EDITORIAL

Hay muertes que no admiten silencio.
Y hay silencios que se vuelven una forma de traición.
No hablo desde la ideología.
Hablo desde el temblor humano que produce saber que hombres jóvenes, formados para defender una nación, terminaron entregando su vida lejos de ella, al servicio de un poder que no les pertenecía.
No merecían morir así.
Nadie lo merece.
Más allá de banderas, estrategias o alianzas, hay una pregunta que no se puede seguir posponiéndo ¿hasta dónde es legítimo usar la vida de otros para sostener intereses que no rinden cuentas al pueblo que los vio nacer?
No escribo contra Cuba.
Escribo por los cubanos.
Por esos hombres que también eran hijos, hermanos, padres.
Por sus madres, que no recibirán explicaciones, solo versiones.
Por un país que lleva demasiado tiempo entregando sacrificios sin recibir la verdad.
El poder, cuando no se vigila, se acostumbra a pedir sangre.
Y cuando se acostumbra, deja de escuchar.
No se trata de geopolítica.
Se trata de ética.
De saber si la vida humana sigue teniendo un límite sagrado que no puede negociarse ni revenderse, ni esconderse detrás de discursos heroicos.
Llorar a estos hombres no es traición.
Preguntar por qué murieron tampoco.
Traición es callar.
Traición es aceptar que la muerte ajena sea un recurso más.
Que descansen en paz.
Y que los vivos tengamos el valor de pensar.
Recíbelos, Señor, con tu luz, para que vean con claridad el camino.