Adiós muchachos, compañeros de mi vida…

Yuris Nórido (OnCuba).- El otro día, sacando cuentas, llegué a la conclusión de que la mayoría de mis compañeros de aula en la universidad vive ahora en el extranjero. A todos parece irles bien, son muchachos muy preparados, excelentes profesionales. Me parece maravilloso que hayan labrado un camino, aunque sea lejos de la tierra natal. Pero me impresiona que sean tantos… en tiempos en que a este país le hace falta gente con luces.

Entre mis compañeros del preuniversitario he descubierto también a algunos que ya no viven en Cuba. Un puñado son médicos o profesores que prestan servicios en otros países, o sea, se supone que pronto estén de vuelta. Pero otros se fueron sin fecha de regreso.

Veo sus perfiles en Facebook, veo sus fotos en paisajes hermosos, sobre autos, frente a mesas bien servidas, rodeados de hijos y otros familiares, esquiando en montañas nevadas, paseando por avenidas luminosas, chapoteando en piscinas, abriendo los brazos sobre una montaña… y no puedo evitarlo: nos recuerdo juntos, en un campo de Ceballos, comiendo naranjas después del trabajo y soñando un futuro incierto.

Mi itinerario, hasta ahora, se parece mucho a lo que preveía en aquellos años, pero supongo que a buena parte de mis compañeros la vida los ha llevado a lugares insospechados.

En Facebook me reencontrado —virtualmente, se entiende— con algunos de mis condiscípulos en la primaria y la secundaria, niños a los que les perdí la pista cuando me fui de Violeta y que ahora descubro, hombres y mujeres, viviendo en Nueva York, Madrid, Montevideo, Luanda y hasta en Tokio.

Soy parte de una generación inquieta, ávida de ver mundo, asaeteada por los estacazos de la cotidianidad, seducida por cantos de sirena, impulsada por el afán de superación personal, cansada de ver y vivir lo mismo, reclamada por sus mayores fuera, extrañada por sus mayores dentro, pesimista y optimista al mismo tiempo, variopinta, abúlica por momentos y por momentos comprometida. Una generación con tantos sueños truncados, trastocados, readaptados… Niños dentro de una burbuja apacible, adolescentes en años de crisis descorazonadora, jóvenes en tiempos de cambios súbitos.

Las bondades de las nuevas tecnologías: las diásporas están ya a un clic de distancia. Gracias a Facebook puedo hablar a diario, en tiempo real, con amigos que están en el otro lado del mundo. Eso no podíamos ni vislumbrarlo hace treinta años.

Pero hace treinta años el mundo parecía demasiado grande, inabarcable, exótico. Y muchos nos aferrábamos al terruño como el niño pequeño a la madre: el temor a lo desconocido.

Ahora, que puedo decir con toda seguridad que tengo amigos en cinco continentes, todo parece más cercano, aunque yo apenas haya salido de esta isla.

Las despedidas no tienen que ser definitivas, creo; las puertas —quiero creer— no se cierran ya a cal y canto. Pero a veces tengo ganas de abrazar a los amigos que se fueron, a veces no me basta la conversación fría, pantalla por el medio. Me consuelo pensando que en algún momento los tendré delante, cuerpo frente a cuerpo. Supongo que ellos, de cuando en cuando, también tendrán ganas de abrazarme. Y me regodeo en la certeza de que algún día nuestros caminos volverán a cruzarse. Adiós, muchachos, aquí los espero…

 

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