
Rosa Marquetti
Las iglesias de diferentes denominaciones en Cuba –no sólo la católica- llevan décadas canalizando todo tipo de ayudas y donativos, que entregan directamente a sus comunidades o parroquias, ya sean enviadas por instituciones, o por particulares de muchas partes del mundo. Lo mismo que muchos cubanos y no cubanos que, en diferentes países y también desde hace años, llevan o hacen llegar ingentes cantidades de medicinas, alimentos, ropa a través de canales persona a persona.
Lo han hecho sin anuncios, sin convocatorias, sin aspavientos, de manera bastante silenciosa, pero muy efectiva y permanente, pues no ha sido solo tras el paso de huracanes y otros eventos trágicos y aunque las redes sociales intentan imponer otras maneras, el ejercicio de la caridad o su labor humanitaria transcurre con discreción y el silencio posible.
Desde hace años -y a riesgo de equivocarme, subrayo- no recuerdo haber visto noticias ni videos en los medios oficiales cubanos, anunciando la llegada ni visibilizando o elogiando las ayudas de las iglesias y de particulares en Cuba que no han exhibido ni filiación política ni coincidencia ideológica. En cambio, cuando el promotor y ejecutor es considerado “uno de los suyos”, cuando parecen propicios los réditos de la confusión inducida entre gobierno y pueblo al indicar el receptor de esas ayudas, los resortes mediáticos se disparan al momento, se magnifican gestos simples y lo que pudo, quizás ser un acto de empatía pueblo a pueblo se empaqueta en una puesta en escena de carácter político y partidista.
Pasa lo de siempre: los gobernantes cubanos prefieren dialogar, entenderse y reconocer a “los amigos de afuera” antes que escuchar, dialogar y concertar acciones con su propia gente, considerando la diversidad como motor de un cambio provechoso. Para los cubanos que desde muchas partes no solo han enviado durante décadas ayudas y contribuciones, ni una palabra, ni un elogio, a veces, ni siquiera las facilidades necesarias. Para los no cubanos que son “de los suyos”, y que distan mucho de ponerse en la piel de quien ahora vive en Cuba, todas las reverencias. Por eso, por la soberbia, el menosprecio y el látigo para los suyos han llegado al punto en que están hoy.
Pasa lo de siempre: los gobernantes cubanos prefieren dialogar, entenderse y reconocer a “los amigos de afuera” antes que escuchar, dialogar y concertar acciones con su propia gente, considerando la diversidad como motor de un cambio provechoso.
Estoy harta de todo esto; de que quienes organizan y convocan estos “performances”–da igual si es una brigada, una flotilla, o una excursión espacial desde Marte-, sigan valiéndose de la miseria en que nos han sumido para imponer una narrativa que excluye su propia responsabilidad ante el desastre, pues esa responsabilidad no es unipolar: no es solo del vecino guaposo del norte, que aprieta el cerco y asfixia cada vez más, sino también de la casta mandante que convirtió la soberbia en política de estado y la incapacidad en vehículo para victimizarse. Los únicos que sufren los desmanes de ambos son la gente simple, los de a pie, los que no tienen vida ni de día ni de noche y mucho más, los que no tienen FE (familiares en el exterior) que le envíen plantas o paneles solares, y todo lo demás.
Estoy harta de la folklorización de nuestra miseria, de que los derrumbes, la gente escuálida, los basureros desbordados y la ciudad sin vida, sigan siendo la estética a la que apelan fotógrafos y modelos que llegan por 3 días a La Habana y ni se enteran de apagones ni faltas de agua. Estoy harta de que se mire a Cuba como el parque temático de la resistencia. Ni la nórdica tiene la menor idea de lo que es tener un anciano enfermo sin comida, electricidad, medicinas ni agua para asearlo, ni el político que vive en su chalet de Galapagar lo va a dejar para, tan siquiera por unos días, “vivir la experiencia de la resistencia antimperialista” en vivo, en directo y con todo el color de las carencias extremas. ¡No los quiero paseándose bajo los balcones apuntalados haciéndose los héroes! ¡No los quiero visitando escuelas y hospitales, adecentados para la ocasión! Nadie nos preguntó a los cubanos si queríamos inmolarnos para complacer a los izquierdosos nostálgicos, a las “gruppies” de guerrilleros nonagenarios, a los académicos soñadores, regalándoles el símbolo de una utopía desfasada en la que ninguno de ellos eligió ni quiso ni quiere vivir.
Tomado del perfil de FB de Luis Alberto Ramírez.