Hoy la mañana nos despierta con una tristeza honda.

Ha partido Eduardo Roca Salazar, nuestro querido Choco. Con él, no sólo se apaga una vida, sino una manera de mirar, de tocar la materia y de narrar la identidad profunda de Cuba desde la plástica.

Raysa White

Retrato del El Choco mezclado con energía cósmica, creado por la autora con ayuda de IA
Retrato imaginario de Choco, mezclado con fuego y energía cósmica, creado por la autora con ayuda de la IA.

Premio Nacional de Artes Plásticas, sí… pero, sobre todo, un creador de raíz, un hombre que supo dialogar con la memoria, con la piel y con la historia. Su obra -marcada por la experimentación, el grabado, las texturas, los símbolos afrocubanos- nos deja un legado que no se borra, porque nace de lo esencial.

Y debo decir que la noticia me alcanza con un matiz profundamente personal.

Recuerdo -con una claridad que duele y agradezco al mismo tiempo- cuando estudié su obra para realizar un MirARTE, uno de aquellos primeros cortos de arte para la televisión, en los programas de cambio. Era apenas el tercero que lograba salir al aire, y ya su universo me parecía inabarcable, lleno de capas, de signos, de una fuerza que no se dejaba domesticar fácilmente.

Pero lo que no olvido -lo que verdaderamente se me quedó- es su sonrisa.

La alegría franca con la que nos recibió al entrar al Taller Experimental de Gráfica, en La Habana Vieja. No era la sonrisa distante de un artista consagrado, sino la de alguien que todavía se sorprendía con el encuentro, que celebraba la curiosidad ajena, que abría su mundo sin reservas.

Ese instante, pequeño y luminoso, es hoy un refugio. Porque hay memorias que no se archivan. Se quedan viviendo en uno.

Choco era más que un artista: era una presencia. Una forma de entender el arte como huella, como resistencia, como verdad.

Hoy la plástica cubana pierde a uno de sus grandes. Y perdemos, también, a un ser entrañable.

Ahora, cuando su ausencia comienza a ocupar el espacio que antes llenaba su presencia, queda la certeza de que hay seres que no se van del todo. Porque Choco no habitaba únicamente en su cuerpo, sino en la materia que transformaba, en la huella que dejaba, en ese lenguaje silencioso y profundo que solo los verdaderos creadores logran sostener frente al tiempo.

Su obra seguirá hablando donde él calla. Seguirá diciendo lo que la historia no siempre se atreve a pronunciar. Seguirá siendo piel, memoria y raíz.

Y ahora, repito, cuando su nombre empieza a pronunciarse en pasado, su obra se adelanta y lo corrige: no se ha ido, nos dice. Ha pasado a otro plano; al lugar de lo que permanece. Allí donde la materia guarda memoria, y la imagen respira sin cuerpo. Donde el arte deja de ser oficio para convertirse en destino.

Choco no termina hoy. Choco, se instala. En la mirada y la emoción que lo reconocen, y en la historia, que ya no podrá contarse sin él.