Mishima

José Luis Alvarez Rodríguez, poeta y pedagogo cubano.-                                                 

Yukio Mishima

Yukio Mishima

“La edad promedio de un hombre en la edad de Bronce era dieciocho años; en la era romana, veintidós. El paraíso debe haber sido hermoso entonces. Hoy debe ser terrible. Cuando un hombre llega a los cuarenta no tiene posibilidad de morir bellamente. Sin importar cuánto se esfuerce, morirá por deterioro. Debe obligarse a vivir”
Mishima

En la mañana del 26 de noviembre de 1970, la esposa de Mishima, mientras circulaba por las calles de Tokio, escuchó por la radio del automóvil  la noticia del “incidente”. Luego de dejar a sus hijos en el colegio, se desmayó en la parada de un semáforo. En su casa, el padre del escritor se aterrorizó con las imágenes que, en vivo, transmitían los canales de la televisión: Yukio Mishima y cuatro jóvenes seguidores, secuestraron en su despacho al general en Jefe de las Fuerzas de Autodefensa  Japonesas y luego de amarrarle a su silla y de  tres marciales y ruidosos vivas al Emperador, obligó al militar a contemplar su suicidio por seppuku. Una vez  que  logró hacer el corte con éxito, es decapitado por uno de los jóvenes que, a su lado, esperaba el momento justo. Otro de ellos, Morita, trató de repetir la escena, pero las lágrimas, la tensión nerviosa, le impidieron un corte de vientre como debe ser y rogó  a otro joven, Furu Kaga, que le propinara el golpe cortante. Las dos cabezas quedaron prolijamente colocadas verticalmente en el piso, los ojos del General se querían disparar de sus órbitas, el “incidente” había culminado, era necesario que el mundo entero supiera que todavía existían  jóvenes decididos a morir por los ideales del Japón imperial.

La palabra seppuku puede parecernos rara, semánticamente es suicidio por honor entre la casta samurai y fundamentalmente, para los cubanos resulta más conocida la palabra hara-kiri, que en nuestro país  ha perdido su significado semántico original para, desde hace muchos años, convertirse en sinónimo de acto sincero: “el director de la empresa tal, fulano de tal, se hizo el harakiri en la asamblea delante de  todos sus compañeros antes que lo tronaran, es decir, el tal fulano, dijo todo lo malo y lo bueno que había hecho durante su cargo, por supuesto, más lo malo que lo bueno, porque es muy seria la cosa del hara-kiri.

Revisitar el pasado es una aventura que siempre nos enriquece y a veces aflora en nuestro camino por  la vida con sus fantasmas aterradores,  no como el de Canterville de Wilde, simpático, juguetón e ingenioso,  o con sus hadas y gnomos que nos hacen señas cómplices de felicidad.

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Para el niño que fui (y creo que sigo siendo para no cometer seppuku) y que se empeñaba en leer aquello que no estaba acorde con su edad y que veía las películas “prohibidasparamayoresdedoceaños”,  por esos sagrados huecos de las viejas puertas de madera del cine teatro Avellaneda en la ciudad de Camaguey, amén de otras cosillas pecaminosas que hacía mientras ni leía ni ojeaba cine,  es ya, en el inexorable fluir del tiempo (y de la conciencia), parte de mi pasado lindo recordarme  agachado en el duro quicio de cemento, aquel niño que fui pegaba un ojo primero, y otro después, a uno de los huecos que le abrían la posibilidad de la mágica pantalla del misterioso recinto. Confieso que aquel niño se complacía y luego  en su casa, a la hora del baño, se auto complacía, con la imagen de Claudia Cardinale, la chica de la valija, bajando por una escalera, con una sonrisa inolvidable. Una toalla blanca, por supuesto, porque  la mayoría de las películas que pasaban era en blanco y negro, semicubría su imaginada, su plena y atroz desnudez, y aquellos ojos infantiles (uno primero, otro después, porque el  agujero no era “aptoparadoceaños”, sino para un solo ojo. Otra tarde de juerga cinematográfica un japonés garboso y pobretón se empeñaba en que una daga de bambú (no katana, no hamidashi), le penetrara el vientre, inclinaba su cuerpo y   la apoyaba sobre la plataforma blanquísima, para que penetrara al fin, y el sudor y la mueca de su rostro, evidenciaba, primero una herida leve, luego otra más grande y plaf, los intestinos  debían aflorar, como los del cerdo de Nochebuena tendido sobre la mesa en el patio de mi casa. El joven suplicaba al samurai parado a su lado, con la filosa  alzada que por favor,  le decapitara, pero el acto debía ser terminado… Luego vino la complicidad con otros amigos cinéfilos o huecocinéfilos que en nuestras casas, con el cuchillo de la cocina, sábanas blanquísimas remedando el vestuario, y Tintura de Timerozal  sustituyendo la sangre, hacíamos  los seppukus o harakiris camagüeyanos ante los ojos atónitos de nuestras madres, abuelas, tías y hermanas, asombradas por tan raro juego y angustiadas por  tener que gastar  dinero del mes en ir al Comercio a comprar sábanas nuevas (entonces se podía, con poca plata).

Por estos mismos años, en Tokio, París,  Nueva York…, el escritor Yukio  Mishima (Kimitake Hiraoka), el niño prodigio de la literatura japonesa, uno de los que podríamos llamar escritores malditos del siglo XX, donde los hay a escoger, triunfaba con sus obras y con sus excentricidades y ya preparaba, cuidadosamente, su último espectáculo, cometer seppuku y dejar un impresionante legado  de obras para un escritor de su edad, entre ensayos, cuentos, novelas, obras para el teatro, álbumes fotográficos, etc. que le convirtieron en uno de los críticos más certeros de la sociedad japonesa de postguerra y marcó el rumbo de la literatura contemporánea de su país.

Confieso que conozco más sobre  la vida del autor que nos ocupa, que de su propia obra, no por dejadez, sino por la simple razón  que resulta difícil encontrar sus libros. A estas alturas de mi vida, resultaría un acto de injusticia someter los mismos ojos que se pegaban a las puertas polvorientas del Avellaneda, a leer esta inconmensurable obra en un ordenador, incluso sus fotos y filmes, porque jamás pensemos en Mishima como un escritor reposado, aunque sí dedicado y constante,  fue un personaje perseguido por los medios de comunicación, no solo por los innegables valores de su obra, sino  por su capacidad de desdoblarse, y mostrar las dos caras que siempre tuvo: el niño que leía a Anunzzio, Radiguet, Malraux, Tomas Mann, conocedor a fondo de lo mejor de la literatura japonesa, que leía y escribía a la perfección en inglés, frecuentaba con sus amigos los centros nocturnos de ambiente gay, los prostíbulos, los barrios marginales, anotándolo todo, observando el detalle, para luego encerrarse por varios días a escribir profusamente. Fue  un  joven capaz de lanzarse en paracaídas, dirigir una orquesta sinfónica, pilotear un avión F-102, escribir un ballet y bailarlo, practicar esgrima, boxeo, karate, equitación, halterofilia, desafiar públicamente y con respeto en una universidad a los estudiantes de extrema izquierda.

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No deben recepcionarse sus escritos con una visión occidental porque se corre el riesgo de no comprenderlo, para esto debe conocerse, al menos de forma general, algo de los principios éticos y estéticos del ser japonés, porque en su obra está la filosofía Zen, y la defensa a ultranza  del ser japonés: la mascara fiera que debe llevar un guerrero con rostro bello y noble, la sugerencia, el darnos una obra deliberadamente incompleta para que sea el lector quien la descifre, la transmutación de las almas que le sirvió de elemento técnico para conformar su tetralogía El mar de la fertilidad: Nieve de primavera, Caballos desbocados, El templo del alba y la corrupción del ángel y que nos ofrece un recorrido por la historia y las vicisitudes del Japón desde 1912 a 1970, amén de hurgar en el siglo XIX, a partir de la Liga del Tiempo Divino, en Kumamoto (1876) cuando la sublevación de los samuráis que en un drama bélico de gran aureola romántica en el que 200 de estos guerreros ya desechados por orden del Emperador Meijí en sus intentos de occidentalizar el Japón, los suprime como casta, o lo que es lo mismo, los dejó sin empleo y los obligó a cortarse la coleta y entregar la katana. Y esto sí que fue para ellos imperdonable: atacaron con arma blanca una fortaleza de 2,200 hombres armados con fusiles y artillería. Es imaginable el resultado, aunque con sus relampagueantes katanas dejaron fuera de combate a muchos soldados. Y 46 de los que pudieron sobrevivir cometieron seppuku con la cabeza orientada hacia el Este, donde la morada del Emperador, contra el que se habían rebelado. Este hecho está recreado con gran poesía y a la vez  con un realismo desgarrador en su novela Caballos desbocados. Obsesionado con el seppukus y con este hecho en específico, Mishima asume la inutilidad práctica como mérito.  Hay más japonerías: la unidad entre el mundo real y el imaginario es más importante, digamos que no es la contemplación de la luna, sino su imagen lo que importa, es decir, una gran vasija de ciprés, colocada de forma tal que en el agua que contiene se refleje la luz de la luna y así poder contemplarla. Por eso se ha dicho que los japoneses valoran más la copia de la realidad que la realidad misma. Y está el refinamiento, la asunción del detalle: dos personajes de una de sus obras discuten sobre la conveniencia o no de tener un animalillo doméstico. Uno de ellos expresa: “A esos animales no los mencionan los poetas, y lo que no cabe en un poema tampoco tiene sitio en mi casa, es norma de mi familia”, también está la cultura del burdel, las preeminencia de los valores visuales, las campanas para llamar al viento y también no puedan faltar  las japonerías trágicas, ese estar a la altura de las circunstancias en situaciones límites, el asumir la muerte con dignidad. La lectura de El pabellón de oro me ha reclamado revisitaciones, porque como toda obra clásica lo exige, y también sus cuentos, menciono solo dos: La perla y Patriotismo, lejanos en el tema y en el estilo, pero que confluyen en representatividad de las dos caras de Mishima, como son las dos caras del Japón: crisantemo y espada.

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La Perla, a mi juicio, es uno de los grandes cuentos de la literatura universal, comparable al famoso cuento de Guy de Maupassant El collar. Aunque no hay muertes, sí está la penetración acertada en la psicología femenina y sí es más crisantemo  que espada porque esta última aflora bajo el velo de la vanidad cruel, de ciertas damas de la alta sociedad japonesa contemporánea.

El cuanto a Patriotismo, o Rito del amor y de la muerte, ni comedia ni tragedia, según el propio Mishima, vale decir que es un relato de suprema felicidad, allí sí se funden crisantemo y espada: en el Japón de 1936, un teniente recién casado, al saber  que sus mejores amigos estaban entre los sublevados contra el Emperador, luego de hacer el amor con su esposa, escribir a sus padres disculpándose, comete seppuku ante su mujer quien luego se apuñala delicada y certeramente en el cuello hasta morir. Historia real que de haber sido conocida por William Shakespeare nos hubiera legado otra tragedia más o menos emparentada con Romeo y Julieta, allí está la delicadeza, el detalle, el acto erótico ligado a la muerte y que lo hace más erótico, o especialmente erótico.

Como lectores de Mishima debemos de echar a un lado el lugar común que sobre él se ha establecido: su ideología fascista. Los japoneses nos han tratado de pasar gato por liebre a partir de la derrota y de la ocupación norteamericana cuando decidieron esconder la espada y mostrar solo el crisantemo y así, convencer a los invasores de que son pacíficos o inofensivos, laboriosos, cuidadosos en sus arreglos florales, sus delicadezas en los jardines, el arte de los árboles en miniatura, preciosos festivales del cerezo y del crisantemo. Japón, entonces, ha ido despojándose de la filosofía de la muerte y al entrar turbulentamente en una devoradora sociedad de consumo, en la industrialización, en los grandes avances tecnológicos han perdido su propia identidad.

Mishima tuvo un abuelo tarambana y una abuela que le apartó del mundo externo durante su niñez, ella lo obligaba a jugar a las muñecas con sus primas, dicen algunos biógrafos que le vestía de niña, pero esa abuela supo mostrarle la tradición de su lejana casta samurai, lo matriculó en un colegio de nobles donde fue el alumno número uno de su graduación y que le valió el Reloj de Plata en 1944, regalo del mismísimo Emperador.

Este simpático, locuaz, narcisista, exhibicionista, dicen  algunos que hasta morboso sexual,  dicen que homosexual y otros condimentos, me lo hacen aún más atrayente, porque como  dice Marguerite Yourcenar en su estudio biográfico y literario Mishima o la visión del vacío: “Ya ser acabó el tiempo en que se podía saborear Hamlet  sin preocuparse mucho de Shakespeare: la burda curiosidad por la anécdota biográfica es un rasgo de nuestra época, decuplicado por los métodos de una prensa y de unos media que se dirigen a un público que cada vez sabe leer menos.”

Leer a Yukio Mishima es enfrentarse a la violencia y a la delicadeza, aquel niño que fui y que vio un seppuku en un filme japonés de los años 60, que con su pequeño índice hurgaba y hurgaba para abrir más el orificio de la paciente puerta, se dejó exitar por el espectáculo macabro de la muerte y hoy, con ese mismo dedo, ha ido pasando, con avidez, las hojas de los pocos libros de Mishima que ha conseguido o las hojas impresas con sus cuentos y se ha convencido, una vez más, que lo que importa de un escritor es su obra. Mishima se mereció el Nobel que jamás obtuvo, aunque sí logró los más importantes premios de su país  y, con su suicidio espectacular, mostró la espada y el crisantemo, muerte bella y no inútil, porque quien defiende la identidad  de una cultura  merece todo respeto. Si el Emperador dijo que él ya no era el dios por el que ofrendaron sus vidas los kamikases, Mishima  sabía, porque no era tonto, que el Emperador no era dios, pero resultaba indispensable que todos lo creyesen. Quiso reestablecer viejos valores perdidos  en una sociedad que  se apartaba de viejos valores. Al menos yo no creo en muertes inútiles, su seppuku es un libro más, aún vivo, en el Japón siempre atrayente y misterioso.

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