Hace un mes se marchó Ever Fonseca. Grande artista. Mis compañeros y yo lo recordaremos con esa jovialidad y desprendimiento que lo distinguieron toda su vida. Y a su compañera Mirna, caudal de amor, que los unió en una sola pieza.

Ever Fonseca, El Circo, 1968. Museo de Bellas Artes, Cuba.

Raysa White

Cuando una se adentra en la obra de Ever Fonseca, lo primero que descubre es ese juego vibrante entre el color y los elementos figurativos, como si ambos conspiraran para abrir una puerta hacia una fantasía sin muros. En sus lienzos habita una narrativa contenida -y a la vez desbordada- de humanización de criaturas nacidas en el imaginario popular: el jigüe, la ciguapa, y tantos otros seres que emergen del paisaje pueblerino del Caribe.

Paisaje del mar

Al pasar por el filtro del arte, estos personajes no solo sobreviven, se elevan. Adquieren una dimensión cultural que los dignifica, que los rescata de la oralidad dispersa para darles cuerpo, gesto y permanencia. Y es ahí donde Ever Fonseca hace algo singular, los naturaliza en su función estética; los vuelve cercanos, respirables, casi íntimos.

Pero sucede algo más. En sus cuadros, estos seres no se limitan a existir, comienzan a narrarse. Y en el caso de Ever, lo hacen desde una suerte de protohistoria fantástica, como si vinieran contando un mundo anterior al nuestro, o paralelo, donde lo mágico no necesita explicaciones.

Natural de Manzanillo, el artista cargó siempre con el candor de su infancia, y lo convirtió en materia pictórica. Ese es, quizás, el verdadero misterio de su legado: haber pintado el candor. Un candor limpio, luminoso, profundamente humano. Un candor con el que conquistó el amor de su esposa, de sus hijos, y de la gran mayoría de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

Y se nos fue. Sí. Así de simple, levó anclas el fiel amante de la ciguapa, el buen amigo del jigüe. Pero no su mundo. Ever nos deja la fantasía, esa forma suya de habitar la existencia en el delicado y hermoso territorio que se extiende entre lo natural y la leyenda.

Y en esa región -gracias a él- seguiremos encontrándonos.