Encuentro con María Zambrano

María Zambrano
María Zambrano

José Antonio Quintana García.- Unas semanas antes de viajar a España visité, en la calle Maceo, la librería de la escritora avileña Carmen Hernández Peña, quien me contó que editaba una obra sobre María Zambrano (1904-1991). Hablamos de los vínculos de la profesora, filósofa y ensayista española con la intelectualidad cubana: Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García MarruzEliseo Diego, entre otros. En la Isla, considerada su «patria prenatal», vivió exiliada durante 13 años.

María Zambrano, no volvió más a Segovia

Llegó por vez primera a La Habana en octubre de 1936, de paso hacia Chile, en compañía de su esposo Alfonso Rodríguez Aldave, historiador y diplomático.

En la capital cubana, confesaría a Lezama Lima en una carta: (…) recobré mis sentidos de niña, y la cercanía del misterio, y esos sentires que eran al par del destierro y de la infancia, pues todo niño se siente desterrado. Y por eso quise sentir mi destierro allí donde se me ha confundido con mi infancia».

María Zambrano con Virgilio Piñera
María Zambrano con Virgilio Piñera

Volvería con frecuencia. Publicaría conferencias, ensayos, artículos, ejercería la docencia, escribiría algunos de sus libros más notables, entre ellos: La Agonía de Europa. Colabora con Orígenes, Espuela de Plata, Bohemia, Ciclón, Credo, Crónica, Cuadernos del Congreso por la libertad de la Cultura, Cuadernos de la Universidad del Aire, La Torre, La Gaceta de Cuba, La Verónica, Cuadernos Americanos, Nuestra España, Nueva Revista Cubana, Proposiciones, Ultra, Universidad de La Habana.

«De todos los pensadores españoles que pasaran por Cuba como consecuencia de la frustración de la República Española, María Zambrano fue tal vez la que más acusada influencia tuvo en la Isla. Ella, en su destino órfico, en su destierro, prefirió a La Habana como la ‘catacumba’, desde donde salía nuevamente a la luz.

Su ‘Cuba secreta’, subterránea, pero esencial en su resurgir vivificador, y La Habana, ese sitio del que tuvo necesidad, ese lugar del que como una vez dijera, se tiene tanta necesidad como de la palabra, fue estímulo para el desarrollo de su pensamiento y sitio de su madurez. Aquí vio y bebió más que en parte alguna el alba, hasta que salía el sol que le asustaba. La luz de la mañana le enceguecía al abrir las persianas de su apartamento en el edificio López Serrano, del Vedado», refirió Félix Valdés García.

Mientras Carmen Hernández detallaba aspectos del texto que editaba, cuyo autor es un colega español, reafirmamos la importancia que tuvo Cuba en la obra de la Zambrano y su impronta en los contemporáneos de la Isla, tema que espera por una investigación exhaustiva. ¿Por qué no la asumes?, me preguntó con su picardía habitual.

En el Aula Magna de la Universidad de La Habana

La idea de un nuevo proyecto quedó en el olvido, apen

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as hice una búsqueda en Internet, encontré que existía un precedente: María Zambrano. La Cuba secreta y otros ensayos. (Introducción y selección de Jorge Luis Arcos, Endymión, Madrid, 1996).

Pero hoy el tema regresa de manera inesperada, cual reclamo. Caminaba por la calle Grabador Espinosa, en Segovia. La neblina bajaba de la sierra, cubría con su manto frío a los ancianos que codiciaban un rayo de sol. Yo iba leyendo, como de costumbre, cada señalización. Entonces vi la tarja: «No cae la Luz en Segovia: La ciudad toda se alza hacia ella», firmado por María. Recordé que fue en esta urbe donde transcurrió la infancia de ella, aquellos años luminosos que renacerían en La Habana, según sus palabras.

La tarja, indica una de las casas que habitó, quien escribió La filosofía de Ortega y Gasset. Y no es el único tributo. Su nombre está también en la calle que conduce desde San Esteban a San Quirce, en el campus segoviano de la Universidad de Valladolid y en el barrio de Santa Eulalia en el que tuvo otro de sus domicilios.

Parte de su pasado en esta ciudad, Patrimonio Cultural de la Humanidad, fue rescatado por los libros: Un lugar de la palabra: Segovia y María Zambrano: cartas inéditas a Gregorio del Campo, misivas dirigidas a su novio, un oficial republicano fusilado por los franquistas, con quien tuvo un hijo.

A Segovia llegó con sus padres Blas Zambrano García de Carabante y Araceli Delgado, ambos profesores cuando apenas tenía cinco años de edad. Aquí estudió la primaria. El bachillerato lo cursó en el instituto donde impartía francés nada menos que el célebre poeta Antonio Machado.

Fue Segovia testigo de su amor imposible, entre 1917 y 1921, con Miguel Pizarro, primo hermano. Aquí residió hasta 1924 esa mujer de dos mundos, de dos continentes, viajera incansable que regresó a España a los 80 años.

Allá en La Habana, en amarillentos periódicos y revistas, están registrados sus desvelos intelectuales, su quehacer multifacético, sus entradas y partidas, a la espera de un autor que reconstruya ese capítulo esencial de una de las vidas más fecundas de Hispanoamérica.

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