el vino: “Si usted padece de estreñimiento, dolores de cabeza, en las articulaciones, en los riñones, alteraciones nerviosas, se le cae el pelo, engorda fácilmente, no tome más químicos consuma este tónico y desaparecerán sus males. Yo no soy un estafador, aquí tiene mi dirección y mi número de celular, si no lo curo vaya a mi casa, le devuelvo el dinero. Por solo cinco dólares su vida cambiará. Y les regalo hierbas con poderes curativos…” Asistido por su joven esposa, enseguida comenzó la venta. «Arroz con pollo, se ve el pollo y no el arroz, rico, rico».


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En Ecuador el alimento que más consumen en este día es la colada morada, que empieza a comercializarse una semana antes. Es una bebida dulce, de harina de maíz negro y frutas (piña, mango, moras, ciruela, babaco, entre otras). Un vaso tiene diferentes precios: 25, 50 y hasta 75 centavos de dólar. Lo acompañan las guaguas de pan (pan horneado con figuras de niños).

Como dije anteriormente, El Guabo está en la costa, con una población de origen muy diverso. Lo que pude apreciar aquí, no es igual a lo que sucede en la sierra, donde predomina la presencia indígena entre sus habitantes. Allá la costumbre es sentarse al lado de la lápida de su difunto, con quien «conversan», lo ponen al tanto de las novedades ocurridas en el año, consumen una comida especial y le dejan una parte al ser querido. Es una tradición milenaria.

Antaño celebraban la fiesta de la siembra y fertilidad. Ofrecían comida y bebida a los difuntos, con la finalidad de obtener buenas cosechas, esto ocurría al inicio de la temporada de invierno, cuando terminaba la de seca y la tierra volvía a ser fértil.

La noche no pudo adueñarse del cementerio, pues miles de velitas desafiaban el manto de la oscuridad, cual señal de vida.

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