Yo montaba en mi bicicleta vieja china de una sola velocidad, y subía pujando la empinada loma de 27 y K. Y la subía, lenta y fatigada, para lanzarme en vertiginosa bajada hasta llegar a casa, justo a tiempo para prender la radio y sumergirme en mi programa favorito: Esto no tiene nombre.

Raysa White

La primera vez que hicimos contacto, recuerdo que le dije: «Si supieras, Jaime, cuántas veces, tras esas noches de agotadores turnos de edición, -turnos bien tardíos que me daban los perversos, para matar mi creatividad- montaba en mi bicicleta vieja china de una sola velocidad, y subía pujando la empinada loma de 27 y K. Y la subía, lenta y fatigada, para lanzarme en vertiginosa bajada hasta llegar a casa, justo a tiempo para prender la radio y sumergirme en mi programa favorito: Esto no tiene nombre

Esa confesión selló nuestra amistad, un vínculo que jamás se rompería. Y a partir de ahí, la vida nos regaló momentos que se fueron entrelazando con una fuerza insospechada. Como aquella vez en que lloramos como dos niños, juntos, la muerte de El Sirenito –así le decía él al poeta Sigfredo Ariel- Negados a aceptar la fuga del bardo cómplice, el que había transitado por nuestros territorios sutiles y discretos, por nuestros archivos personales, compartiendo sus dolores y versos.

Jaime Almirall-Suárez

Hoy, supe que mi buena yunta había partido. De veras, no imaginé este momento.

Ha partido una gloria de la radio cubana. Una voz inolvidable. Una persona estupenda con una genialidad a prueba del tiempo. Y una cultura profunda, diría casi infinita. Pero también un hombre que sabía amar y conocer el hondo sentido de la amistad sincera.

Me susurran que a la entrada del túnel, Lolí, su madre, lo esperó con el pasaje pago. Que el aro luminoso de una nave apareció en el Cielo. Ambos se miraron como quien se da un beso. Ella le dijo: Vamos. Y se llevó en los brazos la melodía que nunca dejará de sonar en el dial de sus escuchas.