Este año, finalmente, el Premio Princesa de Asturias de las Artes fue otorgado a la legendaria figura de la canción española, Joan Manuel Serrat.

Hace apenas unas horas culminó, en el emblemático Teatro Campoamor, de Oviedo, la tan esperada ceremonia anual de los prestigiosos Premios Princesa de Asturias, destinados a reconocer a personalidades de España y de diversas partes del mundo que destacan en las más variadas disciplinas que enriquecen el ámbito científico, económico y cultural de la humanidad.

Este año, finalmente, el Premio Princesa de Asturias de las Artes fue otorgado a la legendaria figura de la canción española, Joan Manuel Serrat, en reconocimiento a sus más de sesenta años de contribuciones a la música, no solo en su país natal, sino en todos aquellos que compartimos el privilegio de expresarnos en español.

Con orgullo, y profundamente emocionado, lo vi subir al estrado para recibir el galardón de manos de la Princesa de Asturias, seguido de un discurso memorable en el que, como en tantas de sus canciones, Serrat evocó temas que deberían ser fundamentales para la humanidad actual: el amor, la amistad, la tolerancia, y la lucha pacífica y dialogante por la libertad, la democracia y el progreso humano. Para sorpresa de los asistentes y televidentes, interpretó Aquellas pequeñas cosas, una de las canciones más bellas de nuestro idioma, creando un momento sublime que despertó en mí recuerdos inolvidables.

Mi memoria me llevó de vuelta a 1973, cuando, durante su gira por Cuba, tuve la dicha de verlo en concierto en el ya desaparecido Ateneo de Garrido, en Camagüey. También recordé 1976 en La Habana, cuando tuve la fortuna de conversar con él en el lobby del Hotel Habana Libre, donde estaba alojado. En aquella ocasión, dialogamos sobre la censura que sofocaba —y aún sofoca— a los intelectuales y artistas en nuestra tierra. Recuerdo, casi con incredulidad, que terminamos cantando a dúo otra de sus más impactantes canciones, Pueblo Blanco, una obra cuya letra parece aludir no solo a esos pueblos blancos que salpican la geografía española, sino también a nuestras propias comunidades, en las que se respiran la misma nostalgia, el abandono y la injusticia «bajo un cielo que a fuerza de no ver nunca el mar, terminó por llorar». Y, al igual que en la canción, en muchos de esos pueblos las personas anhelan “unirse a un vuelo de palomas y, atravesando lomas, dejar el pueblo atrás”, pero no pueden, porque «los muertos están en cautiverio y no los dejan salir del cementerio».

Enhorabuena, al gran cantor Joan Manuel Serrat, quien, a sus ochenta años, sigue siendo una voz irremplazable, y felicitaciones por este premio tan merecido, esperado durante décadas.

Redactó: Rolando R, Carmenates Comunicador, Ldo en Lengua y Literatura Hispanoamericanas.